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Silvia Navarro se despide del balonmano: “Me retiro, es una despedida forzada. Yo no quería este final”

Imagen gracias a: El País (América)

Silvia Navarro se despide del balonmano: “Me retiro, es una despedida forzada. Yo no quería este final”

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La portera, con 47 años, pone punto final a su etapa bajo palos como la última jugadora en activo de la generación dorada de las Guerreras.

Con 47 años, Silvia Navarro cierra una trayectoria marcada por el deseo de continuar. Aunque sentía que aún no había llegado el final de su carrera, la portera explica que se marcha por decisiones ajenas a su voluntad: “Me retiro, es una despedida forzada. Quería jugar un año más, pero las circunstancias no lo han permitido. Yo no quería este final. Quería seguir un año más y decir adiós”, señala en conversación por videollamada.

Navarro indica que, al término de la temporada con su actual equipo, el Rocasa Gran Canaria, ofrecerá una rueda de prensa para ampliar detalles. En el plano deportivo, el club canario perdió 24-19 en la ida de los cuartos contra el AtticGo Elche este sábado. La valenciana asegura, además, encontrarse en perfecto estado de salud.

“Me voy con el corazón lleno, he vivido momentos imborrables. El balonmano ha sido una forma de vida para mí. ¿Que me va a costar no jugar? Mucho. ¿Que lo voy a pasar mal? Ya lo estoy pasando mal. Pero para eso tengo una buena base familiar y, a partir de ahí, todo va a ir rodado”, comenta, asentada desde 2013 en las islas.

Su despedida representa la salida de la última pieza de aquel grupo que marcó la gran edad de oro del balonmano femenino español, junto a nombres como Marta Mangué, Macarena Aguilar, Carmen Martín, Nerea Pena, Begoña Fernández, Shandy Barbosa. Muchas de ellas lograron el bronce olímpico en Londres 2012. “Nadie daba un duro por nosotras y aquel éxito siempre permanecerá en mi corazón.”, recuerda. El palmarés de Silvia Navarro incluye también el bronce mundial de 2011, la plata europea de 2014 y la plata mundial de 2019.

Sobre la última conquista de la selección, la portera rememora un momento previo en 2019 rumbo a Japón. Explica que, la noche anterior, se encontró con Shandy y revisaron reacciones en redes sociales que criticaban su nivel antes de competir. “Cuando estábamos subiendo al avión, le dije a Shandy: ‘¿cómo pueden decir esto antes de competir a tomar por saco? ¿cómo podemos aguantar esto?. Solo por eso, vamos a intentar traer una medalla”, relata. Navarro se despidió también de manera forzada de aquella etapa tras romperse el ligamento cruzado anterior y el menisco interno de la rodilla izquierda en el Europeo de 2022. Con 249 partidos, es la cuarta jugadora con más internacionalidades.

La carrera de Navarro también estuvo condicionada por una decisión personal. En 2013 nació su hijo y optó por abandonar el equipo rumano Ramnicu Valcea para instalarse en Canarias junto a su pareja y disputar la Liga española. Afirma que pudo haber aspirado a campeonatos más potentes, como muchas compañeras de selección, pero explica que lo valoró y le costó: “Merecía más la pena lo personal que lo deportivo. Si no hubiese estado mi hijo, habría jugado fuera y no habría venido al Rocasa. No me arrepiento porque gracias a eso hemos creado un núcleo familiar y esa es mi recompensa. Este año, incluso, me han llamado de fuera. No he caído en el olvido”, explica.

Su perfil físico también influyó en su forma de ganarse un lugar en la élite. “Mido 1,69, no soy el prototipo de portera alta”, reconoce, señalando que esa realidad la llevó a trabajar con intensidad. Recuerda el trabajo y la exigencia de Cristina Mayo, que le permitió jugar en División de Honor: “Era trabajo, trabajo, trabajo… Recuerdo un ejercicio de piernas en las pesas, estar ella a mi lado, haber hecho diez y decirme: ‘llevas una, una, una…’ Hasta que no bajaba del todo el aparato, no parabas. Hoy eso se lo agradezco. Necesitaba unas piernas tremendas. Me lo hizo pasar mal y que pensé en tirar la toalla, pero mi madre me dijo que me había comprometido y debía seguir. Y, al final, Gregorio García me repescó y confío en mí”.

En ese sentido, considera que su trayectoria puede servir de ejemplo para otras compañeras: “Ves la Liga y muchas son mi de estatura. Puedes suplir eso con otras cosas”. Navarro recuerda que comenzó en el Osito L’Eliana “con 16 para 17 años” y que en aquel momento había que “hacer maravillas para salir en los medios”, algo que, en su opinión, ha cambiado. “Es un premio para todas las jugadoras que lo han hecho posible”, valora.

De cara al futuro del balonmano femenino, Navarro lamenta la salida de jóvenes hacia el extranjero. “Si tuviesen las condiciones, se quedarían. Hay que hacer un análisis interno. Pienso en la Liga húngara, rumana, francesa, danesa… Estamos a años luz. Es verdad que la federación y los clubes pelean, pero es complicado. Si hacemos todos un esfuerzo, esto puede mejorar”, añade.

Aunque, salvo una breve experiencia en Rumania, ha desarrollado toda su carrera en España, repasa sus etapas desde los tiempos de gloria del Itxako —el último equipo español que alcanzó la cumbre al ganar la Champions de 2011— hasta su última década en el Rocasa. Aun así, la gran gloria llegó con la selección, que ahora se encuentra lejos del podio. “Hay que darle tiempo. Es una mezcla de trabajo y compromiso. Si nosotras lo hicimos, por qué ellas no”, concluye.

Con la proximidad de su despedida, Silvia Navarro asume un final que no era el soñado, pero que toca aceptar: se va como el último eslabón dorado de las Guerreras.

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