
Imagen gracias a: El País (América)
Iker y Eneko Pou: el cambio de patrocinio y la reflexión sobre el futuro del alpinismo en España
Los hermanos alaveses, únicos alpinistas en España que sostienen su trabajo gracias a los patrocinadores, repasan 25 años de trayectoria y explican por qué el patrocinio profesional se ha desplazado hacia otros perfiles. Tras dos décadas con The North Face, anuncian su paso a La Sportiva.
Existe un dicho que sostiene que el mejor alpinista es el que llega a viejo. Iker (49 años) y Eneko Pou no se consideran viejos, pero sí se encuentran en la fase final de su etapa en la élite, con una lectura clara de lo logrado: han conseguido mantenerse en pie dentro de una actividad exigente y, además, se han convertido en los únicos alpinistas españoles con capacidad real de vivir del patrocinio.
Recientemente, los hermanos de Vitoria comunicaron un giro llamativo. Tras 20 años en los que mostraron el logo de The North Face, en el entorno de Alex Honnold o Benjamin Védrines, su equipo cambia de rumbo y pasan a La Sportiva. En sus redes dejaron claro que no se retiraban y que aún contaban con recursos para seguir compitiendo y rindiendo, aunque el ritmo fuera distinto.
Eneko, como portavoz habitual de la marca Pou, sitúa el contexto de su trayectoria: “Somos supervivientes a todos los efectos. No podemos compararnos con Kilian porque es un número uno absoluto mundial mientras que nuestro reconocimiento es más de nicho. Y hemos ganado una milésima parte de lo que el ha ganado”. Además, subraya una preocupación que considera estructural: en España no han surgido alpinistas profesionales que vivan del patrocinio. “Felipe Uriarte igual fue el primero en vivir de la montaña como guía, luego llegaron Juanito, Iñurrategi, Vallejo, Zabalza… pero son todos guías. Ahora el dinero en patrocinio se lo llevan los influencers, es decir, gente que no se lo merece, aunque suene duro decirlo”, afirma.
El origen de su camino se remonta a lo que su padre vio cuando Iker empezó a escalar: detectó que su hijo no peleaba con la roca, sino que se fundía con ella en una armonía especial. Iker llegó a ser el tercer ser humano en escalar una vía de noveno grado, en el año 2000. En paralelo, Eneko realizaba su entrada en el alpinismo clásico e invernal. Desde entonces, sus trayectorias se desarrollaron en realidades deportivas distintas: Iker centrado en la dificultad en roca y Eneko saltando desde el esquí extremo hacia la escalada en hielo o la alta montaña del Himalaya.
En 2002, decidieron dar el salto hacia el profesionalismo con proyectos que mezclaban roca y alpinismo. Eneko recuerda que, al inicio, les inquietaba el futuro y la posibilidad de sostener ingresos para llevar una vida modesta pero digna. Con los años, la perspectiva cambió: “vemos ahora que el futuro ya está aquí y que el dinero no es una prioridad. Vamos a vivir siempre de forma sencilla pero nadie nos va a impedir hacer lo que nos gusta, que es estar en la montaña. Con la llegada de los 50 nos importa más encontrar tiempo para escalar que acumular dinero para la jubilación”. En ese mismo repaso, explica que en un momento de su carrera tuvieron opción de ganar mucho dinero en TV en programas del estilo del que realiza Jesús Calleja, pero no lo aceptaron: “Lo que queríamos era poder ir al monte”.
Su modo de vida profesional también está ligado a las redes sociales, que consideran imprescindibles para sostener su trabajo, aunque no oculten el coste que conllevan. Eneko afirma que la curiosidad por la montaña nació de la práctica y de la literatura de montaña, algo que perdura, mientras que las redes “son pan para hoy y hambre para mañana”. Describe además que las redes funcionan como una tiranía que obliga a trabajar mucho más que al comienzo: “Las redes son una tiranía y nos hacen trabajar 10 veces más que cuando empezamos. Lo cierto es que sin redes no podríamos ser profesionales de la montaña y nuestro trabajo es alimentarlas”. Añade que los patrocinadores les piden retorno y que controlar el ego es un trabajo complicado. “A veces cuesta discernir entre la parte de ego, de trabajo… cuesta saber por qué alimentamos realmente las redes sociales. Esperamos no acabar opinando de todo, como los tertulianos en televisión, sin saber realmente de nada”.
La conversación también incluye una anécdota sobre cómo las marcas intentaron empujar a los atletas hacia la presencia en redes. Eneko cuenta que hace diez años, en una reunión de atletas de Petzl, la marca pidió por primera vez a sus patrocinados que estuvieran en redes sociales. “Se montó una bronca monumental y como consecuencia, más de la mitad de los 50 o 60 interesados dejaron la marca. No los echaron, se fueron. Nosotros nos quedamos porque sabíamos que no había más opciones para vivir de esto”.
En la evolución del ecosistema, ambos valoran que el alpinismo ha cambiado a gran velocidad en 25 años. Eneko denuncia el postureo: “se busca la foto y no la actividad, es tristísimo. Y eso trae a la montaña a mucha gente que no está preparada y explica muchos accidentes mortales que no deberían darse”. También atribuye parte del problema a la sociedad de la inmediatez, que no encaja con la paciencia del alpinismo. En ese marco, insiste en una idea central: “se matan más montañeros recreativos que alpinistas de élite y es una realidad que la gente no quiere plantearse”.
El debate sobre salud mental aparece tanto en la escalada de competición como en el alpinismo sin jueces. Eneko sostiene que el deseo de desmarcarse del resto puede llevar a conductas difíciles de justificar. “La montaña siempre ha acogido perfiles muy diversos, underground, en el límite entre la cordura y la locura. La montaña ha recogido a gente antisistema, antisociales, quizá porque la actividad entre la vida y la muerte te permite un reconocimiento que en otro lugar la sociedad no concede… más allá de los actos heroicos en la guerra”. Añade que, en ocasiones, el alpinismo se parece más a una batalla que a un deporte: abrir una vía en una montaña remota obliga a luchar por sobrevivir y hace falta algo que empuje a querer hacerlo, porque hay peligros que nunca se podrán controlar del todo. “A veces el alpinismo se parece mucho más a una batalla que a un deporte… Y en este escenario hay gente que es capaz de rendir al máximo igual que hay gente que, aunque no me guste mucho el símil, en la guerra es capaz de ir más allá demostrando una valentía casi suicida”, expone.
En lo estrictamente deportivo, Iker reconoce que la búsqueda de los límites en la escalada en roca ha alcanzado niveles que no favorecen la salud mental, como ocurre en otros deportes. “Creo que la salud y el alto rendimiento están reñidos y la escalada es una actividad muy, muy obsesiva”, afirma. Eneko, por su parte, valora el alpinismo romántico y más lento: “Hacer la Chamonix-Zermatt con esquís en un puñado de horas como Védrines me encantaría, pero prefiero hacerla lentamente y con mis amigos. Lo disfruto más, me llevo algo enriquecedor. El alpinismo romántico del pasado, más lento, tiene un gran valor que empieza a perderse”.
De cara a las conclusiones, los hermanos reconocen lo mucho que han ganado con su asociación, aunque admiten que su dedicación monotemática les ha limitado explorar otros caminos. Eneko se define como alguien que ha sido muy egoísta en su vida de montaña: “Es más, creo que hay que serlo para ser alpinista, pero sé que muchas cosas en mi vida cojean por la dedicación a la montaña”. Con la llegada de los 50, coinciden en una realidad que ha frenado carreras de alpinistas: ya no están dispuestos a aguantar la presión sostenida durante años, y que su forma de vida implicaría continuar jugándose el pellejo a menudo. “Ya no nos interesa. Estamos entre dos mundos: aún podemos hacer cosas interesantes, pero ya no podemos estar jugándonos la vida alegremente. Lo difícil es mantener el equilibrio entre la pasión y las necesidades de lo cotidiano”, resume Iker.
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