Íñigo Pérez y el valor competitivo del amor en el Rayo Vallecano

Imagen gracias a: El País (América)

Íñigo Pérez y el valor competitivo del amor en el Rayo Vallecano

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Tras la final de la Conference League, el entrenador Íñigo Pérez explicó cómo la unión entre compañeros puede convertirse en una ventaja estratégica, capaz de sostener al equipo incluso en la derrota y de borrar la línea entre éxito y fracaso.

Íñigo Pérez, entrenador del Rayo Vallecano, habló tras perder la final de la Conference League. En un gesto contenido, le costó poner en palabras lo inmediato que deja una derrota, pero sus mensajes se enfocaron en el grupo que llevó al equipo hasta ese escenario.

El técnico destacó el carácter especial del vestuario y describió una dinámica basada en la amistad: “Este grupo es especial. Son amigos que se respetan, se quieren mucho, se ayudan entre ellos, se alientan, se protegen, se perdonan cuando se equivocan. Encontrar estas variables te da la sensación de ser invencible”.

Esa idea conectó con una imagen literaria: la comparación con el “picado” que aparece en Instrucciones para elegir en un picado, de Alejandro Dolina. En ese juego improvisado, dos capitanes van escogiendo alternativamente a quienes integrarán el equipo, de mejor a peor opción. La parte más dura del fútbol, según el tópico, es ver en qué lugar queda cada uno al ser elegido, especialmente cuando toca al final. Sin embargo, el personaje Manuel Mandeb entiende que, cuando llega su turno, sus decisiones lo acercan a sus amigos más queridos, y concluye que lo que parece sentimental en realidad funciona como criterio estratégico: se juega mejor con quienes se respetan y se quieren.

A partir de ahí, la amistad y el amor no se plantean como algo meramente romántico o ingenuo, sino como un vínculo que potencia la cooperación. En un equipo así, la lógica cambia: nunca se juega en soledad, se favorece la entrega al objetivo común y se reduce la competencia interna. El “jugador-amigo”, en esta visión, no se elige solo por simpatía, sino porque ayudará, comprenderá, alentará y perdonará con más facilidad que quien solo piensa en sí mismo. Así, lo afectivo termina traduciéndose en rendimiento.

Días más tarde, en su rueda de prensa de despedida como entrenador del Rayo, Íñigo Pérez insistió en el mismo enfoque. Señaló que su relación con el vestuario tenía “bastante más de humano y amor que de deporte”, y explicó que ese modo de trabajar e identificar al equipo ha sido parte de su historia: el cuidado del compañero, la solidaridad en el esfuerzo y la capacidad de perdonar el error se transformaron en ventajas competitivas. En su planteamiento, el amor no reemplaza la táctica, el entrenamiento ni la calidad individual, pero sí ayuda a que el grupo corra más unido, soporte mejor sus fragilidades y alcance metas que, sin ese vínculo, habrían quedado fuera.

El mensaje adquiere un peso particular en un fútbol que suele elevar los logros individuales y convertir casi todo en una competencia entre personas: el goleador, la estrella, el futbolista diferencial, el MVP. Frente a ese énfasis, la idea central es recordar que la herramienta humana más poderosa es la solidaridad entre quienes se sienten iguales: compañeros de equipo, vecinos y amigos.

Íñigo Pérez sostuvo, en definitiva, que el amor no garantiza la victoria. Aun así, puede llevar más lejos y difuminar la frontera entre el éxito y el fracaso, de modo que incluso en la derrota aparezca una sensación de victoria. Esa idea estuvo presente también en el mensaje de los hinchas de la franja, con la pancarta: “No conocí mayor victoria que contigo en una derrota”. Y, en línea con el texto de Dolina, la conclusión fue: “Más vale compartir la derrota con los amigos que la victoria con extraños o indeseables”.

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