
Imagen gracias a: El Universo
Homenaje a Sigifredo Chuchuca en el Monumental: el número 9 que simboliza la idolatría de Barcelona SC
Este domingo, una camiseta con el apellido de Sigifredo Agapito Chuchuca Suárez y el legendario número 9 será elevada en el estadio Monumental como reconocimiento al artillero que convirtió a Barcelona Sporting Club en un fenómeno sociodeportivo y en un ídolo de multitudes.
Una camiseta gigantesca con el apellido de Sigifredo Agapito Chuchuca Suárez y el legendario número 9 será izada este domingo sobre las tribunas del estadio Monumental. La ceremonia busca honrar a un hombre que llenó de gloria a su club y ayudó a que Barcelona se transformara en uno de los fenómenos sociodeportivos más singulares del fútbol mundial.
Se espera que, desde la eternidad donde habitan los ídolos, Chuchuca “tome” la camiseta y se la vuelva a poner, como tantas veces lo hizo en los vestuarios del país y en aquel estadio de Barranquilla donde dejó una huella imborrable por sus goles. La figura del delantero se asocia a una grandeza que no se mide por dimensiones: su sencillez campesina y su coraje se presentan como la base de una carrera que logró trascender.
Chuchuca llegó a Barcelona Sporting Club hace 80 años, sin primas ni contratos, llevando únicamente talento, bravura e instinto goleador. Con su aporte, un club de barrio fue creciendo hasta convertirse en una pasión capaz de sobrevivir a las generaciones y de desafiar el paso del tiempo. Por eso, cuando su nombre vuelva a elevarse sobre el Monumental, se remarca que sonreirá desde la memoria y seguirá viviendo en el alma de cada hincha barcelonista.
A lo largo de la historia compartida por el público, se recuerda que la idolatría se alimentaba incluso antes de la llegada de la televisión. La radio y la voz de Ecuador Martínez, junto con los comentarios del General Salcedo, eran parte del ambiente deportivo; también se menciona cómo la publicidad tenía su propio encanto, con la voz elegante de Enrique Vega Ruilova durante la Cabalgata Deportiva Gillette.
En ese universo aparecen las camisetas amarillas con vivos rojos en el cuello y la armonía de la delantera que la historia bautizó como el Quinteto de Oro: José Jiménez (después el Mocho Rodríguez), Enrique Cantos, Sigifredo Chuchuca, José Vargas y Guido Andrade. Barcelona fue campeón de 1950: de pie (i) Luis Ordoñez, Carlos Sánchez, Juan Benítez, Jorge Delgado, Fausto Montalván, Manuel Valle, Galo Solís y Felipe Vera (K); sentados: Jorge Rodríguez, Enrique Cantos, Sigifredo Chuchuca, Enrique Romo, José Vargas, Guido Andrade, Jorge Cantos y Heráclides Marín (Foto: archivo de Ricardo Vasconcellos R.).
El Quinteto de Oro se presenta como la base de la idolatría, sin dejar de lado la grandeza del resto del equipo. Se destaca la habilidad e ingenio de Jiménez y Andrade, reyes del desborde y del pase de la muerte; también la astucia de Pajarito Cantos. Para el manejo de los hilos del equipo estaba Pelusa Vargas, mientras que en el centro del ataque se ubicaba Chuchuca, descrito con ubicación perfecta, capacidad para eludir la marca y dominio del cabezazo por elevación o en palomita, además de una sorpresa con una chilena que parecía aprendida en una academia.
Los goles de Chuchuca son señalados como el factor que estremeció las graderías y permitió que Barcelona se metiera en el alma popular. Jorge Muñoz Medina, formador del equipo que forjó la idolatría, contó: “Chuchuca nació para ser lo que fue. Inventaba en el área y sorprendía siempre. No era muy alto, pero les ganaba siempre a los grandes en el salto y sabía cabecear. Su mayor virtud fue su coraje y una personalidad muy fuerte. No se achicaba nunca, pasara lo que pasara. Iba a buscar los balones con una determinación terrible”. Ante la pregunta sobre los trancazos y el peligro, respondió: “Nunca —contestó— yo solo tenía ojos para ver el arco y meter allí el balón”.
También se alude a una Barcelona de 1948, con una formación donde aparecen, entre otros, Jorge Cantos, Manuel Nivela, Fausto Montalván, Luis Ordóñez y Sigifredo Chuchuca; Enrique ‘Pajarito’ Cantos, José Jiménez Viejó, Guido Andrade, José ‘Pelusa’ Vargas, Carlos ‘Pibe’ Sánchez y Galo Solís; y abajo Enrique Flores y Enrique Romo.
Ricardo Chacón García lo retrató con intensidad: “Se estremecieron los cáñamos y el griterío se hizo rugido. Se levantaron de todos los asientos del Capwell y un nombre voló muy cerca de la estratósfera; un nombre que fue símbolo de gloria, un nombre criollo, bandera de una institución deportiva, del inigualado Barcelona. Porque antes de gritar Barcelona se gritó Chuchuca. Cholo hecho de mangle y picardía, de audacia y oportunismo (…). Fue grande en una época de grandes. Dejó sin reacciones a los más pintados arqueros argentinos, uruguayos, peruanos, brasileros. Barbosa, el gran Barbosa, quedó petrificado ante la jugada magistral que anidaba pelota en las redes”.
Mauro Velásquez Villacís, crítico de fútbol mencionado como el más prestigioso de nuestra historia, lo definió como “el talismán, la mágica llave que abre el corazón de la masa con sus demostraciones de calidad y guapeza insuperables, frente a los más linajudos equipos internacionales que visitaban nuestro puerto”.
En el relato biográfico, se indica que Chuchuca nació en Buenavista, parroquia del cantón Pasaje, el 16 de marzo de 1925; 46 días después nació Barcelona en el barrio del Astillero. Se cuenta que el orense llegó en 1946 por pura casualidad: tuvo una ligera prueba y el ojo experto de Jorge Muñoz Medina advirtió que allí podía estar oculto un diamante. En el modesto equipo de 1946, José Jiménez se movió a la punta derecha para que Sigifredo pasara a ser piloto de ataque. Un año después llegaron las estrellitas del Panamá SC y comenzó la era de grandeza.
Se recuerda además que Voltaire Medina Orellana, miembro de la Academia Nacional de Historia, decidió escribir un libro para conmemorar el centenario del nacimiento del artillero. Lo llamó Chuchuca: el ídolo del Ídolo y lo presentó con gran suceso en Machala; luego, la Asociación Barcelona Astillero le pidió que lo hiciera en Guayaquil. Se califica como un acontecimiento emotivo.
En la introducción del libro, Voltaire deja un homenaje: “Para quedarse pegado en la historia y en la leyenda, en el alborozo de las masas y en los anales de un club, en el grito jubiloso de todo un pueblo y en el momento feliz de una insignia había que tener pasta de crack, de deportista extraordinario, entronque varonil y destreza de máximo atleta. Esas cualidades las reunió Sigifredo Agapito Chuchuca Suárez y era de estirpe orense”.
También se incluye la reflexión de Medina Orellana: “Hizo de la camiseta de Barcelona una bandera gloriosa. Sigifredo Chuchuca se ocupó de llevar a Barcelona por el sendero de las victorias y su apellido se volvió el arquetipo triunfador del sentimiento guayaquileño (…). Y así porque sí, porque sus goles fueron una alegría infinita, porque Barcelona penetró en lo más profundo del amor guayaquileño por el deporte, porque una estela de luz amarilla cubrió los graderíos y las calles y porque el pregonero popular no se cansó de repetir el nombre del protagonista de tales sucesos, Sigifredo el Cholo Chuchuca se alzó con los estandartes para que Barcelona sea una eternidad”.
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