Infantino retrocede: la FIFA no venderá el 20% a inversores privados

Imagen gracias a: El País (América)

Infantino retrocede: la FIFA no venderá el 20% a inversores privados

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Gianni Infantino dio marcha atrás en su plan de ceder el 20% de una filial ligada a la explotación comercial de los Mundiales y el Mundial de Clubes a fondos de inversión. La postura de la UEFA fue determinante para frenar la operación.

Hay propuestas tan desmesuradas que ni siquiera logran mantenerse firmes ante la posibilidad de que sus supuestos “padrinos” las respalden. El sábado, Gianni Infantino dio un paso atrás y, con ello, la FIFA no venderá el 20% de su negocio a inversores privados. En este desenlace influyó de forma decisiva la decisión de la UEFA de oponerse al proyecto, que terminó por desmoronar la iniciativa cuando Europa dejó claro que no estaba dispuesta a aceptarla.

La cuestión, a partir de ahora, no es únicamente si la idea queda descartada, sino el alcance del daño que el propio Infantino pudo haber generado en términos de poder, liderazgo y credibilidad.

El propósito original de Infantino era crear una filial enfocada en la explotación comercial de los Mundiales masculino y femenino y del Mundial de Clubes. Esa sociedad, valorada en unos 20.000 millones de dólares, contemplaba ceder el 20% de su capital a fondos de inversión por aproximadamente 4.200 millones. Entre los posibles inversores figuraba Thrive Capital, fundada por Josh Kushner, cuyo hermano Jared es yerno de Donald Trump. En otras palabras, la puerta se abriría hacia fondos privados vinculados al entorno político y financiero de Trump para acceder al patrimonio más relevante del fútbol mundial.

El planteamiento implicaba intentar privatizar algo que, por definición, no pertenece a la FIFA como empresa comercial: la FIFA es una asociación sin ánimo de lucro, con una estructura jurídica que se asemeja más a un club excursionista del cantón de Appenzell que a una multinacional.

Quienes defendían la operación argumentaban que sumar 4.200 millones de dólares adicionales justificaba incorporar inversión privada. La réplica más contundente llegó de Carlos Cordeiro, hasta hace unos días asesor principal de Infantino y exbanquero de Goldman Sachs, además de una de las figuras clave en la organización del pasado Mundial. Cordeiro sostuvo que se trataba de un mal negocio, recordando que la FIFA no es una institución que necesite liquidez, sino que cuenta con una posición financiera extraordinariamente sólida y con capacidad suficiente para financiar el desarrollo del fútbol con recursos propios. En ese sentido, si ya se dispone de liquidez, el argumento sobre vender una participación permanente en el activo más valioso resulta, según su planteamiento, poco coherente.

Infantino, sin embargo, parecía convencido de que el fútbol debe crecer de manera indefinida, aunque no se concretara hacia dónde debería dirigirse esa expansión. Esa visión se relaciona con la idea de que Trump funciona como un modelo de liderazgo exportable al fútbol y que dirigir la FIFA consistiría, en el fondo, en ponerla en venta.

Por ello, la reacción ante las críticas siguió un patrón propio de la política populista: en lugar de responder a objeciones surgidas tras el último Mundial, como el arbitraje a la carta a EEUU, Infantino publicó un extenso mensaje en Instagram. El texto se presentó con el tono de una verdadera víctima, más parecido a una epístola que a un comunicado institucional. Allí afirmó que quienes cuestionaron algunas estrategias del Mundial eran personas “consumidas por el odio” que se escondían detrás de pantallas, mientras él trabajaba sin descanso para ofrecer “el mejor espectáculo del mundo”. La elección del término “espectáculo” trazó, según el análisis del artículo, el perfil de su modelo.

En este episodio solo faltó que Trump amenazara con aranceles a las federaciones que se opusieran al plan. Pero no hizo falta llegar a ese extremo: bastó con que la UEFA no aceptara seguirle el juego para que el proyecto se hundiera. Con el tiempo, Infantino podría terminar descubriendo, como ha ocurrido con otros antes, que la lealtad de Trump no cotiza más allá de los propios intereses. Y, quizá antes de que eso ocurra, el mundo del fútbol tenga la oportunidad de ver reemplazada a esa “camarilla” descrita como símbolo de avaricia y vulgaridad crasa.

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