La duda del penalti y la memoria que no cierra

Imagen gracias a: El País (América)

La duda del penalti y la memoria que no cierra

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Manuel Marsol reconstruye, a partir de una fotografía de un penalti, el misterio de si aquel lanzamiento terminó en gol y cómo esa incertidumbre se enlaza con la historia personal de su padre, Manuel Martínez Bragagnolo, y con el penalti de Roberto Baggio.

Foto del penalti narrado en el libro El cielo en casa, de Manuel Marsol, en una imagen cedida por el autor.

Las grandes historias se sostienen en detalles pequeños: “Entró o no la pelota. Entró o no el penalti del padre al que perdiste de niño”. Esa idea atraviesa todo el relato y funciona como punto de partida para una reflexión sobre el peso que tienen las preguntas pendientes.

En la quietud de la medianoche, el autor señala que está terminando El cielo en casa, un libro que describe como bello, original, poético, íntimo, humilde y memorable. A partir de ese momento, vuelve a su cabeza la historia de un chico de 20 años que encuentra una vieja fotografía en un cajón.

En la imagen aparece un futbolista lanzando un penalti en un campo de tierra, en una de esas canchas alejadas del ruido, con sonrisas ya apagadas. El balón está suspendido en el aire: se dirige hacia la derecha, quizá a la escuadra. El portero, a contrapié, observa el vuelo. No se ve la portería completa, solo la red, y no es posible saber qué ocurrirá con el balón.

El chico mira la foto con la incógnita de si aquel penalti terminó en gol. El lanzador lleva bigote y no es Antonín Panenka. Su leyenda es mayor: se llama Manuel Martínez Bragagnolo, y es su padre. Murió cuando Manuel Marsol —el autor— todavía era un niño.

A partir de esa duda, el ilustrador y escritor busca respuestas. Revisa estadísticas regionales de la temporada 70-71, llama a un compañero del equipo de barrio donde jugaba su padre —el Ríos Rosas—, se enmaraña con recuerdos infantiles, revisita películas y canciones para intentar comprender el misterio que ha marcado su vida y, finalmente, vuelve a aquellos días veraniegos de playa, risas y canciones italianas en el coche. Así llega hasta el penalti de Roberto Baggio.

La obra recuerda que todos saben que Baggio falló aquel penalti y que, a partir de entonces, quedó ligado a su “yo muerto”. Se ha repetido muchas veces la secuencia: la carrerilla de pasos cortos, el miedo asociado a la tensión, el envío del balón al cielo más infernal y la mirada fija en el suelo. Sin embargo, el libro introduce la trastienda desconocida de aquel penalti.

No se trata de lo que ocurrió en una habitación de hotel aquella noche americana del 94. La fecha es otra: 17 de julio. Esa noche, el niño Marsol celebraba con su padre que Italia, tras eliminar a España, perdía el Mundial. El 17 de julio del año siguiente muere el padre de Marsol por una súbita enfermedad. Muere el protagonista del otro penalti: el lanzador de la pena máxima del que parte la historia.

El relato sugiere una conexión íntima entre ambas tragedias: mientras Roberto Baggio queda atrapado en el laberinto del 94 —como antes había ocurrido con Miroslav Djuckic y después haría Gareth Southgate—, el niño Marsol nunca deja de pensar en el padre perdido, en el penalti que no sabe cómo terminó, en cada aniversario.

La obra recoge también la idea de que, aunque el jardín de la infancia se hubiera cerrado hacía tiempo, “de golpe y para siempre, el balón de la foto había abierto una mirilla, un agujerito, a fuerza de vibrar, de latir en la puerta”. Desde esa perspectiva, el libro plantea una variación sobre lo que es el fútbol.

Tras conocer el impacto del libro, el autor le formula a Manuel Marsol una pregunta corta: qué significa el fútbol para él. La respuesta no era la esperada: nada más tener el libro impreso se lo leyó a su madre, Maripaz. Ella le dio las gracias y ambos lloraron. Entonces ella le contó algo que el autor no sabía: antes de morir, su padre le había pedido que no dejaran de ir al fútbol. Dos años antes, había hecho socios del Madrid al niño, a la niña y a su mujer; los cuatro acudían juntos al campo. Ya viuda, Maripaz cumplió la promesa. Con el paso de más de treinta años, todavía van los tres juntos al Bernabéu, y el autor expresa la sensación de que, en realidad, van los cuatro.

El texto cierra con una cita de Julio Ramón Ribeyro: “Quien no conoce las tristezas deportivas no conoce nada de la tristeza”. Y reafirma la conclusión central: haya sido gol o no, “marcar el penalti” importa. La necesidad de saberlo forma parte de la vida, porque “querer saber” es la vida.

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