Ernesto Valverde se despide de San Mamés: “Ha sido un referente silencioso dentro y fuera del campo”

Imagen gracias a: El País (América)

Ernesto Valverde se despide de San Mamés: “Ha sido un referente silencioso dentro y fuera del campo”

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El ‘Txingurri’, entrenador con más partidos en la historia del Athletic, cierra su etapa en el banquillo rojiblanco con un estilo marcado por la calma, la reflexión y su rechazo al ruido mediático.

Hay figuras públicas que, por repetirse en un mismo escenario, terminan reducidas a una sola faceta. Con Ernesto Valverde (Viandar de la Vera, Cáceres; 62 años) ocurre lo contrario si se mira más allá de lo evidente. En los márgenes aparece una personalidad más amplia: menos visible, construida a partir de la curiosidad, la ironía y una incomodidad constante con el protagonismo.

Valverde no ha vivido únicamente para el fútbol, aunque este haya sido el eje de su trayectoria. Este domingo, San Mamés le rendirá homenaje en su último partido como entrenador del club rojiblanco en casa.

De joven, tenía claro que quería ser futbolista, pero su formación fue dibujando otro perfil: una manera de moverse, de probar y de no instalarse. Estudió electrónica y biología durante un tiempo, además de interesarse por la fotografía. Más que indecisión, se percibe una pulsión por comprender el mundo desde distintos ángulos, una inquietud que luego se refleja tanto en su forma de vivir como de entrenar, lejos del estereotipo del técnico monocorde centrado solo en el resultado.

En su día a día existe un equilibrio particular entre lo físico y lo contemplativo. La bicicleta no es únicamente ejercicio: es una manera de estar, de recorrer Euskadi con calma, sin épica. No busca gestas heroicas ni obsesión por el rendimiento. Las salidas se plantean desde la modestia, a veces compartidas con gente cercana y otras en soledad. Frente a deportes más agresivos o competitivos, Valverde parece elegir continuidad antes que impacto.

Ese mismo patrón se aprecia en su relación con la fotografía, una faceta menos conocida y, a la vez, decisiva. No se trata de una afición superficial ni de un capricho, sino de un proceso largo, casi artesanal. Le interesa más el camino que el resultado: aprender, editar, montar libros aunque no circulen con facilidad. La fotografía funciona como espacio de pensamiento y también como refugio. En Grecia, por ejemplo, encontró uno de sus momentos de mayor conexión creativa, como si el contexto le permitiera mirarse desde otro lugar.

Reducir a Valverde únicamente al Athletic Club sería ignorar una carrera mucho más diversa y compleja de lo que su perfil discreto sugiere. Ganó ligas en Grecia con el Olympiacos y se convirtió en una figura profundamente respetada en Atenas. Llevó al Espanyol hasta una final de la Copa de la UEFA. Dirigió al Valencia en uno de los momentos institucionales más inestables de su historia reciente y asumió el banquillo del Barcelona tras la salida de Luis Enrique, en un periodo especialmente delicado. Solo en el Villarreal su aventura terminó antes de tiempo, sin que pareciera encontrar el ecosistema adecuado.

Quienes mejor le conocen sitúan ahí varias claves de su forma de ser. Andoni Zubizarreta, quien apostó por él para el primer equipo del Athletic en 2003, considera que esa mirada tranquila y observadora explica gran parte de su manera de entender el fútbol. “Siempre está mirando y buscando esa otra mirada sobre las cosas que parecen evidentes”, resume. Zubizarreta recuerda que Valverde llegó al banquillo rojiblanco en un contexto especialmente delicado para el club, marcado por la enfermedad y posterior fallecimiento del presidente Javier Uría. “Pensamos que la opción de Ernesto era la mejor. Lo demás, lo ha hecho él”, explica.

Su vínculo con el mundo creativo tampoco ha sido pasivo. Ha impulsado proyectos, ha aprendido de referentes y ha buscado conversaciones con quienes admira. Lo hace sin ego, desde la curiosidad del que sabe que siempre está empezando. Incluso cuando el fútbol le abrió puertas —como conocer a fotógrafos a los que admiraba, caso de Ricky Dávila— lo vivió con sorpresa, como si no terminara de asumir que ese acceso le pertenecía.

También su historia personal añade matices menos visibles. Creció en una Euskadi marcada por tensiones sociales y políticas, donde la normalidad incluía situaciones incómodas que hoy resultarían difíciles de imaginar. Ese entorno habría contribuido a su carácter: prudencia, una ironía defensiva y una tendencia a no tomarse demasiado en serio. En el fondo, Valverde rehúye el foco incluso cuando vive dentro de él. Le molestan las etiquetas grandilocuentes, desconfía de palabras como “orgullo” y evita construir un relato épico sobre sí mismo. Zubizarreta lo resume con claridad: “No tengo la sensación de que a Ernesto le preocupe mucho lo del legado. Su forma de hacer es una forma de entender el fútbol y la actividad”.

Resulta llamativo que alguien tan poco interesado en la teatralidad lograra mantenerse durante dos temporadas y media en el ecosistema del Barcelona, un entorno probablemente de los más expuestos y agotadores del fútbol europeo. Allí convivió con un nivel de escrutinio incompatible con su manera natural de ejercer: sin gestos grandilocuentes, sin frases pensadas para el titular y sin necesidad de ocupar el centro de la escena. Aun así, ganó dos Ligas, sostuvo una convivencia estable en uno de los vestuarios más complejos del continente y mantuvo al equipo en un periodo que parecía de transición permanente. Quizá porque, detrás de esa apariencia serena, existe una gran capacidad para gestionar contextos y personas.

Mientras cultivaba la discreción, su trayectoria fue construyendo algo de mayor tamaño que lo que él probablemente admitiría. Este domingo se sentará por última vez en el banquillo de San Mamés como entrenador del Athletic, dejando atrás una cifra reservada a muy pocos: 500 partidos al frente del equipo rojiblanco. Un dato que habla no solo de longevidad, sino también de confianza, coherencia y de una forma de representar al club profundamente alineada con su identidad.

Ese liderazgo silencioso es el que más valoran quienes han compartido camino con él. José Luis Mendilibar, compañero suyo en el Sestao de los años ochenta, lo expresa desde la cercanía: “Como entrenador ha sido muy bueno, pero como persona todavía es mejor”. Mendilibar subraya una cualidad cada vez más escasa en el fútbol actual: la serenidad. “Rara vez se le ve sulfurado o atacado de los nervios. Lo que hace él es bueno para la plantilla y para los jugadores”. También insiste en otra idea que explica su conexión con tantos vestuarios distintos: “Para mandar puede valer mucha gente. Otra cosa es convencer y conseguir que la gente vaya a gusto en el día a día”. Para Mendilibar, ahí reside buena parte de su grandeza.

Rafa Alkorta, por su parte, sitúa a Valverde entre “los mejores entrenadores de la historia de España”. Alkorta no se limita a hablar de táctica o resultados, sino de algo más difícil de medir: “Convence desde la tranquilidad y eso es algo muy difícil”. En un fútbol cada vez más dominado por el ruido, la ansiedad y el histrionismo, Valverde ha construido autoridad desde el equilibrio, la coherencia y la naturalidad.

Por eso resulta difícil encasillarlo. Su legado no pertenece solo a San Mamés: también forma parte de una generación de entrenadores capaces de competir en la élite sin convertir el personaje en algo más importante que el juego. En un fútbol marcado por el exceso, Valverde ha levantado una carrera enorme desde la normalidad. Y ahí, precisamente, está lo verdaderamente excepcional.

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