Mourinho vuelve a su tono frontal, pero el tiempo y el fútbol moderno marcan el ritmo

Imagen gracias a: El País (América)

Mourinho vuelve a su tono frontal, pero el tiempo y el fútbol moderno marcan el ritmo

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José Mourinho retoma un estilo más directo en ruedas de prensa y declaraciones, aunque el contexto del fútbol actual ya no es el de antes. El artículo plantea que su mayor rival no es el Barça, sino el paso del tiempo y un escenario distinto.

José Mourinho posee un grupo de fieles y, como ocurre con los profetas, sus seguidores suelen exigirle que se parezca a la imagen que construyeron con sus años de protagonismo. En esta segunda etapa ligada a el Madrid, el principal adversario del portugués no sería el Barça, sino el tiempo.

A esa dificultad se suma un cambio de escenario: Flick aparece como un rival poco dado a teatralizar un conflicto. La comparación con otros entrenadores es inevitable, porque antes existían contendientes que encajaban con la figura del “enemigo del mes”. Sin un oponente claro, Mourinho corre el riesgo de interpretar una obra que pertenece a otra época y que, además, podría desarrollarse casi solo.

El Madrid, que se percibe perseguido, encuentra en Mourinho al líder más agitador que tuvo el fútbol en los últimos cuarenta años. Ese tiempo dedicado al oficio se traduce en una pasión por el juego, pero también en una comprensión del poder que rodea la competición y en la capacidad de encender a las aficiones. Mourinho no se limitó a dirigir partidos: se encargó de dirigir estados de ánimo, proteger vestuarios, fabricar enemigos y convertir las ruedas de prensa en una extensión de lo que ocurría en el terreno de juego.

En esta ocasión, su presencia llegó con un tono más sereno. Apareció un Mourinho pedagógico y pacificador, visible en gestos que van desde educar a Asencio hasta apaciguar a Vinícius, además de pedirle perdón a Pellegrini por antiguas descalificaciones. Esa imagen resulta inesperada: después de años intentando modificar a los demás, parecía dispuesto a cambiarse a sí mismo.

Sin embargo, el “mourinhismo” acepta al Mourinho calmado, pero su preferencia se mantiene en el perfil exigente y combativo. Se le pide que haga trabajar a los perezosos, que no deje pasar cuestiones relacionadas con los árbitros y que actúe como altavoz del club. Para ese enfoque, no basta con ser entrenador: también se le exige la función de fiscal y de escudo.

En la primera contrariedad seria, reaparecieron los árbitros y volvió una música conocida. Los árbitros, como tinta de calamar, terminan por distraer de lo que debería observarse. Además, se señala que sin balón el Madrid carece de presión y, con balón, encuentra dificultades para construir.

La clave del regreso está en que el fútbol ha cambiado. También ha cambiado como fenómeno social. Los jugadores cuentan con más poder y con un entorno más amplio: representantes, asesores de comunicación, marcas personales y millones de seguidores con los que pueden hablar sin pedir permiso. De ese modo, las ruedas de prensa dejaron de ser el monopolio del relato, porque la conversación se produce en muchos espacios a la vez. Mourinho, que antes dominaba la conversación cuando era el dueño del discurso, ahora se enfrenta a un escenario donde el relato se distribuye.

En el terreno de juego, también se percibe una transformación. Los equipos corren más juntos, atacan y defienden con más gente y conceden menos segundos para pensar. El talento sigue siendo determinante, pero cada vez depende más de apoyos colectivos. En ese contexto, el fútbol resulta menos tolerante con quienes participan solo en una parte del juego y también con entrenadores demasiado fieles a una sola idea.

Durante los últimos diez años, Mourinho consiguió una Europa League con el Manchester United y una Conference con la Roma, un balance considerado discreto para un hombre nacido para ganar. Aun así, para Florentino Pérez existe otra lectura: un Mourinho que también logra victorias por delegación. En esa visión, las Champions de Zidane y de Ancelotti se habrían ganado gracias al impulso espiritual que dejó instalado Mourinho. Al no haber una contraprueba, el argumento vale tanto como la postura contraria, pero ayuda a entender la elección.

Mourinho no necesita demostrar que todavía tiene energía para pelear; eso ya se conoce. El gran reto, según el planteamiento del artículo, consiste en demostrar que sirve para ganar en un fútbol que ya no es el mismo.

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