El valor del caos del último tramo

Imagen gracias a: El País (América)

El valor del caos del último tramo

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Cuando un equipo encaja el golpe y se acerca el minuto 90, la presión empuja a improvisar y a romper el esquema. No siempre termina en gol, pero cuando la urgencia se convierte en lucidez, aparece una belleza difícil de explicar.

Que me perdonen los entrenadores, pero hay algo especialmente bello en el desorden que provoca la cercanía del minuto 90: el momento en que el equipo va perdiendo y empieza a improvisar, incluso poniendo en riesgo su propio esquema.

En una de las tiras favoritas de Calvin y Hobbes, Calvin está jugando en un arenero mientras Hobbes le pregunta si no debería estar haciendo una redacción para clase. Calvin responde con una actitud melodramática y trascendente: la creatividad no es un grifo que se abre y cierra a voluntad, y para escribir hay que llegar al tono adecuado. A la pregunta de cuál es ese tono, Calvin contesta: el pánico del último minuto.

La idea que se esconde en esa tira conecta con una sentencia de Duke Ellington: “No necesito tiempo, sino un plazo de entrega”. A todos les ocurre que, en ciertos momentos, la presión se vuelve la mejor de las musas. Hay autores que planifican tramas y escenas con esquemas pegados en la pared del despacho, como detectives o asesinos en serie del cine, que entregan el manuscrito con semanas de antelación. Otros, en cambio, prefieren improvisar frente al texto, como sucede con cuestiones que no traen manual, como el amor o la crianza, y viven la escritura como una aventura en la que a veces temen no salir bien.

Para quienes se ubican en ese segundo grupo, el deadline funciona a la vez como amenaza y como estímulo. Y, en un mundo que elogia el orden hasta el punto de creer que el trabajo está bien hecho solo si se planificó con precisión y cabe en una tabla de Excel, se suele olvidar algo: el orden es una herramienta, no una virtud en sí misma. Su utilidad depende de cómo se use. Cuando los procesos se cuadriculan, pueden fosilizarse y volverse inútiles, como herramientas que se autojustifican y se alimentan de su propia lógica: monstruos burocráticos que consumen el tiempo.

“Esta es una página de deportes”, protestará algún lector. Pero el fútbol también sirve para hablar de esto. En el campo, el orden debería medirse por lo que permite hacer al equipo, no por su existencia como fin. No son pocos los conjuntos tan pendientes de conservar el rigor táctico que parecen haber olvidado por qué saltaron al terreno. En esos equipos, cada jugador ocupa su lugar, las líneas mantienen distancias y el balón circula sin que nadie abandone el rol marcado en la pizarra. Y entonces vuelven a surgir preguntas: ¿es éxito cumplir el plan previsto?, ¿es eficiente?, ¿es bueno?

A veces, sin embargo, se ve jugar a un equipo que ha extraviado el orden. Y ahí aparece la belleza del caos del minuto 90: cuando el equipo va perdiendo y comienza a improvisar y a desafiar su esquema. Son esos instantes en los que el entrenador grita desde la banda y no queda claro si se desespera o si celebra; si da instrucciones o si, más bien, pide un milagro. En ese desorden, el central se anima a subir, el lateral aparece por dentro, alguien intenta un regate que antes ni se imaginaba y, de pronto, parece que puede pasar cualquier cosa, incluso el milagro.

Claro que no todo termina en gol. El pánico del último minuto también puede traducirse en una redacción desastrosa, en una goleada en contra de escándalo, si no aparece esa lucidez y eficiencia que a veces la presión consigue. Pero cuando sale bien, cuando el equipo —incapaz de encadenar tres pases seguidos— encuentra dos goles en el descuento, entonces surge la pregunta de dónde había estado escondido, durante todo ese tiempo, el talento. Y la respuesta, temida pero repetida, es que muchas veces estaba ahí, abajo, aplastado por pizarras, tácticas, procesos, columnas de Excel, pantallas, datos y planes infalibles.

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