
Imagen gracias a: El País (América)
La inteligencia táctica que Lamine Yamal exhibe con el pie
Una jugada que Lamine Yamal realizó ante el Galatasaray abre una reflexión sobre cómo la cultura tarda en reconocer como inteligencia lo que ocurre dentro de un campo de juego.
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Una jugada como la que Lamine Yamal planteó ante el Galatasaray sirve como punto de partida para una pregunta de fondo: ¿por qué la cultura ha tardado tanto en valorar como inteligencia lo que sucede dentro de un campo de juego?
Hay acciones que condensan la esencia de un talento. Frente al Galatasaray, Lamine mostró una secuencia basada en el manejo del espacio, el tiempo y su virtuosismo técnico: tentó al rival con el balón, y cuando este picó, se lo escondió para escapar por un lugar que nadie esperaba. A ese recurso lo describió el propio Lamine como “media rabona”. El resultado fue entregar el balón a Gordon para el gol.
No sobran palabras para explicar lo que vuelve extraordinario a un genio del fútbol. Sin embargo, aparece una idea clara: si Lamine sigue ejecutando acciones poco habituales, cada vez será más difícil traducirlas y explicarlas.
Su paso por la Masía dejó una huella profunda en su forma de jugar. El Barça, según la visión del autor, está muy bien definido estilísticamente: transmite convicción a sus jugadores desde etapas tempranas. Muchos chicos salen de allí preparados para competir en el primer equipo, con personalidad propia y también con una impronta colectiva. Esa combinación hace difícil perderse cuando se conoce el camino.
Aun así, el autor plantea que, además de la escuela, fue la calle la que funcionó como laboratorio popular de invenciones futbolísticas. En esa idea, la escuela aporta un lenguaje; la calle, la libertad para crear soluciones nuevas. Así, talento y valentía se combinan para atreverse a mostrarse ante la mirada del planeta.
La admiración por lo diferente lleva al texto a insistir en aquello de lo que casi no se habla. Lamine probablemente no sabría explicar con palabras lo que hizo. Y, agrega el autor, tampoco sería necesario: el fútbol tiene un lenguaje propio, una forma de expresar inteligencia sin depender de explicaciones verbales. Es una manera de pensar que el cuerpo manifiesta a través de acciones dentro del juego.
La naturaleza del fútbol, que Lamine intensifica, se describe como espacial —por la interpretación de distancias—, temporal —por la búsqueda del momento preciso—, relacional —porque intervienen rivales y compañeros—, anticipatoria —porque obliga a prever lo que puede suceder— y creativa —porque pretende sorprender—.
El texto también defiende un aspecto central: el fútbol obliga al cerebro a vincularse con el pie para convertirlo en un instrumento eficaz, a veces artístico. Con miles de repeticiones, muchos gestos técnicos dejan de requerir atención consciente. El jugador ya no necesita calcular la inclinación del pie ni la fuerza exacta de un pase; el cuerpo resuelve esos problemas.
Entre el cerebro y el pie existe distancia, pero el fútbol ha logrado que se entiendan. En esa línea, el autor afirma que hay cerebros, como el de Lamine, que tratan al pie como un interlocutor cercano.
Esa automatización libera la atención para cuestiones más importantes: dónde está el rival, dónde está un compañero, qué espacio que estaba cerrado se abrirá en un segundo y qué movimiento puede generar una oportunidad en una situación compleja.
Con experiencia, un futbolista coloca el pie de una determinada manera porque su cuerpo “sabe” algo que no sabría expresar. Se presenta como información privilegiada, conocimiento comprimido, no como magia. Es intuición convertida en acción para conseguir resultados.
La comparación final contrapone oficios: el artesano piensa con las manos, el pianista con los dedos, el bailarín con todo el cuerpo. En el caso del fútbol, sostiene el autor, el futbolista piensa con el pie.
Eso es lo que hizo Lamine: una jugada como la que inventó debería ayudar a aclarar ideas en quienes tienen dificultades para reconocer como inteligencia aquello que no puede traducirse a palabras o a conceptos con prestigio cultural. La incapacidad para explicar una decisión no equivale a falta de inteligencia. El fútbol trabaja con un material distinto que no necesita de la palabra. Lamine hace maravillas, y el texto concluye que no las explica, pero sí las muestra.
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