
Imagen gracias a: El País (América)
Los fantasmas que persigue el Valencia CF
El Valencia CF aparece como un recuerdo cargado de grandes gestas, promesas apagadas y una crisis que alimenta la nostalgia de Mestalla, mientras crecen los temores sobre el futuro del club y su entorno.
A veces regreso a la casa de mi abuelo: el lugar está silencioso y vacío. Él falleció este invierno, con cien años. Al entrar por la puerta, desde el primer día, repito lo mismo: Hola, abuelito. Él ya no está y, aun así, está. Esa sensación volvió esta semana al pasar junto a Mestalla.
Ahí también está el Valencia CF que se vio crecer y el que se contó de otras épocas. Se acumulan recuerdos, esperanzas marchitas y futuros perdidos. En esa mole venerable que pronto será asolada para levantar pisos y abrir un cráter de nostalgia en el centro de la ciudad, queda una añoranza capaz de arañar el alma de miles de personas. Incluso de quienes no han sido aficionados, pero que crecieron con la poética de tracas y barro que acompañó al club.
El Valencia, hundido en la tabla, pesa como si se tratara de fantasmas. Aparece la ciudad abatida de la posguerra y una delantera eléctrica —Mundo, Asensi, Gorostiza— que iluminaba grises tardes con la copa del 41 y la Liga del 42. También vuelve el eco de ídolos que hoy resultan inverosímiles: Di Stéfano levantando la Liga del 71, o un Kempes con el cabello largo y la camiseta de la senyera que enloqueció a las gradas y apagó al Bernabéu en la final de Copa del 79. Se recupera la grandeza asociada a Heysel y la Recopa del 80, lograda de forma agónica en los penaltis. Y, sobre todo, regresan los años dorados de 1999 a 2004: el gol realmente increíble de Mendieta en la Copa, las dos finales de Champions perdidas en Milán y París, y el regreso con dos Ligas ganadas treinta y un años después, además de la UEFA, la Supercopa de España y la de Europa. En solo cinco años, demasiado para la época que se vive hoy: otra etapa espectral, marcada por la sensación de estar rodeado de presencias.
Entre esos fantasmas aparece el del descenso. La posibilidad de estrenar en Segunda el nuevo estadio, descrito como pretencioso y suburbial, abre también la imagen de un recinto de cemento y burbujas inmobiliarias, con un sabor que no encaja con la idea de poeta Estellés. A eso se suma el fantasma de un propietario ausente, situado a 11.000 kilómetros, con los rasgos más sombríos de un fantasma: incorpóreo, peligroso.
Para hablarlo, se contacta con dos amigos del Valencia, ambos periodistas. Ricard Peris recuerda cómo su padre gritaba goles del Valencia desde el sofá en aquellos tiempos de fútbol gratis en Canal 9 y Lubo-Lubo. También conserva el recuerdo de la primera tarde que fue al Macondo de Mestalla, sin tener ya claro contra quién se jugaba ni quién ganó, pero sí recordando a su padre y la experiencia de estar con él. Peris afirma que, con el paso del tiempo, ha perdido la pasión que le transmitieron: ha perdido la inocencia. Aunque ha llevado a sus hijos a Mestalla —más Comala que Macondo— reconoce que siente la obligación de explicar que el fútbol se ha convertido en negocio, que los futbolistas están de paso y que no siempre se viven los colores como antes. Aun así, dice seguir viendo los partidos y emocionarse cuando marcan, pero sostiene que aquel Valencia ya no existe: ya no es lo mismo, y por eso le cuesta gritar un gol del Valencia por toda la casa como lo hacía su padre.
El relato continúa con Abel Muela. En su correo tiene el 21 de Pablito Aimar y, en sus cajones, más de treinta camisetas del Valencia. Afirma que, el día antes de un partido, siente un nudo en el estómago. Se alegra de que se escriba este artículo: el año pasado ya se había hecho y el Valencia no bajó. La explicación que ofrece es que, para ellos, somos inmortales: cada temporada el lobo se anuncia, pero no llega. Lo racional, dice, sería pensar que la salvación llega por presupuesto y calidad; lo ruidoso, que hay intereses que evitan el descenso. Para quienes han vivido el borde del infarto mientras Mamardashvili sacaba una mano milagrosa a Fede Valverde, mientras Javi Guerra marcaba el gol imposible al Valladolid o mientras Mestalla ganaba un partido contra el Alavés que iba 1 a 2 en el minuto 89, la explicación solo se sostiene en lo intangible. Lo llama grandeza, aura o Geperudeta, pero insiste en que algo sostiene al Valencia en los momentos agónicos. Según su visión, ni las gestiones más negligentes han conseguido enterrarlo. Y añade que quizás ese algo sea lo que se llevó por delante al CEO y al entrenador, aunque también deja abierta la posibilidad de que, otra vez, vuelva a haber vida en Mestalla.
Al cerrar la puerta, antes de irse, se repite el gesto de despedirse en voz alta del abuelo: se dice adéu, abuelito. La conclusión queda clara: hay fantasmas necesarios. Amunt.
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