Juan Carlos Ferrero: “Ojalá hubiera disfrutado más; fui demasiado cuadriculado”

Imagen gracias a: El País (América)

Juan Carlos Ferrero: “Ojalá hubiera disfrutado más; fui demasiado cuadriculado”

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Juan Carlos Ferrero, técnico de 46 años, conversa con EL PAÍS sobre su trayectoria profesional, la publicación Mentalidad ganadora y su visión sobre la disciplina, el proceso y el futuro de su carrera tras su etapa vinculada a Carlos Alcaraz.

Juan Carlos Ferrero (Ontinyent, Valencia; 46 años) recibió a EL PAÍS en un hotel próximo a Atocha, después de desplazarse desde Villena (Alicante). Durante la charla, enmarcada por el ruido de un chaparrón golpeando la cubierta de metacrilato, el extenista se mostró reflexivo y repasó su recorrido desde los inicios hasta el salto de relevancia con Carlos Alcaraz. En el centro de la conversación aparece Mentalidad ganadora (Impulsa), libro que aborda su manera de entender la competición y la formación.

Ferrero recordó su etapa como “joven prodigio” y el tránsito hacia los banquillos, así como el cambio que supuso su experiencia con Alcaraz. A la vez, dejó claro que pretende regresar al circuito como entrenador, aunque sin haber definido todavía con quién ni en qué proyecto se implicará. “No tengo hecho nada con nadie”, afirmó, y añadió que habrá que esperar para saber qué ocurre.

Sobre su vida cotidiana, explicó que, aunque vive en Madrid con más movimiento que en el entorno rural, está adaptándose. Comentó que en Elche pasará a vivir a final de año y que ese contexto le ayuda a mantener una rutina más tranquila, alejada de colas y esperas. También señaló que Madrid, pese al tráfico, le gusta y que disfruta de su estancia.

En relación con su decisión adolescente de no irse a Barcelona y preferir Villena, Ferrero explicó que influyó sobre todo la cuestión familiar y la logística de los desplazamientos entre los 10 y los 15 años. Tras quedarse, asumió que no contaba con las mismas condiciones de entrenamiento que otros, y sostuvo que se formó trabajando con la misma gente y dentro de un círculo cercano. Con el tiempo, y por el fútbol de su hijo [canterano del Elche], dijo que ha ampliado su vida social.

Ferrero habló también de la decisión de volcar su historia en un libro. Reconoció que al principio le costó abrirse, pero que terminó haciéndolo por la iniciativa editorial y el apoyo del entorno. Indicó que no quería escribir mientras estuviera con Carlos Alcaraz, porque consideraba que el proceso de escribir exige tiempo y dedicación. Añadió que le inquietaba recordar tantos momentos y transmitir correctamente lo que había sentido.

El técnico se describió como alguien fiel, sincero y directo, e incluso introvertido, con la idea de que a veces se genera una coraza para protegerse cuando hay muchos ojos encima. En su opinión, la exposición constante condiciona la forma de ser: al pasar por un sitio la gente te mira y en otro también habla de ti. Con el paso del tiempo, sostuvo que uno se acostumbra a socializar y a escuchar su nombre, intentando comportarse de manera normal.

Preguntado por cómo le marcó la muerte de su madre cuando tenía 16 años, Ferrero afirmó que al principio influyó mucho y que le surgieron dudas. Señaló que el estado de ánimo era tan bajo que no le apetecía continuar con nada, pero que el deporte le ayudó a seguir adelante. Afirmó que, al superar aquel momento difícil, con el tiempo se hizo más fuerte y aprendió a lidiar con dificultades reales.

Sobre la imagen pública que transmite, dijo que quizá sea la de alguien tímido, aunque matizó que muchas personas lo ven como seguro, disciplinado y cuadriculado. Explicó que esa percepción nace de cómo aparece en televisión, sentado en el box, pero insistió en que no tiene que ver con su manera de ser. Para él, en un partido hay que estar concentrado y muy metido, y no encaja sonreír si el jugador está sufriendo. Aseveró que es fiel y cercano a la gente en la que confía y que se define por la sinceridad y la cercanía.

Ferrero atribuyó su sentido de la disciplina a varios factores: el trabajo exigente de Antonio [Martínez Cascales, su entrenador de toda la vida], el negocio familiar textil y la educación recibida desde pequeño. Según su explicación, saber que debía trabajar un poco más que los demás por no tener las mismas condiciones mantuvo su motivación y su disciplina hasta alcanzar resultados al nivel de los mejores. Con el tiempo, dijo que aquello se convirtió en un modo de vida.

En torno a la frase “ganar es un anestésico muy potente”, señaló que para un deportista de élite es una base importante. También indicó que, con el tiempo, ha aprendido a valorar más el proceso, algo que durante la etapa de jugador no miraba tanto. Como entrenador, dijo que identifica más esa manera de trabajar porque puede mirar no solo al presente sino también al futuro: lo que necesita y lo que quiere que llegue a ser su jugador. Afirmó que antes, tras perder, montaba mucho drama; ahora, en cambio, cambia el enfoque rápidamente.

Ferrero definió qué es ser un ganador como un cúmulo de elementos: trabajar duro, fijarse objetivos y dar el cien por cien de lo que uno se exige, con un compromiso real consigo mismo. Subrayó que el resultado es independiente, porque no depende únicamente de uno.

En sintonía con Sete Gibernau, con quien mantiene una amistad cercana, Ferrero recordó que hablaron de cómo deberían hacerse las cosas. Dijo que comparten puntos de vista y que coinciden en la idea de que el éxito no equivale necesariamente a ganar, del mismo modo que la derrota no significa fracaso.

Sobre la mentalidad ultracompetitiva en la sociedad, Ferrero opinó que la gente se mueve por motivaciones, sueños, ilusiones y resultados futuros. Comentó que desde jóvenes se usa mucho la palabra ganar, pero expresó su deseo de que en el futuro el proceso gane importancia. Aun así, señaló que la sociedad tiende al resultado final y eso empuja a la competitividad, dificultando frenarla.

También abordó su preocupación por el papel del teléfono en la vida de los jóvenes, y coincidió con la inquietud expresada por Javier Bardem sobre el futuro de sus hijos y el móvil como ventana principal al mundo. Ferrero se declaró poco fan del teléfono y aseguró que los jóvenes quieren todo ya y no tienen paciencia. En su caso, explicó que tiene claro lo que quiere para sus hijos y la estructura que intenta formar a su alrededor: los tres hacen deporte y busca inculcarles valores y educación, aunque recalcó que en el futuro decidirán ellos.

Respecto a la época que le tocó vivir, afirmó que está contento con su generación y lamentó que hoy haya menos diversión. Mencionó además la llegada de la Inteligencia Artificial y se preguntó qué ocurrirá dentro de diez o doce años, cuando sus hijos tengan entre 15 y 20.

Sobre su “incapacidad para gestionar derrotas”, sostuvo que con el tiempo se aprende, pero que en su caso le fastidiaba no haberlo aprendido antes. Dijo que podía tardar dos o tres días en recuperarse, según la derrota y el tipo de rival. Si sentía que debía ganar, le afectaba más; si era un partido en el que lo normal era perder, lo normalizaba un poco. Aun así, se castigaba y se recriminó haber sido así. Como entrenador, dijo que ese aspecto ha cambiado: se considera supercompetitivo, pero cambia el chip para que el jugador que entrena sea mejor en ese punto.

Ferrero se describió como perfeccionista y explicó que la perfección es buena, aunque también puede ser mala cuando no se consiguen los objetivos. En su visión, estar “un poco loco” por lo que se quiere conseguir ayuda a intentar hacerlo lo mejor posible. Interpretó ese “loco” como obsesión, y aseguró que es difícil que los mejores del mundo en algo no estén obsesionados con ser realmente los mejores.

Sobre el carácter y el ego en el tenis, afirmó que los tenistas son personas normales, con corazoncito, carácter, fuerza mental y ego, que no quieren que toquen. Según su explicación, ese ego se aprende desde muy pequeño y luego es difícil de cambiar. Para ser muy bueno, dijo, necesitas un carácter y un ego fuertes.

Consultado por qué habría hecho si no hubiera sido tenista, Ferrero respondió: “Policía secreta”. También recordó que escribió que llevó una vida “casi monacal” y explicó qué se pierde y qué se gana: afirmó que se pierde de todo un poco, pero que se ganan valores, conocer mundo y culturas, educación y experiencias que no habría vivido si no se hubiera movido de la ciudad en la que estaba.

Al describir el día en el que venció a Agassi en el US Open y se convirtió en número uno, Ferrero dijo que es difícil de explicar. Comentó que cuando se mira desde fuera piensa que casi no lo celebraba, y que Carlos le enseñó a disfrutar más de las cosas. Explicó que, cuando conseguía un hito, enseguida pensaba en lo que venía después y celebraba poco. Aun así, afirmó que llegar al número uno es una explosión de felicidad y el reconocimiento a todo el trabajo desde pequeño.

Sobre si su etapa como número uno fue reconocida en su justa medida, señaló que en España se ha normalizado que haya jugadores entre los mejores, y que eso no es normal en el sentido de que no siempre ocurre. Consideró importante valorar el mérito de ser número uno porque es muy difícil: recordó que no se puede poner al mismo nivel la carrera de Rafa, con 22 grandes, la suya o la de Carlos, que tiene siete. Defendió que cada uno tiene su propio mérito y que ellos han sostenido éxitos año tras año durante más tiempo.

Ferrero también opinó sobre el carisma y la competitividad. Dijo que en su época estaban Federer, Agassi, Hewitt, Safin y Roddick, además de otros rivales como los argentinos, lo que hacía la quiniela más atractiva. Afirmó que luego llegó una etapa de veinte años en la que todo se decidía entre tres o cuatro jugadores, y que después el panorama se redujo a dos. Concluyó que no cree que falte carisma, pero sí faltan jugadores.

Sobre la exposición mediática y la popularidad, explicó que hoy se normaliza mucho la visibilidad por redes, pero que él, por su carácter, pasó dos semanas sin salir de casa intentando adaptarse. Comparó esa adaptación con la de Carlos, que se expone desde los 15 o 16 años, y señaló que el carácter de Alcaraz ayuda.

En ese mismo sentido, Ferrero afirmó que siempre se sintió reconocido y respetado y que nunca tuvo envidia de Alcaraz.

Preguntado por si existe injusticia al asumir que los jóvenes llegan preparados para todo, recordó que cuando tenía 18 años existía la universidad de la ATP, donde se enseñaba a comunicarse y a desenvolverse en situaciones de ese tipo. Dijo que él era muy introvertido y que con el tiempo se aprende. En contraste, comentó que Carlos siempre ha estado muy seguro de sí mismo y ha pensado a lo grande.

Sobre el tenis “las 24 horas del día”, Ferrero afirmó que hay que saber separar tiempos. Dijo que Carlos le enseñó a disfrutar de las victorias: si ganas, celebras, desconectas y luego, cuando toca volver, te conectas del todo otra vez. Admitió que él era más cuadriculado y expresó su deseo de haber disfrutado más.

En cuanto a manías, indicó que cuando jugaba solo tenía una manía real: ducharse siempre en la misma ducha. También aclaró que no era alguien que hiciera muchas rutinas en la pista y que no era tan maniático como Carlos o Rafa. Señaló que tenía hábitos, pero no manías.

Ferrero habló del desgaste físico que vivió al entrenar por encima de la media y mencionó operaciones de rodilla y muñeca, problemas de hombro y aductores. Sobre el arrepentimiento, dijo que a nivel de chasis está bien, pero que el “motor” se va cascando. Reconoció que en la élite muchos tenistas, si se les pregunta, dirán que se excedieron. Afirmó que arrepentirse depende de lo importante que fuera aquello en su momento. Con el tiempo, dijo que aprendió que a veces es mejor entrenar menos, con más calidad, para llegar más fresco a los torneos. También aclaró que el mundo evoluciona y que el físico y los métodos cambian, y que entrenar tres o cuatro horas no obliga a Carlos o antes a Zverev a hacer lo mismo.

Sobre la dirección que necesitaba como entrenador, Ferrero indicó que el cambio llegó cuando se entendió que había que mejorar de verdad para competir contra Jannik y Carlos. Señaló que en los cuatro o cinco últimos años la situación se había acomodado un poco, y que para estar arriba hace falta la perspectiva de querer mejorar cada día. También comentó que el jugador con el que trabajaba le reconoció que ahora es más maduro y ve las cosas de otra manera.

En relación con la idea de que, como entrenador, hay que poner el ego a un lado y aceptar que ya no eres el protagonista, Ferrero dijo que se siente cómodo con ese rol y que su yo introvertido encaja yendo con alguien como Alcaraz, que acapara todos los focos. Reafirmó que siempre se sintió reconocido y respetado y que nunca sintió envidia de Carlos.

Finalmente, Ferrero comparó ser entrenador y ser jugador. Para él, ser entrenador resulta más difícil: muchas veces se siente impotente porque lo que intenta enseñar no se plasma en un resultado. Como jugador, dijo, podía controlar lo que pasaba, pero como técnico no. Recordó su experiencia con Zverev, ya en el quinto del mundo, y la de trabajar con otro jugador que partía prácticamente desde cero.

Sobre Alcaraz, explicó que su etapa evolutiva ha sido natural y que ha demostrado una capacidad tenística superior a la de los demás en la mayoría de los casos. Señaló que esa confianza plena hace que, si juega bien, muchos partidos dependan de él y que la gente lo adora.

También abordó el morbo que generó la ruptura, interpretándolo como consecuencia de una relación muy cercana que la gente percibió de forma directa entre él y Alcaraz. Ferrero dijo que no lo sabe con exactitud, pero recordó que fue algo fuerte, que sorprendió porque no venían de una relación tóxica o mala y que los resultados eran muy buenos, además de que acababa de ser número uno del mundo.

De cara a su futuro, Ferrero indicó que, de momento, no se meterá en un proyecto con alguien de 13, 14 o 15 años por la inversión de tiempo y porque quiere implicarse en la vida de sus hijos y seguir la evolución de sus carreras. Dijo que preferiría una relación con dos entrenadores para repartir el año. Afirmó que sigue sintiendo la competición dentro de sí y necesita ese estímulo, que le apetece viajar y dar “un poquito de marcha” al cuerpo, pero que aún no tiene nada claro y que no ha firmado con nadie.

Sobre la posibilidad de trabajar con Sinner, reconoció que hay un sector que lo consideraría una traición, pero él lo ve como continuidad de su evolución como entrenador. Explicó que no puede cerrar puertas a un jugador en concreto porque no sería inteligente. Añadió que el corazón y la amistad siempre estarán, pero que, una vez terminada la relación con Alcaraz, intentará ver qué es lo mejor para él. Concluyó que no hay absolutamente nada claro.

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