Argentina e Inglaterra: cuando el fútbol convoca una rivalidad que va más allá del deporte

Imagen gracias a: El País (América)

Argentina e Inglaterra: cuando el fútbol convoca una rivalidad que va más allá del deporte

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Lionel Scaloni retomó una idea similar a la que expresaron Diego Maradona y Carlos Bilardo antes del duelo de 1986: “Es solo un partido de fútbol”. Sin embargo, para Argentina, la confrontación con Inglaterra se sostiene en una carga histórica que excede la cancha, especialmente por la cuestión de las Malvinas.

Cuarenta años después, de cara al Argentina-Inglaterra de este miércoles por los cuartos de final del Mundial 2026, Lionel Scaloni volvió a pronunciar una frase que ya habían utilizado Diego Maradona y su antecesor como técnico en la Albiceleste, Carlos Bilardo, horas antes del choque de 1986 entre ambos países por los cuartos de final del Mundial 1986, en México. “Es solo un partido de fútbol”, sostuvo el entrenador campeón del mundo en Qatar 2022.

Aunque ningún periodista le había preguntado a Scaloni directamente por Inglaterra, la dimensión extrafutbolística de ese rival en Argentina se parece a la teoría del elefante en la habitación: un partido que lo cubre todo y que sigue presente incluso cuando no está en primer plano. El reclamo de soberanía por las islas Malvinas, archipiélago a 350 kilómetros de la costa patagónica bajo ocupación inglesa desde 1833 —con una guerra en el medio en 1982—, funciona como causa nacional y explica por qué el fútbol argentino asume esa confrontación con un protagonismo constante.

Inglaterra aparece como un rival omnipresente durante todo el año. El himno que Lionel Messi y sus muchachos cantan en Estados Unidos incluye una referencia a las Malvinas. En las tribunas se repite la consigna “el que no salta es un inglés”. También es habitual que las banderas de los hinchas, como suele ocurrir en la liga local, muestren la silueta de las islas. Incluso el brazalete negro con el que jugó la Albiceleste ante Suiza remite a Antonio Rattín, fallecido pocas horas antes en Buenos Aires: el capitán argentino que fue expulsado en el partido ante Inglaterra por el Mundial 1966, y que marcó el inicio de una rivalidad deportiva entre ambos países. Los dos goles de Diego Maradona en México 1986 también quedaron instalados en la memoria colectiva: para millones de argentinos, se transformaron en el Padre Nuestro y el Ave María.

El historial deportivo de Argentina-Inglaterra es apenas la cara visible de una relación atravesada por las Malvinas, el vínculo literario de Jorge Luis Borges con William Shakespeare y el rechazo de Borges por el fútbol —“esa cosa estúpida de los ingleses”—, además de elementos como los frigoríficos argentinos, los ferrocarriles ingleses, Rivadavia y el empréstito con Baring Brothers —el primer endeudamiento de un gobierno argentino en 1824—, y más atrás todavía, la resistencia de Buenos Aires frente a las invasiones de Beresford y Whitelocke. En el plano estrictamente futbolístico, Brasil ocupa el lugar del gran adversario de Argentina, y además existe un antagonismo regional con Uruguay, pero el cruce con Inglaterra logró algo particular: un clásico extracontinental.

Al principio, la relación fue umbilical. Primero, el vínculo transcurrió con una cordialidad coherente con el origen del juego: inventores del fútbol y uno de sus tantos discípulos dispersos por el mundo. Las visitas de equipos ingleses a Buenos Aires en los inicios del siglo XX funcionaban como eventos sociales. Los ingleses llegaban en barco, visitaban los frigoríficos, admiraban fábricas de calzado, descansaban en estancias bonaerenses y, en la cancha, ganaban con facilidad, como si se tratara de viajes de placer. Recién en 1920, cuando el Plymouth empató 0 a 0 un partido, los inventores del fútbol comenzaron a notar que los sudamericanos, ya hijos y nietos de inmigrantes europeos, jugaban con un sello propio.

En ese contexto, los británicos escribieron: “Hay veinte futbolistas del Río de la Plata que podrían jugar en Inglaterra. Los argentinos son más hábiles y rápidos, pero les cuesta pasar la pelota”. Esa característica, asociada a talentos con apellidos españoles e italianos, terminó de delinear el recibimiento a “la Nuestra”, un estilo de gambetas que los argentinos se atribuyeron a comienzos del siglo para diferenciarse de los ingleses: la obsesión por un juego de fantasía frente al enfoque estructurado y más directo del fútbol inglés. En la cordialidad de esa etapa, en 1953 los ingleses regresaron a Buenos Aires para disputar dos amistosos y los jugadores expresaron que estaban tan cómodos que su único problema era la “fibrosis que sufría el cuello por mirar a las hermosas mujeres”.

La relación comenzó a torcerse en 1966, cuando los países ya no mantenían relaciones significativas desde hacía más de una década. Tras la Segunda Guerra Mundial, el comercio y la agricultura abrieron fronteras, y el Reino Unido dejó de depender de la provisión de carne argentina. A eso se sumó que el gobierno de Juan Domingo Perón nacionalizó los ferrocarriles británicos y reivindicó la soberanía en las Malvinas, ocupadas por los ingleses desde hacía más de 100 años.

En el Mundial 1966, los locales ganaron 1 a 0 en Wembley y los medios argentinos se quejaron del arbitraje, al que calificaron de tendencioso por la expulsión de Rattín. “Primero nos robaron las islas y ahora la Copa del Mundo”, titularon los diarios, mientras crecía el término “piratas”, en alusión directa a las Malvinas. También hubo reacción inglesa: el técnico Alf Ramsey trató de “animales” a los argentinos, acusándolos de sucios y tramposos, y así se consolidó el antagonismo entre “animales” y “piratas”.

En México 1986, ya habían transcurrido solo cuatro años desde la guerra de Malvinas: un intento fallido de Argentina por recuperar las islas, a la vez el último delirio de la dictadura militar. La herida estaba abierta y el partido quedaba contaminado por esa atmósfera. En diarios mexicanos se leyó: “No se pierda la revancha de las Malvinas”.

En ese escenario, no existían relaciones diplomáticas entre ambos países y diputados argentinos solicitaron a la dirigencia del fútbol nacional que retirara al equipo del Mundial con el argumento de que “no hay que tener relaciones con los ingleses”. Otros legisladores pidieron que la Albiceleste jugara con una camiseta con la estampa de las Malvinas. A la concentración donde dormían Maradona y sus muchachos llegaban telegramas de excombatientes: “¡Duro con ellos, estamos con ustedes!”. Incluso algunos futbolistas del Mundial 86 habrían podido ser soldados: nacieron en 1962, la clase que engrosó las filas del ejército argentino, aunque se salvaron por sorteo o porque ya jugaban en Primera.

Del lado inglés también había combustible. Peter Reid, mediocampista, contó que Bobby Robson intentó que sus jugadores se olvidaran del componente político en el vestuario. Sin embargo, el técnico terminó entusiasmándose y les dijo que habían recibido mensajes de la Reina y de la primera ministra, Margaret Thatcher, además de relatar que había sostenido que ya habían ganado una guerra y que ahora podían ganar otra. “¡Demasiado para olvidar la guerra!”, remarcó Reid. Terry Fenwick, defensor, sumó detalles: “La influencia de la guerra fue enorme. Minutos antes del partido, el entonces ministro de Deportes de Gran Bretaña nos dio instructivos de lo que podíamos hacer y no dentro de la cancha”.

Con un gol con la mano y el otro como expresión de arte, Maradona se convirtió en un semidiós para sus compatriotas. Ese partido quedó elevado al rango de revancha patriótica, el triunfo posible argentino ante los ingleses. Después, ambas selecciones volvieron a cruzarse en otros dos Mundiales: Francia 1998, con triunfo de la Albiceleste en los octavos de final, y Corea del Sur Japón 2002, con victoria inglesa. Sin amistosos entre sí desde 2005, será la primera vez que Lionel Messi enfrente a Inglaterra. Con la clasificación a la final del Mundial 2026 como premio, el clásico más lejano y cercano afronta un nuevo capítulo histórico.

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