
Imagen gracias a: El País (América)
Unai Marrero retoma el relevo de Zubieta bajo palos en la Real Sociedad
El portero formado en Zubieta, Unai Marrero, fue clave en la Copa del Rey que volvió a levantar la Real Sociedad y, además, reactivó una tradición de guardametas de casa que llevaba años sin continuidad.
En la noche en la que la Real Sociedad volvió a levantar una Copa del Rey, el protagonismo recayó en un protagonista inesperado y, a la vez, coherente con la identidad del club: Unai Marrero. El meta, formado en Zubieta, sostuvo a su equipo en los momentos decisivos y detuvo dos penaltis a Alexander Sorloth y Julián Alvarez en la tanda final. Su actuación no solo aportó un título, sino que devolvió protagonismo a una línea histórica que en San Sebastián llevaba tiempo en suspenso.
La portería ha sido, por tradición, un espacio de identidad para la Real Sociedad. En las décadas de los setenta y ochenta, Zubieta impulsó a una generación destacada de guardametas, muchos de ellos obligados a desarrollarse fuera por la presencia dominante de Luis Arconada, leyenda blanquiazul. Entre los nombres que marcaron aquella etapa figuran José Ramón Esnaola, Pello Artola, el malogrado Javier Urrutikoetxea y Agustín Elduayen. Sin embargo, tras la retirada del propio Arconada en 1989, la continuidad se quebró.
Desde entonces, la Real transitó durante años entre distintas soluciones, sin lograr consolidar una figura surgida de su propia cantera. José Luis González asumió el relevo inmediato; después llegaron apuestas intermitentes y fichajes como Sander Westerveld o Claudio Bravo. En paralelo, desde Zubieta salieron intentos que no terminaron de asentarse. Asier Riesgo, debutante en 2004, fue el último portero guipuzcoano formado en casa en alcanzar cierta continuidad. Luego aparecieron presencias puntuales, como Eñaut Zubikarai o Toño Ramírez.
En ese contexto, el recorrido de Marrero toma especial relevancia. Su debut en Primera se produjo el 2 de enero de 2023 ante el Alavés en Anoeta, provocado por la expulsión de Álex Remiro. Aquella aparición supuso el cierre simbólico de una sequía prolongada. La final, en cambio, abrió una posibilidad concreta: recuperar una tradición interrumpida.
Quienes le conocen desde etapas tempranas describen a Marrero como un jugador alejado del foco. Iban San Martín, su entrenador en el cadete de honor del Lagun Onak de Azpeitia, lo recuerda como un adolescente “introvertido, muy disciplinado y respetuoso”. La imagen se repite con matices en distintos momentos de su trayectoria. San Martín también subraya el valor de la continuidad: “Para un entrenador, ver que un jugador al que ha entrenado llega al primer equipo de la Real produce una alegría especial”, aunque añade que lo más importante fue el proceso. “Desde joven tenía un potencial llamativo. Se le veía por delante del resto”, valora.
Antes de incorporarse a Zubieta, Unai Marrero comenzó en el entorno más cercano, pasando por el colegio Ikasberri y el fútbol escolar. En el Lagun Onak, ya en edad cadete, dio un primer paso de inflexión al alternar la portería con Xabier Iturralde, en un escenario en el que el reparto de minutos acompañaba su progresión. “La evolución fue muy rápida. Tenía condiciones: reflejos, juego de pies, capacidad para decidir”, señala San Martín, actual concejal de Obras y Servicios en el Ayuntamiento de Zarautz.
La Real ya detectó su margen de crecimiento con antelación. En 2015 empezó a trabajar bajo la órbita del club y un año después se incorporó de forma definitiva. A partir de ese momento, su trayectoria siguió un patrón característico de Zubieta: formación prolongada, competencia interna y entrada gradual al primer equipo. Ese proceso ayuda a explicar su respuesta en un escenario exigente. En la final, Marrero no se limitó a la tanda de penaltis: su rendimiento durante el partido mostró seguridad en el juego aéreo, criterio en las decisiones y una continuidad competitiva poco habitual en un debutante. “Es un portero que decide bien cuándo salir y transmite seguridad”, resume su exentrenador. La tanda, no obstante, concentró el relato: ante Sorloth y Julián Alvarez, Marrero mantuvo la calma. “Siempre ha sido muy activo en ese tipo de situaciones”, recuerda San Martín.
Fuera del campo, el retrato personal encaja con esa misma línea. “Es un chaval cercano, muy normal, muy de su entorno”, describe San Martín. El exentrenador insiste en un rasgo que considera definitorio: la continuidad personal. “Lo ves ahora y es el mismo. Siempre dispuesto a ayudar, a integrarse en el grupo”. En su caso, esa forma de estar adquiere un valor particular en el contexto actual, donde no encaja en el molde del líder visible. San Martín evita etiquetas grandilocuentes para definirle: “Más que líder, es humilde”. Y en esa frase cabe su carrera. “Ha ido paso a paso, con esfuerzo y trabajo”. El vestuario lo respeta, la afición lo idolatra y su nombre ya se pronuncia con algo más que ilusión.
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