Las huellas invisibles que dejan los tacos

Imagen gracias a: El País (América)

Las huellas invisibles que dejan los tacos

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La acción del fútbol deja marcas en la hierba y en la piel: cada entrada, cada golpe y cada pisotón forman una historia de fuerza, dolor y necesidad de ganar. En el partido ante Uruguay, la idea del “rastro” se vuelve metáfora de lo que ocurre por dentro con los jugadores.

En las pistas de hierba, los caballos que compiten utilizan ramplones en los dos extremos de las herraduras. Son piezas que se enroscan en el metal y ayudan a que el animal no se resbale al galopar o al tomar impulso para saltar. La huella que dejan esos ramplones en la hierba se parece a una chapa de Coca Cola, y al verla aparecen asociaciones con los tacos de las botas de fútbol: esos dibujos en racimo que quedan sobre la piel cuando el juego conecta con una patada.

Pero la pregunta cambia de lugar. ¿Qué rastro queda por dentro en cada entrada, en cada golpe y en cada pisotón? Eduardo Galeano planteaba que el jugador vive en un cuerpo marcado por la humillación del error y por la violencia del juego. Por eso, en el partido contra Uruguay, la imagen de Othar, el mítico caballo de Atila, surge al ver cómo Nico Williams y Cucurella terminan en el suelo, o cómo Cubarsí sale despedido tras el levante de Canobbio. Incluso se recuerda la frase atribuida al huno: “Donde pisa mi caballo no crece la hierba”. Que se lo digan a Yeremy Pino.

El fútbol también seduce por lo que ocurre fuera de la vista: la piel, el esfuerzo y la capacidad de resistir. Jugar implica imponer la habilidad para abrir espacios, pero también imponer fuerza sobre la fuerza del otro. Es carga, sudor y escupitajos impúdicos; es pisar de modo que el suelo retumbe antes de parar un penalti como los para Bono; es dar un cabezazo mareante como el de Enciso para llevar a Paraguay a la siguiente fase. También es mentir al árbitro haciendo la croqueta y volver el daño una herramienta; es esquivar patadas y, a la vez, darlas. En el fondo, el fútbol es dolor: puro, ácido y alienante. Para ganar, hay que saber qué hacer con ese dolor.

La idea vuelve a aparecer con ejemplos concretos de lesiones y consecuencias. Se menciona la bota del japonés Kaishu Sano sobre el tobillo de Vinicius, en una tarde en la que casi se cumple la profecía de Oliver Atom, y el texto se detiene en cómo siguió jugando el brasileño. El dolor llevó a Nico Williams a declarar en redes que había vivido “el peor día de su vida”, aun cuando su equipo ganó a los uruguayos, debido a que se lesionó otra vez. Aunque el seleccionador afirma ahora que no es para tanto y que podría estar listo para las siguientes rondes, el artículo sostiene que a Yeremy se lo ha perdido en esa galopada. También se señala que Rodri tiene molestias en la espalda y tendrá que pasar por quirófano tras el Mundial, y que Lamine Yamal tampoco estaría en su prime.

Así, pese a la apariencia de la equipación internacional, lo que queda debajo son heridas y latigazos acumulados que solo quienes los sufren sienten de manera directa: conocen dónde late la inflamación que amenaza sus carreras. Y, claro, sus médicos.

Con leñazos de este tipo, el fútbol se entiende como un juego que se practica también en soledad: en el hueco que deja el umbral del dolor y en la necesidad de ganar por encima de todo. La legislación se describe como laxa con las infiltraciones, mientras se arenga a los jugadores como si fueran caballos de carreras, máquinas capaces de unir belleza y barbarie. Hoy en día Bucéfalo es leyenda, como lo es Seabiscuit, pero entre la épica y el uso de prótesis de por vida como Batistuta, queda un terreno lleno de huellas donde el futbolista juega solo, profundamente solo contra sí mismo.

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