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José Antonio Torres, “Don Nino”, y su búnker de cromos Panini: 40 años custodiando la fiebre mundialista
En el Centro Histórico de Quito, José Antonio Torres, conocido como “Don Nino”, mantiene un kiosco lleno de álbumes y cromos de Panini. Desde Corea Japón 2002 hasta Qatar 2022, explica cómo funciona el álbum del Mundial y por qué asegura tener un millón de figuras, además de revelar detalles sobre la escasez y el ritmo de colección.
José Antonio Torres, más conocido como “Don Nino”, ha dedicado 40 años a vender figuras adhesivas en álbumes en el Centro Histórico de Quito.
A los pies del edificio Benalcázar 1000, en la esquina de la avenida 10 de Agosto y Riofrío, el movimiento del transporte contrasta con un pequeño refugio de papel que, según cuenta el propio Torres, se resiste al paso del tiempo. Allí atiende su kiosco, un espacio repleto de álbumes de papel couché y cromos de fondo blanco, entre los que se alcanzan a ver figuras de Mazinger Z y futbolistas de colecciones de Panini.
Torres, cuya cédula registra el nombre de José Antonio Torres, describe que en el mundo de los álbumes y las figuritas el personaje ha terminado por reemplazar a la persona. Antes de conversar, entra con rapidez al local y vuelve pocos minutos después con la vestimenta que usa para recibir: una camiseta oro y grana de Aucas, un chaleco granate y un sombrero de ala corta. En la chistera lleva una caricatura suya en miniatura, y asegura que cromos y “Papá Aucas” “son su vida”.
Para muchos coleccionistas quiteños, “Don Nino” no es únicamente un vendedor. Funciona como una referencia a la que acuden cuando faltan figuras o cuando el azar se vuelve complicado. Torres sostiene que custodia un millón de cromos y que, si a alguien le falta una, dos o tres figuras, “yo se las facilito”. En su local, todos los días hay cromos disponibles para la venta o el trueque.
Panini anunció para mayo de 2026 la llegada del álbum del Mundial de Estados Unidos, México y Canadá, y Torres afirma que convive con la venta diaria de stickers mientras mantiene cerca el recuerdo de Mundiales pasados. El coleccionismo, según relata, lo marcó desde la infancia en la calle 24 de Mayo. En la década de 1960, recuerda que la felicidad costaba lo que un caramelo Limber: en sus empaques venían los cromos de equipos del Astillero y de la “U”. Completar aquel álbum, dice, fue una hazaña que se recompensaba con objetos de otra época como cámaras fotográficas, bicicletas y balones de cuero, así como trofeos que moldearon su camino hasta convertirse en el custodio de memorias que es hoy.
Su oficio se presenta como uno de los últimos bastiones frente a la modernidad. En un entorno digital, el kiosco de cromos sigue siendo un punto analógico donde se reúnen abuelos, padres y niños. “Cuando un niño consigue el cromo que le falta, me agradece a mí y no al papá que le compra. Es impagable ver esas sonrisas”, afirma.
Torres explica que, tras vender cromos en la Plaza del Teatro durante los años setenta, asentó su actividad en la década de 1980 en las afueras del edificio Benalcázar 1000. Sin embargo, reconoce que fue en 2002 cuando la pasión creció con fuerza, luego de la primera clasificación de Ecuador a un Mundial, lo que elevó la venta de álbumes Panini a un nivel de “fiebre” que no había visto antes.
Sobre el proceso de llenar el álbum, Torres señala que existe una escasez calculada. “Es la política de las grandes fábricas: retienen ciertas figuras para que el público no deje de comprar sobres”, afirma, y añade: “Así es el negocio, no hay cómo negarlo”.
El ritmo de la colección, de acuerdo con su experiencia, se intensifica entre mayo y junio. En ese periodo, la afluencia suele desbordar el kiosco de los bajos del Benalcázar 1000. Torres incluso menciona que lleva a un guardia para mantener el orden entre los clientes que se acercan en busca de cromos de futbolistas como Messi, Ronaldos y Mbappés.
Para ilustrar la magnitud del coleccionismo, Torres cuenta que un coleccionista puede llegar a comprar 5.000 álbumes y 500 cajas de cromos. Cada caja incluye 104 sobres, y cada sobre contiene siete figuras del fútbol. En promedio, a una persona dedicada a completar el álbum le toma entre ocho y 15 días llenar las 938 figuras del Panini de la Copa del Mundo; si quiere hacerlo más rápido, tendría que adquirir al menos tres cajas grandes.
Entre sus clientes está John Hidalgo, de 23 años, quien dice ser comprador desde los ocho. De Torres destaca que, detrás de su imagen bonachona, hay un negociador que comprende la pasión de quienes llegan por cromos. “Es un hombre honesto, que sabe del negocio y juega con las reglas. Siempre te ayuda a conseguir los cromos y es bueno para regatear los precios”, afirma Hidalgo.
Torres sostiene que la competencia no proviene de otros comerciantes, sino del avance tecnológico: los álbumes digitales y las comunidades de jóvenes que realizan intercambios fuera del Centro Histórico, cerca de los centros comerciales. Aun así, defiende que los álbumes no pierdan su valor histórico y educativo, y subraya su capacidad para generar lazos y comunidad. Para explicar esa dinámica, toma un cromo mundialista y rememora la lógica de completar: “sila” (si tengo), “nola” (no tengo) y “yala” (ya tengo).
El legado del papel continúa con su hijo, “el ingeniero Alexis Torres”, como lo presenta “Don Nino”. Torres afirma que Alexis no solo heredó la pasión, sino que expandió el negocio a pocos metros del puesto de su padre. Juntos, aseguran haber cruzado el límite de la venta para convertirse en creadores, diseñando publicaciones propias, como el álbum de Mazinger Z. Para ambos, el robot mítico de 1972 funciona como un puente entre generaciones de vendedores.
Al final, Torres explica el origen del apodo “Don Nino”. Se levanta de la silla, acomoda una caja de madera gastada llena de cromos y sonríe. “Ese apodo me lo pusieron en el cuartel. Como soy bajito, me decían que no mido ni noventa centímetros”, comenta, y su risa acompaña el ambiente en la vereda del Benalcázar 1000, ganándole por momentos al ruido del tráfico quiteño.
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