Regresa la Liga y vuelve el “menú del día”

Imagen gracias a: El País (América)

Regresa la Liga y vuelve el “menú del día”

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Tras el Mundial, la competición vuelve con su rutina y su identidad, como antes de la segunda estrella. Entre recuerdos y reflexiones, el fútbol se plantea como la comida diaria de los hinchas: lo esencial es estar, compartir y sentir.

Comienza la Liga con un ritmo irregular, como si la temporada necesitara arrancar con pereza. Aunque la pretemporada sigue en marcha, la sensación es la de una vuelta a la oficina tras el verano: encender el ordenador, retomar tareas habituales y avanzar con movimientos lentos y cargados de hastío. En ese contexto, el Mundial queda como algo distante, casi como un recuerdo de juventud, y la vuelta del calendario invita a pensar en ciclos y en el eterno retorno de lo ya conocido.

En ese regreso, la vida se reencuentra con lo que era antes de la segunda estrella. Juanma Lillo resumió la idea al decir que la liga es el bistec y la copa las patatas fritas. La comparación sirve para introducir la noción de que, juntos, forman el “menú del día”.

Esta semana, en una conversación con Alejandro Fernández-Aldasoro, futbolero irredento y uno de los escritores más talentosos que conoce, apareció un vínculo compartido: ambos compartieron grada en San Mamés a mediados de los años ochenta. Los dos eran entonces socios de la Preferencia Lateral del viejo estadio, una zona del paraíso con bancos corridos y almohadillas alquiladas. En la charla evocaron detalles del lugar: el olor a puro y hierba húmeda, los suplentes calentando bajo la lluvia, los comentarios a veces hirientes de algunos hinchas y la variedad de personas alrededor.

Alejandro mencionó a un hombre que apuraba vasos ajenos que encontraba entre las localidades, y también al célebre El Txapela, conocido por su boina desproporcionada. El narrador, por su parte, recordó con insistencia a un señor con discapacidad intelectual al que alguien, ya fuera su padre o un hermano, dejaba en la puerta antes de cada partido y recogía al final. Durante los noventa minutos, esa persona se dedicaba a recorrer la grada de un lado a otro con una bandera rojiblanca al hombro, una y otra vez, mascullando con tensión sin mirar más que de reojo hacia el césped, y solo prestando atención cuando el público reaccionaba a una jugada imposible, una tarjeta roja o un gol. La pregunta que quedaba flotando era por qué no atendía al juego.

Con el paso del tiempo, el recuerdo se vuelve clave para entender el propio vínculo con esa grada. Observándolo partido a partido, especialmente en jornadas grises y en los cero a cero embarrados en los que no pasaba nada, se comprendió de forma corporal, más que verbal, que el balón era una excusa para reunirse: lo importante era sentirse parte de un todo de rostros, voces, sonidos y emociones cada domingo, ser tribu.

En Inglaterra se repite que el fútbol es la ópera del pueblo, aunque la idea puede haberse quedado corta. El fútbol de élite se asemeja hoy a restaurantes elitistas que ofrecen experiencias gastronómicas: lugares a los que se va para ser visto y para certificar la presencia, también a través de las redes sociales. En ese mismo marco, la grada se reclama para los intereses del hipercapitalismo: ricos e influencers. Los fans, entendidos como quienes no son hinchas, se dividen entre los que pagan mucho y los que provocan en otros la necesidad de hacerlo.

Para los hinchas, en cambio, el fútbol sigue siendo el “menú del día”. A veces se concede un capricho, como pedir marisco o repetir postre, en forma de una victoria inesperada, una tarde de goles que queda en la memoria o una final. Pero, sobre todo, el hincha se hace en la rutina: lo relevante no es tanto qué se come, sino el hecho de comer. Estar en el sitio, levantar la mirada, dar las buenas tardes, reconocer a quienes se sientan al lado y, después, mirar el plato.

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