La culpa fue de Joe Pesci: gestos, árbitros y viejas costumbres del fútbol

Imagen gracias a: El País (América)

La culpa fue de Joe Pesci: gestos, árbitros y viejas costumbres del fútbol

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La forma en que el fútbol interpreta y aplica sus reglas recuerda a veces a los vaivenes de la política: unas normas se mantienen firmes y otras cambian con el tiempo. Entre estas últimas aparece una manía de dirigir mensajes al rival tapándose la boca con la mano, cuyo origen el texto atribuye a Joe Pesci.

Los usos y costumbres del fútbol pueden ser mutables o inmutables. En el terreno de lo inmutable se ubica el respeto a las resoluciones judiciales, perdón, arbitrales, siempre que favorezcan al partido y al equipo. Un penalti, un gol anulado o una expulsión a favor nunca serán interpretados como lawfare arbitral.

También se incluye en esa categoría inmutable el gesto que realiza un defensa cuando derriba el tobillo del delantero rival: suele acompañarlo con las manos dibujando un trazo esférico parecido al balón mientras intenta explicarle al árbitro que no lo tocó, y el rival se retuerce en el suelo. El texto añade su propia “ley para el bronce”: cuanto más vueltas da por el césped un jugador que grita de dolor, menos daño habría sufrido.

Dentro de lo mutable, el artículo recuerda que a finales de los años 70 se puso de moda cambiar al juez de línea si el público empezaba a lanzar almohadillas o botes de cerveza por un posible escándalo en la grada. A un colegiado se le ocurrió que, si el ambiente era más hostil en la preferencia, el problema no se repetiría en la tribuna. El experimento duró apenas un par de semanas: los aficionados de tribuna se subían a la valla para recibir al linier, mientras en preferencia avisaban al que llegaba de lo que le esperaba si seguía con las mismas prácticas.

La leyenda también sitúa un episodio en el estadio del Pontevedra, el Pasarón, donde sus cuatro gradas parecían a punto de saltar al campo por el arbitraje que estaba sufriendo el Pontevedra en su primera visita del Madrid pentacampeón de Europa. En esa jornada, el colegiado pidió protección al teniente de la policía armada: “Mi vida está en sus manos”. El agente respondió: “Yo diría que más bien está en las suyas”. El Pontevedra derrotó por primera vez al Madrid en la temporada 63-64 con un gol de Ceresuela, y el texto afirma que el recuerdo es especialmente nítido porque el policía era su padre.

En ese conjunto de costumbres cambiantes aparece la manía de hablar al rival tapándose la boca con la mano para evitar que le lean los labios. El artículo sostiene que la sanción en esta Champions a un jugador del Benfica por arremeter contra Vinicius de esa manera y la expulsión de un integrante de la selección paraguaya por hacer lo propio con un futbolista de Turquía marcan el fin de esa forma de dirigirse al rival.

La “culpa fue de Joe Pesci”, en referencia a una película sobre mafiosos, Uno de los nuestros. El texto recuerda que, para que el FBI no descubriera de qué estaba hablando y sabiendo que lo filmaban desde un coche, el personaje daba instrucciones a Ray Liotta llevándose un palillo a la boca y tapándose los labios con la mano mientras giraba el gesto. A partir de esa idea, el artículo conecta la escena con la supuesta expansión de la técnica para comunicarse en el terreno de juego.

En la Liga española, según el texto, esa forma de comunicarse se habría empezado a utilizar poco después del estreno de la película y alcanzó su apogeo en los tiempos convulsos de los Madrid-Barça y viceversa, en los años de plomo del mourinhismo. Se menciona que Pepe o Sergio Ramos se llevaban la mano a la boca cuando Messi pasaba por su lado, mientras Piqué hacía lo mismo con Cristiano. El autor asegura que, como no se podía saber lo que decían, llegó a pensar que hablaban de abrir un hoyo en el Bernabéu o en el Camp Nou, aunque nunca se sabrá. Como contraste, el texto cierra recordando que Bilardo no andaba con tantas “zarandajas” cuando, desde el banquillo del Sevilla, dejaba claro a quién había que pisar y a quién no.

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