
Imagen gracias a: El País (América)
Mourinho reaparece en el Camp Nou y el Barça no logra imponer su ritmo
La irrupción de Lamine Yamal Nasraoui Ebana y la energía de su generación no alcanzaron para enterrar el viejo estilo que hoy recupera un Mourinho rejuvenecido en el Camp Nou, donde el partido dejó una pizarra inesperada.
La última ocasión en la que Mourinho pisó el Camp Nou quedó muy atrás: Mariano Rajoy era presidente y España afrontaba las consecuencias de la burbuja inmobiliaria y la crisis financiera, un contexto que encendió una revuelta global tan vistosa como estéril. Aquellos años estuvieron marcados por la primera acampada en Sol, la aparición de nuevos partidos, la explosión de las redes sociales y el cambio cultural que transformaría todo. Mientras Benedicto XVI anunciaba su renuncia y Obama iniciaba su segundo mandato, la vida se ordenaba alrededor de los Milennials, una generación a la que se le prometió consumo y algoritmos. En ese escenario, Lamine Yamal Nasraoui Ebana, hoy símbolo de esa revuelta generacional, apenas tenía 5 años, 7 meses y 13 días.
Con el paso del tiempo, el mundo que acompañó a Mourinho se fue apagando en la calle, especialmente en la periferia y entre la Generación Z, desde Bondy hasta Rocafonda. Sin embargo, este domingo, 13 años después, el técnico volvió a aparecer en el Camp Nou con una imagen que parecía ignorar el reloj, peinando canas en la barba. Mourinho, atento y adaptado, movió piezas para incomodar: sacudió a Bernardo Silva, que solo había pisado una vez el césped como titular, buscó un centro del campo con mayor posesión y aprovechó el contrapié mental con el que el Barça suele quedar expuesto.
El desarrollo del partido mostró un intercambio de intenciones. Los centrales bajaban junto a Lunin para iniciar jugadas y el Barça intentaba responder. En el partido, se percibió también el choque de estilos y de generaciones: Pedri y Rodri se estorbaban, tal como había advertido De la Fuente en el verano, mientras Bellingham y Güler desplegaban un juego que recordó al de París el martes. El Madrid, por su parte, mordía y presionaba, y el Barça retrocedió con tanta profundidad en la primera parte que terminó metiéndose él solo la pelota bajo el arco.
Mourinho siguió el guion con la misma frialdad. Ni siquiera quiso celebrarlo, concentrado en el control del partido. Su trayectoria está ligada a un fútbol donde el orden estaba garantizado por la autoridad: hace 20 años triunfó con una generación que aceptaba su mando sin discusión, con figuras como Zanetti, Drogba o Carvalho. En el fútbol actual no abundan soldados ni estajanovistas dentro del campo. En ese contexto, perder a Vinicius y obligar a Diomandé a correr y presionar se convirtió en una ventaja.
Lamine, su generación, parecía más cerca de la calle que del guion del futuro: una actitud ante el oficio que funciona como retrato generacional sobre la relación con el trabajo y con la propia vida. La idea de fondo cuestiona la noción de que el esfuerzo debe traer plenitud, placer y felicidad sin mirar demasiado el marcador ni lo que sucede al terminar la jornada. Para bien y para mal: esa lectura se evidenció en el coladero que organizaron entre Lamine, cuando aún estaba a media marcha en el partido, y Cancelo después de la lesión de Espart.
En paralelo, Lamine también carga con su tiempo. Pero lo hace desde un club que, tras años turbulentos, volvió a encontrar en Flick una especie de antídoto frente al viejo populismo de la queja. Allí no se pierde la calma: el club no protesta y recurrió a La Masia para sacar al equipo de una crisis, como en los mejores momentos. Esa idea no se rompió ni con la gestión de los peores presidentes, ni con la pandemia, ni con el estado económico ni con los malos resultados. Aun así, el domingo no bastó. Raphinha, capitán y albacea de Lamine cuando el joven aún no había terminado ni el bachillerato, salió al rescate.
La reflexión se enmarca en una advertencia cultural: “La comedia es tragedia más tiempo”, decía Alan Alda en Delitos y faltas. En el caso del Barça, la sentencia se completa con la necesidad de superar una semana negra.
Algunos límites —alcanzados durante los años de Messi y Cristiano— solo llegan mediante rivalidad extrema. Esa pudo ser la premisa para devolver al viejo Mourinho al escenario, incluso si hasta ahora su apuesta había sido defender un mundo que se extinguía e intentar arrebatar los últimos privilegios, incluso en los juzgados. Pero, como decía Gramsci, ese viejo mundo no acaba de morir y el nuevo no termina de nacer. Y quizá, en ese espacio de transición, apareció al menos un buen partido.
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