
Imagen gracias a: El País (América)
Chava Jiménez y Ángel Arroyo quedan unidos en El Barraco: el mismo duelo, a pocos metros
En el cementerio de El Barraco, separados por apenas 30 metros, descansan dos ciclistas del pelotón español cuyas historias se entrelazan con discusiones, recuerdos y detalles que rompen la austeridad del lugar.
Ángel Arroyo era visto a diario recorriendo trayectos en bicicleta para ahorrar el coche, excepto cuando llovía. La lluvia no le agradaba, entre otras razones porque nadie lavaba el coche. Un martes, con solo cuatro gotas sobre las piedras austeras de Ávila dura, el ambiente se cargaba de un tono fúnebre para un hombre tan barroco, al que se describía el funeral en una iglesia oscura, más muros que vidrieras. La sobriedad de la negrura apenas encontraba contraste en un Santiago matamoros descolorido en el retablo y en Bach, que el organista tocaba con los dedos, llenando de hermosura un entorno triste.
En la puerta se reunían muchos ciclistas antiguos. Entre ellos estaba Tasio Greciano, su mejor amigo: albañil en Galapagar, que estuvo 15 días sin dormir al lado de su cama en el hospital. Con voz lenta y clara, y con grandes ojeras bajo sus ojos, repasaba una y otra vez el último año de Ángel: el frío que sintió durante unos días en Canarias, la confusión cuando creyó que le habían robado el coche que no encontraba en el parking del aeropuerto y la biopsia del tumor del cerebro que tardó en hacerse.
El recuerdo del propio camino continúa en imágenes: La Paramera con niebla, el paisaje desolado, la memoria de Rominger, la contrarreloj de la Vuelta que no terminó Indurain, y las pastas en El Pescador, el bar de la familia del Chava. También aparecen las curvas, El Barraco y la presencia de un ciclista apodado el Pantera, que, según cuentan en el cementerio, llevó a la tumba de Chava Jiménez el trofeo de una carrera que ambos proclamaban haber ganado. Cada vez que se veían, discutían por ello. “Se acabó la discusión, ganó el Chava”, señalan en El Barraco que decidió un día el Pantera, ya cuando Chava había muerto.
El gesto quedó materializado: el trofeo, una pesada figura en bronce de un ciclista levantando los brazos, se colocó sobre la limpia lápida de granito de la tumba de Chava. Allí sigue, en una esquina, como un detalle barroco y sentimental dentro de la austeridad del cementerio, junto a las ramas de encinas dobladas por el peso de tantas bellotas aún verdes sobre granitos grises.
Chava Jiménez, un niño gordito que se hizo ciclista en la peña organizada por Víctor, el padre de Carlos Sastre, por admiración a Arroyo, murió muy joven hace casi 25 años. Ángel Arroyo le lloró y lamentó su destino, del que culpaba sin querer aceptar que era una víctima débil, insistiendo en que no siempre se puede mandar sobre la vida. “Mira que le dije que lo dejara, que se estaba haciendo daño… Nunca le gustó ser ciclista. Le gustaba el ambiente, fumar, beber, follar”, se recuerda que decía hace ya muchos años, con una mirada dura. “Tenía mucha fuerza. Podía salvar el tipo en pruebas de una semana, pero no trabajaba a fondo para más. Tampoco le interesaba. Lo que le resultaba fácil lo hacía bien”.
A no más de 30 metros, un agujero cubierto provisionalmente con tablones recibe ya el cuerpo de Arroyo. Aunque no se llevó a la tumba la copa enorme de ganador de la Vuelta, su gente la exhibió junto a su féretro en un gran salón del palacio renacentista de Superunda, morada y museo del pintor Guido Caprotti. Allí también reposó Julito Jiménez. En ese mismo entorno estuvo el maillot amarillo de la Vuelta que ganó en el 82 y que luego le quitaron. Arroyo nunca aceptó que le cargaran un positivo del que no se sentía culpable. Tampoco envió la copa a Lejarreta, declarado vencedor tras su descalificación, y tampoco habría permitido que su pueblo se desprendiera de ella, dispuesto incluso a sacar las escopetas de caza para protegerla.
Cruzando el puente nuevo de La Gaznata, tan soberbio que intenta humillar, pero no puede, los arcos bajos y la estrechez incómoda y tranquila del antiguo, por teléfono Javier Mínguez contó la historia de Ángel: cómo las fiebres de Malta quebraron su carrera joven, tan habituales en los pueblos cuando la leche se compraba en la vaquería y no se hervía bien. Mínguez destacó la fuerza de un juvenil increíble que ridiculizó junto al embalse a sus mejores amateurs, también a los mejores de España, y subrayó su carácter único. “Era un ciclista como ninguno”, afirmó Mínguez, a quien Arroyo siempre llamó Monglorio. Mínguez recordó que el director que le hizo profesional fue el Moliner-Vereco cuando volvió de la mili en Almería. “Siempre sorprendía. Parecía que estaba acabado un momento y al siguiente estaba atacando. Conocí más a Tarangu, que corría a golpes de inspiración, y Arroyo me recordaba mucho a él”.
Poco después, cruza ese puente el coche con el que regresan a Cataluña Joselu Laguía, Celestino Prieto y Jaume Vilamajó, compañeros del alma y del Reynolds que habían salido la víspera, ya anochecida. Condujeron toda la noche para llegar a tiempo y dejarse deslumbrar una vez más por la luz, por la luz de la memoria de su querido Ángel, tan joven, en la niebla y la oscuridad triste del día en Ávila.
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