
Imagen gracias a: El País (América)
Reflexión sobre la inteligencia futbolística: del proceso creador a la mente de Messi
Una conversación sobre decisiones en el campo lleva a reflexionar sobre la diferencia entre saber qué y saber cómo, y a conectar ese pensamiento con la manera en que Messi interpreta el juego.
Hace unos años escribí un texto alrededor de la obra del pintor vasco Alfonso Gortázar, en el que me preguntaba por qué un pintor elige una opción u otra durante la creación de una obra. Planteaba entonces que uno de los obstáculos para apreciar el valor actual de la pintura era que se había rendido al discurso. En muchos casos, cuando un pintor revisaba su trabajo en catálogos, entrevistas o textos, terminaba justificándolo con ideas que no pertenecen al orden de lo que ocurre en el lienzo. Mi planteamiento no era que ese discurso fuera falso, sino que no respondía al mismo tipo de razonamiento. Aquella reflexión la llamé Las razones del pintor. Siempre me he mostrado inseguro para poner títulos: quizá habría sido más correcto llamarlo Crítica de la razón pictórica.
Recientemente, ese ensayo volvió a mí en una conversación con un amigo futbolista. Él me contó la envidia que le generaba la facilidad con la que un compañero toma decisiones dentro del campo. “Lo hace todo sin pensar, y todo bien”, dijo, y luego añadió con resignación: “A mí, a veces, las dudas me atenazan”. Al escucharlo, recordé la distinción entre el conocimiento proposicional (saber qué) y el conocimiento práctico (saber cómo), propuesta por el filósofo Gilbert Ryle. Me pregunté si el tipo de saber que yo defendía en aquel texto sobre la pintura se correspondía, de algún modo, con esa inteligencia sobre el terreno de juego que mi amigo describía al hablar de jugar sin pensar.
Pensemos en un jugador que recibe el balón en el centro del campo y detengamos el tiempo, como si el partido se quedara congelado. Entonces se desplegarían ante él miles de alternativas: pasar a uno, a otro, a un tercero; conducir, regatear, disparar a puerta; retener la pelota u orientarla. En esa lógica, la inteligencia consistiría en evaluar las variables disponibles y escoger la mejor opción. Sin embargo, en un partido real el reloj no se detiene. Las posibilidades no se presentan ordenadas en la conciencia. El jugador recibe el balón y debe actuar. Si se toma el tiempo para pensar, tal como le ocurre a mi amigo, suele perder el balón. Pero si encuentra la mejor decisión y esa elección se repite con frecuencia, entonces hay algo que funciona. A eso algunos lo llaman capacidad de lectura del juego. Quien no la tiene, aunque sea el más habilidoso, difícilmente llegará lejos. Como le pasa al primero de los hermanos de la canción de Silvio Rodríguez: “Ojo que no mira más allá, no ayuda el pie”.
Neil Gaiman definió la escritura como “poner una palabra detrás de la otra y a ver qué pasa”. Quienes sufrimos cuando debemos explicar en público el sentido de nuestros libros solemos refugiarnos en la idea de oficio. Se entiende: a menudo no sabemos con claridad qué nos lleva de un punto a otro en los textos. Y eso no nos vuelve peores escritores, ni menos inteligentes; quizá solo peores oradores. Bioy Casares lo resumía con ironía: “Yo solo soy escritor por escrito”, al referirse a cómo sorteaba debates, entrevistas o conferencias donde le pedían el sentido de sus libros. Un escritor futbolero podría decir, con el mismo espíritu: “Lo que pasa en el texto se queda en el texto”.
Es posible que no exista una separación nítida entre el saber práctico y el teórico; quizá esa frontera sea más difusa. En cualquiera de los dos ámbitos, sin embargo, cabe hablar de inteligencia al referirse tanto al saber qué como al saber cómo. Messi, que desde luego no es un virtuoso del verbo, es con toda probabilidad el jugador más inteligente de un campo. Su capacidad para colocarse en el lugar correcto, recibir y decidir casi siempre lo mejor resulta asombrosa. Como Neo, ve en un instante lo que otros no llegarían a atisbar en siglos. No sé si percibe el entorno mediante numeritos verdes, pero estoy convencido de que para él no hay cuchara. El día que comprendamos cómo opera la mente de un genio como ese, habremos construido una crítica de la razón futbolística y entenderemos, de una vez por todas, este inescrutable y maravilloso juego.
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