El fútbol une a la afición más allá del estadio

Imagen gracias a: El País (América)

El fútbol une a la afición más allá del estadio

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El Mundial muestra cómo el deporte puede crear un milagro colectivo: reunir a millones de desconocidos en una misma voz durante noventa minutos, incluso cuando muchos no logran entrar a los recintos.

El fútbol logra un fenómeno que, en ocasiones, también intentan la política, la economía o la religión: convertir a millones de personas que no se conocen en una sola voz durante noventa minutos. En este proceso, la identidad futbolística no solo se define por la familia o la cultura, sino también por el lugar de nacimiento.

A lo largo de este Mundial, la presencia de jugadores que defienden países distintos a los que los vieron nacer marca una tendencia clara. Cerca de 300 futbolistas comenzaron el torneo representando una nación diferente a su lugar de nacimiento. En el Mundial del 78 eran un 2%, casi una excepción; hoy constituyen una cuarta parte del campeonato. Además, existen casos en los que futbolistas defienden a su país, pero desarrollan su profesión en otra parte. En las Selecciones sudamericanas, esta situación es especialmente frecuente. Más que un Mundial de naciones, el torneo se vive como un Mundial de la diáspora, en el que el fútbol vuelve a contar el tiempo que atraviesa la sociedad.

Mientras los jugadores cambian de país con una naturalidad que hace décadas parecía impensable, las aficiones mantienen el vínculo con la camiseta como si fuera una extensión del barrio.

El impulso identitario que expresan los seguidores en cada partido resulta especialmente visible. Tras el triunfo de la Selección de Ecuador sobre Alemania, el presidente declaró fiesta nacional el día posterior al partido. México también vivió una celebración después de ganar sus tres encuentros en la primera fase. La confianza se fue consolidando y el entusiasmo creció hasta el punto de que ambos terminaron enfrentándose en dieciseisavos. En ese cruce, un pueblo quedó en el camino y el otro se sintió en la gloria.

México fue el vencedor. Al finalizar el partido, el fútbol dejó el estadio y tomó la calle. Allí esperaban muchos aficionados que se acercaron al Azteca para sentir el juego de cerca, pero sin poder entrar por no contar con una entrada. En lugar de quedarse con la frustración, esperaron afuera y, al final, disfrutaron el triunfo cantando y bailando, con una alegría que desborda. Esa escena llama la atención: quienes siempre se sintieron dueños del juego parecen no estar desilusionados, como si la victoria alcanzara para compensar lo que el fútbol les impide.

Con el paso del tiempo, el contraste es evidente: ¿cuándo dejó el pueblo de caber en los estadios que antes convertía en su casa? ¿Por qué la celebración queda limitada a los alrededores del Azteca, a cada barrio y a cada pueblo? Las calles se llenan de alegría contagiosa, como ocurrió con más de un millón de personas reunidas para festejar en el Ángel de la Independencia. El fútbol no los deja entrar al estadio, pero los impulsa a salir a la calle para celebrar lo que les están quitando.

En el fondo, el fútbol vuelve a cumplir ese milagro del que solo a veces dan cuenta otros ámbitos: convertir a millones de desconocidos en una misma voz durante noventa minutos. Tras cincuenta años de observar lo que provoca este juego, la sorpresa sigue presente.

El deporte también fabrica millones de dólares y amplía sus mercados. Cada año parece interesarse menos por quienes lo hicieron grande y más por quienes lo vuelven rentable. Sin embargo, antes que el dinero, el fútbol construye identidad. Para la gente que canta y baila, la felicidad se transforma en pertenencia: se sienten más unidos y, sobre todo, más mexicanos.

Las cámaras muestran a Infantino, con un exjugador famoso a su espalda, como parte del nuevo fútbol que busca credibilidad mediante una imagen. Pero el protagonista real es otro: el aficionado desconocido que canta bajo la lluvia después del triunfo de su selección. El fútbol podrá cambiar de dueños y de mercados, pero aún no ha logrado modificar el origen de su riqueza más valiosa: la emoción compartida. Esa emoción que une a quien vio el partido desde un palco con quien lo celebra en la calle, aun sin haber podido entrar al estadio.

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