Mbappé y el debate sobre qué se ve y qué se oculta en el “iceberg”

Imagen gracias a: El País (América)

Mbappé y el debate sobre qué se ve y qué se oculta en el “iceberg”

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La reacción de Kylian Mbappé ante las críticas por el gesto de tres jugadores del Real Madrid al tapar el lema “Todos somos caballas” reabre la discusión sobre si Europa mira solo la parte visible del problema migratorio o si considera, con una visión universal, la precariedad y los derechos humanos de quienes llegan a España tras huir de la pobreza extrema o de regímenes dictatoriales.

Una imagen utilizada con frecuencia para explicar errores de percepción es la del iceberg. Su parte visible es pequeña, pero bajo el agua se esconde un volumen mucho mayor. Esa diferencia provoca que, al fijarse únicamente en la fracción superficial, se construya una lectura distorsionada de la realidad y se terminen adoptando decisiones equivocadas basadas en una percepción incompleta. El caso sirve como metáfora para analizar el debate surgido en el fútbol a raíz de la entrada masiva de migrantes y del impacto que esa situación ha tenido en Ceuta.

En ese contexto, varios clubes decidieron que sus jugadores lucieran una camiseta en apoyo del pueblo ceutí. Al principio, la medida generó poco cuestionamiento social mientras ningún futbolista se negó a colocarla. El apoyo parecía unánime: ¿qué objeción podría existir ante la adhesión empática con unos compatriotas que, de la noche a la mañana, se vieron alterados por la llegada de miles de migrantes a sus calles?

Sin embargo, el escenario cambió cuando tres jugadores del Real Madrid arremangaron la camiseta para que no se viera el lema “Todos somos caballas”. A partir de ese gesto, muchos aficionados criticaron con dureza a los futbolistas, acusándolos de antipatriotas y de falta de solidaridad con la población ceutí.

Kylian Mbappé respondió a esas críticas señalando que su decisión no buscaba minimizar el daño que sufren los ceutíes. En su planteamiento, tampoco era adecuado priorizar ese sufrimiento por encima del padecimiento de miles de marroquíes —o de otros países africanos— que saltaron las vallas o sortearon las boyas para ingresar en España, un país con ocho veces el nivel de renta de Marruecos. Mbappé defendió una mirada que no se quedara únicamente en las perturbaciones que viven los ceutíes, sino que también contemplara la situación existencial de quienes se ven forzados a abandonar su lugar de nacimiento para escapar de condiciones de pobreza extrema o de regímenes políticos dictatoriales, incluso asumiendo el riesgo de perder la vida. Ese riesgo se refleja en el hecho de que más de cien jóvenes fallecieron al intentar cruzar la frontera española.

La postura del jugador permite identificar dos aspectos centrales. Primero, no es lo mismo una visión localista de la moral que una de alcance universal: la universal no se fija en atributos circunstanciales como nacionalidad, raza o color de piel, sino en la condición humana. En ese marco, la patria —y más aún la patria simbólica, al no haber invasión ni pérdida de territorio o de soberanía— no se sitúa por encima de la vida de las personas ni de los derechos humanos, sin importar quiénes sean sus titulares. Segundo, el planteamiento subraya la gravedad de los daños: no es comparable la perturbación del bien jurídico de la seguridad ciudadana —sin indicios de muertes, ni de un aumento significativo de robos o de abusos sexuales— con la vida y los derechos humanos de los migrantes.

Finalmente, la metáfora del iceberg se amplía hacia el futuro. En 2030, la población de África superará en más de 300 millones a la de China y en 200 millones a la de la India, sin que exista una mejora proporcional del nivel de vida en la mayoría de esos países. Por ello, el número de potenciales migrantes es razonable esperar que aumente.

En conjunto, la relevancia del gesto de los tres futbolistas al tapar el lema en la camiseta apunta a una pregunta más amplia: si Europa está dispuesta a mirar bajo el agua. La alternativa es apostar por políticas migratorias y de cooperación pensadas a largo plazo, en lugar de medidas a corto plazo y populistas, como romper relaciones con los países de origen o poner vallas más altas. De lo contrario, la advertencia es clara: se corre el riesgo de chocar con la misma masa sumergida que hundió al Titanic.

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