Ángel Arroyo, segundo del Tour de 1983, fallece a los 70 años

Imagen gracias a: El País (América)

Ángel Arroyo, segundo del Tour de 1983, fallece a los 70 años

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El ciclista de El Barraco, que en 1983 logró el subcampeonato del Tour de Francia, murió a los 70 años tras una enfermedad marcada por el cáncer.

Ángel Arroyo, ciclista de El Barraco y figura clave en la revitalización del ciclismo español en los años 80, falleció a los 70 años. A las órdenes de José Miguel Echávarri, el corredor alcanzó su gran momento deportivo al terminar segundo en el Tour de 1983.

Arroyo y Echávarri vivieron una relación personal y deportiva muy estrecha. En 1982, con Arroyo al frente de su Reynolds y con Perico Delgado como aprendiz, se lanzaron a conquistar el Tour de Francia con la ambición de devolver los sueños y la grandeza a la afición española. Arroyo, que había cumplido 70 años el pasado 2 de agosto, atravesaba una enfermedad: sufría cáncer.

En sus recuerdos, el ciclista describía cómo la pasión por la bicicleta nació en su infancia. Relataba que en el entorno de El Barraco, en el caserío de la Valonguilla, soñaba con la bicicleta pese a no saber siquiera si serían “ruedas cuadradas o redondas”. También contaba la influencia de su padre, que se aficionó al ciclismo y recorría distancias en bici, y cómo su carácter “bruto y cabezota” lo acompañó desde niño hasta su manera de afrontar el trabajo y la competición.

Su trayectoria estuvo marcada por una intensidad que lo llevó a ganarse el apodo de “El Salvaje”. Nunca dejó de trabajar ni de moverse con energía, como reflejaban episodios de su vida cotidiana. Además de su carrera, se destacó por su actividad económica y por decisiones empresariales, aunque también por su vínculo con el esfuerzo físico y el día a día, incluso en etapas posteriores.

En el plano deportivo, Arroyo ganó la Vuelta del 82, año anterior a su debut en el Tour. Subió un domingo de mayo al podio de Madrid y recibió una copa enorme, pero una semana después se abrió el “affaire” tras un positivo. El ciclista explicó que no tenía teléfono en casa y que se enteró por un primo que tenía un supermercado; José Miguel le confirmó la situación. En ese contexto, relató que realizó el contraanálisis convencido de que no habría consecuencias, pero “se me saltaron las lágrimas” y, según sus palabras, le “jodieron la Vuelta”. En el mismo episodio, otros tres ciclistas —Belda, Alberto Fernández y Pedro Muñoz— también dieron positivo por sustancias estimulantes. La victoria final se la adjudicaron a Marino Lejarreta.

Tras aquel episodio, Arroyo se lanzó a buscar el Tour. El Tour del año siguiente fue el que no corrió Hinault y que ganó Fignon, debutante de 23 años. Arroyo brilló en la etapa del pavés y en la montaña, donde terminó segundo, repitiendo el resultado que su amigo íntimo Julito Jiménez había logrado en 1967.

Arroyo también mantuvo una vida social y de apoyo constante con quienes le rodeaban. En Ávila, su entorno y amistades se convirtieron en parte de su historia. Tasio Greciano, gregario de oficio y albañil, le ayudó a hacer cimientos de su lavadero en Segovia y le acompañó en el hospital durante sus últimos días. Además, Greciano le enseñó el Alpe d’Huez en su primer Tour.

Más allá de los resultados, Arroyo dejó un relato sobre las discusiones y monumentos dedicados al ciclismo en Ávila. En dos rotondas se erigieron sendos homenajes tras una discusión ligada a la pasión por el ciclismo y al temperamento de los campeones. Arroyo recordó el origen del desacuerdo y cómo, finalmente, se concretó el monumento a su cuñado, Chava Jiménez, mientras que el resto de ciclistas también consiguió su propia escultura.

Su etapa profesional comenzó en 1979, tras volver de la mili, y concluyó en 1988, cuando tenía 32 años. En una explicación sobre su retirada, Arroyo afirmó que a mitad de temporada del 88 dejó la bicicleta porque no era lo que él quería: aunque empezaba con los primeros, los últimos cinco días le ocurría que no podía recuperarse. También rememoró su paso por el Tour que ganó Perico, su reventón en el Peyresourde el día que ganó Cubino y la vergüenza que le produjo comprobar que los corredores descolgados, los sprinters y otros se agarraban a los coches. Señaló que, al ver aquello, decidió retirarse y que colgó los hábitos a comienzo de 1989.

Ángel Arroyo, “El Salvaje” del ciclismo español, deja un legado deportivo ligado a su subcampeonato en el Tour de 1983, además de una historia personal marcada por el esfuerzo, la intensidad y una relación cercana con José Miguel Echávarri y el mundo del ciclismo que lo acompañó durante décadas.

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