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Pogacar y Mathieu van der Poel buscan escribir otra página en la París-Roubaix

Imagen gracias a: El País (América)

Pogacar y Mathieu van der Poel buscan escribir otra página en la París-Roubaix

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Tadej Pogacar aspira a sumar su quinto Monumento y a convertirse en el primer ciclista en encadenar los cinco Monumentos de manera consecutiva, mientras Mathieu van der Poel apunta a su cuarta victoria seguida en la clásica del pavés.

La París-Roubaix, conocida como el infierno de Roubaix, nace de un paisaje marcado por las ruinas de la Primera Guerra Mundial: ciudades del norte de Francia destruidas, cráteres en los campos y carreteras descarnadas que obligaban a los ciclistas a avanzar con el polvo en el camino. Con el paso del tiempo, el norte se reconstruyó y el infierno terminó por convertirse en pavimento, cuando la vida cotidiana ya estaba instalada en Francia.

La tradición del pavés se mantuvo gracias a figuras como Jean Stablinski, minero nieto de mineros polacos y campeón del mundo, que impulsó el regreso del ciclismo a sus orígenes al rescatar la recta del bosque de Arenberg, un pavés desigual lleno de agujeros. Desde entonces, la obsesión de los campeones se consolidó alrededor de un objetivo: derrotar al infierno.

Tadej Pogacar ya había dejado claro su deseo de priorizar esta prueba en su calendario. En diciembre anunció que prefería ganar su primera París-Roubaix antes que su quinto Tour, y también mencionó la Milán-San Remo. Con el Monumento italiano ya logrado, le resta la París-Roubaix para completar un grand slam de cinco Monumentos que, hasta ahora, solo lograron Eddy Merckx, Roger de Vlaeminck y Rik van Looy. La diferencia es que Pogacar buscaría ser el primero en alcanzar esa marca con una secuencia que dividiría en dos temporadas: Lieja-Bastogne-Lieja y Lombardía en 2025, y ya San Remo y Flandes en 2026.

Mathieu van der Poel, por su parte, encarna el perfil de corredor asociado a Roubaix por su capacidad para resistir largas cabalgadas sin perder potencia y por su habilidad para moverse con equilibrio en el ciclocross. Su meta es imponerse en el infierno una cuarta vez consecutiva, un logro que otros que llegaron a cuatro victorias no alcanzaron de forma seguida: De Vlaeminck lo hizo en años alternos y Tom Boonen no lo encadenó.

Andrei Tchmil, ganador de la París-Roubaix en 1994, describió la prueba como una tragedia que se abre al entrar en el bosque de Arenberg, con el pavés presentado como si se levantara el telón. En ese marco, Pogacar asume la París-Roubaix como un deber para su deporte y se presenta como el elegido, condicionado por una genética que lo empuja a mantenerse entre los mejores.

La carrera exige héroes y rivales enfrentados entre sí y contra sus propias obsesiones. En la Roubaix, los campeones de la actualidad se sostienen con más músculo y más peso, con fuerza y potencia, velocidad y vatios brutos. La durabilidad, entendida como resistencia a la fatiga y capacidad para conservar la velocidad crítica, se vuelve determinante; también influyen los esfuerzos alimentados por cantidades ingentes de carbohidratos (150 gramos a la hora) y el lactato generado por el propio desgaste. Todo ello permite sostener ritmos altos y hacer fugas a solas durante tramos que antes parecían imposibles.

Desde la recta de Arenberg hasta el velódromo, el recorrido contempla 93 kilómetros, dos horas de exigencia, 18 tramos de pavés y tres actos adicionales con dos escenarios nuevos que, a pesar de los cambios, mantienen la misma desolación de adoquines, sangre y barro. Mons-en-Pévèle, a 48,6 de meta, y el Carrefour de l’Arbre, a 17,1, aparecen como puntos que conectan con la memoria del 1 de mayo y con la afición belga marcada por la cerveza.

La prueba se define por batallas dentro de cada tramo y por trampas en cada curva: decisiones que se pagan, caídas que cambian la carrera. El texto recuerda un golpe previo sufrido por Pogacar hace un año, a 39 kilómetros del último acto en el tramo de Pont-Thibault a Ennevelin, cuando todavía sobrevivían delante él y Van der Poel.

Con el objetivo de reducir riesgos, Pogacar ya probó material sobre el pavés en diciembre, acompañado por Nils Politt y Florian Vermeersch. En marzo repitió esa visita y, en su reconocimiento reciente de 130 kilómetros, mantuvo un ritmo que rondó los 50 por hora sobre los adoquines, con Pogacar siempre al frente. La curva de Ennevelin aparece como una de las claves del trazado.

Mathieu van der Poel recibió la información y reaccionó valorando el aprendizaje: afirmó que Pogacar ganó experiencia y que corrigió errores, además de destacar su habilidad sobre la bicicleta y la capacidad para colocarse bien en carrera. También señaló que, aunque podría presionarlo en las curvas, no estaba seguro de que esa sea una táctica que fuera a adoptar.

El contexto para la carrera se describe con viento del sur y temperatura agradable, el mismo decorado que se espera para el domingo, con Tadej como protagonista en la búsqueda de la historia.

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