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Hinchas que juegan: el fútbol como lenguaje universal y herencia compartida

Imagen gracias a: El País (América)

Hinchas que juegan: el fútbol como lenguaje universal y herencia compartida

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En un entrenamiento de la selección alemana de fútbol, la Copa del Mundo fue mostrada a los fans. Desde esa experiencia, el autor reflexiona sobre el Mundial y sobre el modo en que el fútbol se mantiene como un lenguaje común, mezclando orgullo nacional, emoción, picardía y tensiones con la modernización.

La Copa del Mundo se presentó a los aficionados durante un entrenamiento de la selección alemana de fútbol.

Jugar es una forma de honrar la infancia; ser hincha, una manera de prolongar a nuestros padres; hablar de fútbol, otra forma de amarlo. Cuando el balón no está cerca, la palabra ocupa su lugar.

A partir de esa premisa, el autor plantea ideas propias y extrae conclusiones interpretando hechos y datos. El Mundial aparece como el producto más célebre del fútbol: una cuestión de orgullo nacional resuelta en un terreno de 100 por 70, con un balón en medio. También sostiene que en los últimos cuatro años el fútbol incorporó novedades, destacando que lo hizo con más velocidad que nunca. Además, por su condición de objetivo máximo y de contenido televisivo, el certamen se transforma en un punto de encuentro para jugadores de distintas épocas.

Convocado por Telemundo, el autor coincidió con internacionales de varios países y comprobó, una vez más, el carácter universal del fútbol. Señala que existe una complicidad compartida que permite admirar lo mismo, reír ante giros de guion semejantes y preocuparse por “inventos” que alejan al fútbol de su esencia popular. Aunque algunos los vio en persona por primera vez, esa conexión estaría por encima de rivalidades antiguas: “Pertenecemos a la patria del fútbol”.

Con el objetivo de ordenar lo conversado, el texto plantea una primera conclusión: el fútbol, a pesar de su apariencia, es demasiado viejo y callejero para ser inocente. En gran parte de las anécdotas, el autor identifica amor por el juego salvaje y admiración por la astucia, entendida como un atajo que desafía el reglamento en busca de eficacia.

La segunda conclusión se vincula con la anterior y, según el autor, no deja bien parado al conjunto: lo considera demasiado humano para ser ético. Afirma que ninguna anécdota inmoral escandaliza; por el contrario, provoca risa dentro de la comunidad futbolística, como si las transgresiones fueran soluciones ingeniosas que terminan ennobleciendo a quien las comete. En ese marco, sostiene que el fútbol moderno intenta “civilizarnos” mediante el VAR, al que describe como una trampa destinada a cazar a quienes durante mucho tiempo lograron disfrazar de arte la picardía.

El autor también sostiene que el amor al juego está en la base tanto del futbolista como del exfutbolista. De ahí surge una tercera conclusión: el fútbol es demasiado emotivo para ser frío. Los comentarios, dice, aparecen envueltos en una pasión difícil de hallar en otros ámbitos, y retoma la idea inicial: jugar es homenajear a la infancia; ser hincha, prolongar a los padres; hablar de fútbol, otra forma de amarlo; y cuando el balón no bota cerca, la palabra lo sustituye.

En esas charlas, agrega, permanece el asombro: el fútbol sería demasiado juego para ser lógico. Para sostenerlo, menciona que cualquier partido sirve como prueba. Por cercanía, el texto remite a la última final de la Copa del Rey, preparada hasta el agotamiento por los entrenadores, que se abrió con un gol a los 14 segundos tras una serie de errores infantiles. La historia culmina con un penalti fallado por Julián Alvarez, figura del partido. El portero suplente de la Real Sociedad, quien horas antes ni siquiera sabía si sería titular, es presentado como el héroe que evitó el gol.

Finalmente, el autor concluye que el fútbol es demasiado moderno para ser libre. En esa idea ve una nostalgia colectiva que, según su visión, trae un peligro: el jugador convertido en un instrumento del método. Reconoce que el cambio llegó para ayudar al juego colectivo, pero al mismo tiempo afirma que apaga la iniciativa individual. Sostiene que el jugador pasó a obedecer y luego reclama estas soluciones ya “precalentadas”. También advierte que el sobrediagnóstico que traerá la IA agravaría el problema. Aun así, afirma que el fútbol se defenderá con su fuerza primitiva, de modo que, en un escenario hiperprofesionalizado, aparezca un gol de pueblo a los 14 segundos.

Así, un uruguayo, un portugués, un ecuatoriano, un mexicano, un español y un argentino, de distintas edades y con diferentes experiencias, compartieron sus preocupaciones y amores mientras tomaban un café. El autor añade que, desde afuera, podría parecer que hablaban de fútbol con una sofisticación profesional, pero asegura que no era así: se trataba de un grupo de privilegiados que no solo miraban el fútbol desde las gradas, sino que lo vivían desde el césped.

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