Thierry Renault, alpinista francés de los años 80 y 90, falleció tras un accidente en el Brévent

Imagen gracias a: El País (América)

Thierry Renault, alpinista francés de los años 80 y 90, falleció tras un accidente en el Brévent

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El guía de alta montaña, de 68 años, perdió la vida cuando la cuerda con la que trabajaba equipando una vía de escalada quedó seccionada por un saliente de roca en el sector de la pared del Brévent, en Chamonix.

El 6 de septiembre, escaladores hallaron un cuerpo sin vida a los pies de una de las numerosas vías de la pared del Brévent, un mirador sobre Chamonix (Francia). La gendarmería determinó que el fallecimiento se había producido desde la víspera. Se trataba de Thierry Renault, de 68 años, uno de los grandes alpinistas franceses de los años 80 y 90 del pasado siglo, reconocido como guía y también por el aprecio que despertaba.

La muerte de Renault remite a la de Claude Barbier, el ‘loco de los Dolomitas’, quien murió en la pared de Paradou (provincia de Namur) el 27 de mayo de 1977 en circunstancias que aún no han sido aclaradas: accidente, suicidio o asesinato. En el caso de Thierry Renault, y a la espera de que la policía de montaña publique el resultado definitivo de su investigación, se ha filtrado la causa considerada más plausible: el guía francés estaba trabajando en la creación de una nueva vía en el sector de la cara sur cuando la cuerda de la que colgaba quedó seccionada al rozar contra un filo de roca.

De forma llamativa, el relato de Barbier presenta un paralelismo en el modo en que fue descubierto. Claude Barbier también trabajaba en la limpieza y apertura de una nueva ruta cuando su pareja encontró su cuerpo al pie de la pared, parcialmente enroscado en la escala desde la que realizaba la tarea. No obstante, nunca se localizó el anclaje al que debía fijar la escala para llevar a cabo el trabajo desde la parte superior del muro de roca.

Si Renault y Barbier coincidieron en las circunstancias aparentes del fallecimiento, también compartieron una personalidad marcada por una obsesión por el gesto de escalar. Su pasión por la escalada y el alpinismo era profunda, y el día a día en el valle les resultaba mucho más difícil que la vida en alta montaña. Barbier sorprendió al mundo el 24 de agosto de 1961 al escalar en solitario las cinco grandes caras norte de las Tres Cimas de Lavaredo en aproximadamente 15 horas de actividad total. Se hizo con la vía Cassin a la cima oeste, la Comici a la cima grande, la Preuss a la Piccollissima, la Dülfer a la Punta Frida y la Innerkofler a la Cima Piccola. Tenía 23 años y acumuló ese día 1.750 metros de escalada vertical sobre roca, con tramos descritos como especialmente sospechosos.

Thierry Renault comenzó a destacar poco después. En 1985 se celebró en Bardonecchia (localidad italiana) la primera competición internacional de escalada, un impulso decisivo para la escalada deportiva en sus inicios. Renault fue tercero y, tras ello, decidió llevar esas habilidades al alpinismo, a las grandes paredes y al terreno de aventura que le atraía. Un año antes de Bardonecchia, Patrick Gabarrou y François Marsigny, también franceses, habían abierto una vía de 900 metros de desnivel en el corazón del macizo del Mont Blanc, en el Gran Pilier d’Angle, bautizada como la Divina providencia. Era una ruta expuesta a la caída de rocas, con apertura parcialmente en artificial, y considerada una vía severa para alpinistas con clase.

Para Renault, escalarla en libre se convirtió en una obsesión, junto con su amigo Alain Ghersen. Ambos querían impulsar que el alpinismo evolucionara: salir de su encorsetamiento técnico y físico, abrir paso a hombres y mujeres entrenados como atletas o gimnastas de élite, buscar nuevos horarios, mayores dificultades, itinerarios y la disposición a arriesgarse, crecer y transformar el enfoque del deporte. Cuando Renault y Ghesner regresaron al valle después de escalar en libre la Divina providencia, el alpinismo de élite cambió para siempre.

Ese mismo año abrieron una vía de octavo grado a 3.800 metros en la Aiguille du Midi, la de mayor dificultad a esa altitud, como símbolo de su propuesta. Renault también fue el primero en escalar en libre la Directísima americana al Dru y, con la misma naturalidad, se le vio acercarse a la escalada en hielo: fue de los primeros en alcanzar el séptimo grado de dificultad sobre estructuras verticales, frágiles y sujetas a las condiciones del invierno. Además, en 1992 quedó para siempre el primer ascenso de la vía La lyre, en el circo de Fer-a-cheval (Alta Saboya francesa), con un compromiso físico y mental descrito como desconocido hasta la fecha.

Un año después, en 1993, Thierry Renault desapareció de forma brusca e inesperada. Dejó de escalar, se apartó de la dificultad y sobrevivió con su trabajo de guía, pero manteniendo un perfil tan bajo que pronto cayó en el olvido. Solo Alain Ghersen siguió siguiéndole la pista. Renault no regresó a la escena hasta 2003, después de una década alejado de los focos. El aficionado al alto rendimiento y a las aventuras verticales cedió paso a alguien más centrado en la belleza de las cimas, con una pasión que aplicó a transmitir su forma de entender el alpinismo a sus clientes. En la era de la fugacidad y la recompensa banal de Instagram, esa tarea habría resultado más ardua.

En una entrevista concedida a la versión en francés de la revista Outside, Alain Ghersen se mostró reacio a exponer las razones reales que apartaron a Renault de todo en 1993. Sí, era un hombre con una espiritualidad elevada, a veces creyente, a veces enfrentado al concepto de religión y otras en trance para superar el miedo en escaladas llevadas al límite. Ghersen menciona un desengaño amoroso y otros desencuentros con la religión como elementos para explicar el final abrupto de su carrera. Aun así, la primera gran vía que afrontaron juntos tras su regreso no fue un trámite: en 2003 repitieron la mítica Beyond good and Evil, en la Aguja des Pélerins, una obra maestra de mixto y hielo precario.

Para Renault, explica Ghersen, la vida era mucho más sencilla cerca de las cimas que en el valle: más clara y pura en la sencillez de escalar que en la complejidad intimidante del día a día de una existencia civil que no terminaba de compensarle. Este problema, señala el relato, es compartido por muchos grandes alpinistas: inadaptados en la escena social, brillantes en la soledad de los grandes escenarios alpinos y con dificultad para unir ambos mundos de forma serena y equilibrada.

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