Diego Francisco Pérez Enríquez: de migrante en Los Ángeles a anfitrión de un restaurante ecuatoriano en su propia sala

Imagen gracias a: Primicias

Diego Francisco Pérez Enríquez: de migrante en Los Ángeles a anfitrión de un restaurante ecuatoriano en su propia sala

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Diego Pérez migró hace nueve años a Los Ángeles, California, donde hoy trabaja como encargado de bodega y, junto a su familia, prepara comida ecuatoriana en su sala: hornado, yaguarlocro, encebollado, bolones, seco de chivo, papas con cuero, guatita y empanadas de morocho. Tras el robo y el daño de su auto, su emprendimiento comenzó con 150 platos por fin de semana y se transformó en un punto de encuentro para ecuatorianos en California.

En Los Ángeles, la sala de la casa de Diego Francisco Pérez Enríquez se convierte cada fin de semana en un restaurante improvisado. Antes del mediodía, el olor del chancho recién salido del horno se instala en el ambiente y marca el inicio de la jornada para los primeros clientes.

En ese espacio, que normalmente tendría un sofá frente al televisor, hay cuatro mesas listas para recibir a migrantes ecuatorianos en California. En la pared cuelga una bandera de Ecuador y, cerca de la televisión, aparece otra bandera de Quito, como un recordatorio de que, aun a más de 5.000 kilómetros de distancia, las raíces siguen presentes.

Los fines de semana, la cocina de Diego ofrece hornado, yaguarlocro, encebollado, bolones, seco de chivo, papas con cuero, guatita y empanadas de morocho. No hay grandes letreros ni lujos: detrás de cada plato está Diego Pérez, un quiteño que tomó una decisión hace nueve años que cambió su vida.

“Vinimos de vacaciones y vimos que aquí había un poquito más de futuro. Como dicen, es el país de las oportunidades”, recuerda en una entrevista con PRIMICIAS.

Dejar Ecuador significó despedirse de familia, amigos y, sobre todo, de su madre. Su padre falleció mientras él ya vivía en Estados Unidos y nunca pudo volver a abrazarlo. “Fue la parte más dura”, señala.

Los primeros meses en Los Ángeles estuvieron lejos de la idea del sueño americano. Vivió en un cuarto pequeño y durmió en un sillón durante un periodo que lo llevó a considerar regresar a Ecuador por cerca de tres meses.

Luego llegó el primer trabajo: ingresó a una empresa que elaboraba comida congelada para aerolíneas. El frío de la planta lo sorprendió al punto de que, según su recuerdo, “ya renunciaba”. Sin embargo, se quedó al ver a una mujer de más de 75 años trabajando en condiciones similares. “Si ella puede estar aquí en este frío, ¿por qué yo no?”, reflexionó.

Con el tiempo, la pandemia alteró nuevamente su situación. La empresa redujo personal y Diego quedó sin empleo. Como muchas personas, inició desde cero: dejó solicitudes en distintas agencias hasta encontrar trabajo en una fábrica donde empacaban pruebas de Covid-19.

Las jornadas fueron extensas, entre 12 y 14 horas diarias, muchas veces siete días a la semana, con su hijo acompañándolo en el esfuerzo. Para 2020, la familia logró una estabilidad económica.

Cuando parecía que lo más difícil había quedado atrás, ocurrió un nuevo golpe. Su hijo salió a trabajar en un supermercado y, al regresar, no encontró el auto: había sido robado. Aunque horas más tarde lo localizaron, estaba desmantelado. Reconstruirlo costaba USD 5.000.

Aun así, la familia encontró una salida con la ayuda de la suerte. Al ingresar el vehículo a una mecánica en una grúa, sufrió una caída por no estar bien asegurado y chocó a otro vehículo. Ese incidente permitió que la mecánica reconociera el daño y pagara una suma importante de dinero.

Con ese respaldo, Diego reunió a su esposa y a su hijo para tomar una decisión: “Hagamos hornado.” Así nació un emprendimiento que no estaba en sus planes. Prepararon 150 platos para la primera venta y se agotaron. “Ahí dije: yo sé cocinar, vamos para adelante.”

Lo que empezó como una forma de recuperar lo perdido terminó convirtiéndose en un segundo hogar para decenas de ecuatorianos que viven en California. Al inicio, la venta era únicamente para llevar, desde el departamento donde residían. Más adelante, al mudarse a una casa con mayor espacio, abrieron también la sala para que la gente no solo comprara comida, sino que sintiera un ambiente cercano.

Cada 15 días, y únicamente los fines de semana, el comedor improvisado vuelve a llenarse. Mientras tanto, Diego trabaja de lunes a viernes como encargado de bodega en una empresa que fabrica shampoo y cosméticos: descarga mercancía, revisa pedidos y organiza el ingreso de productos a la bodega. Antes de ese empleo, también empacó pruebas de Covid-19.

Los viernes, la familia comienza a preparar el hornado, pela papas y organiza los ingredientes hasta cerca de las 23:00. El sábado, a las 03:00, se levantan nuevamente para terminar el encebollado, las tortillas y el resto del menú.

A las 11:00 llegan los primeros clientes y, con rapidez, se llenan las mesas. En cada jornada salen entre 120 y 180 platos, dependiendo del menú. El hornado es el plato favorito, mientras que el yaguarlocro suele agotarse en pocos días cuando logran conseguir todos los ingredientes.

Para Diego, lo más importante no es solo la comida, sino la comunidad que se forma alrededor de ella. “Me gusta que la gente venga y coma como en casa”, afirma.

Su esposa, nacida en Guatemala, aprendió a preparar el agrio, el ají y también el encebollado con sazón ecuatoriana. Su hijo apoya con el cobro cuando el flujo de clientes supera la capacidad de la familia.

Muchos clientes llegan por recomendación de otros y también hay quienes vuelven una y otra vez. “No nos abastecemos”, admite entre sonrisas.

Pese al movimiento, Diego no busca competir con grandes restaurantes ni abrir todos los días. Prefiere mantener la tradición cada 15 días para conservar el carácter especial del encuentro.

Al mirar hacia atrás, no se concentra en el frío de la fábrica, en las jornadas de 14 horas ni siquiera en el auto convertido en chatarra. Piensa en lo que vino después: “No me arrepiento de nada. Dios nos hizo venir acá por alguna situación.”

Mientras habla, los platos continúan saliendo y las conversaciones llenan la sala. Las banderas del Ecuador observan en silencio. Afuera permanece Los Ángeles; adentro, por unas horas, vuelve a ser Quito.

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