Talebi y el gesto que cambió el clima del duelo entre Irán y Estados Unidos en el Mundial 94

Imagen gracias a: El Universo

Talebi y el gesto que cambió el clima del duelo entre Irán y Estados Unidos en el Mundial 94

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En el Congreso de la FIFA en Chicago se definieron cambios que ampliaron el Mundial y, con el sorteo, Irán terminó enfrentando a Estados Unidos en un cruce cargado de historia. Aquel partido, marcado por la tensión política, tuvo un giro decisivo cuando Jalal Talebi estrechó la mano de Steve Sampson y el equipo iraní terminó ganando 2-1.

La presencia de Irán en el Mundial y el cruce con Estados Unidos quedaron atravesados por un contexto político especialmente adverso. Gianni Infantino, titular de FIFA, anunció que la selección persa participará, y desde Washington se indicó que sería bienvenida en Los Ángeles. La animosidad entre ambos países tiene antecedentes profundos.

La historia se remonta al Congreso de la FIFA en Chicago, dos días antes de comenzar el Mundial 94. João Havelange debió gestionar un alzamiento de África y Asia, que reclamaban más derechos y participación. El brasileño, al ver que perdía la presidencia, prometió que, si lo votaban por otro periodo, aumentaría los cupos para esos continentes y se retiraría en 1998. La propuesta fue aceptada y se cumplió: África pasó de no tener ninguna plaza directa en 1966 a contar con cinco, y en 2026 serán nueve. Asia incrementó su participación a 3,5; al ganar el repechaje envió cuatro representantes. En ese tramo, Joseph Blatter, suizo y mano derecha de Havelange, asumió el rol que luego sostendría durante 17 años.

Ese cambio se apoyó también en una innovación del torneo: el Mundial pasó de 24 a 32 equipos. El aumento permitió que ocho países más vivieran la euforia de estar en el mayor evento universal y se justificó por el crecimiento sostenido del fútbol, con un avance progresivo del número de asociaciones. El último de los 32 clasificados para 1998 fue Irán, que logró una clasificación tras un repechaje ante Australia: igualó 1-1 en Teherán, y en Melbourne perdía 2-0, pero cerca del final empató dos veces y terminó imponiéndose por los goles de visitante. Así, Irán ocupó el último lugar.

Luego, el bolillero definió el grupo en el que se encontrarían Alemania, Yugoslavia, Estados Unidos e Irán. Desde el día del sorteo comenzaron las especulaciones sobre el enfrentamiento, programado para el 21 de junio en Lyon.

La tensión entre ambos seleccionados venía de más atrás. Irán y Estados Unidos mantenían relaciones rotas desde la crisis de los rehenes en 1980. El sha Reza Pahlevi, emperador de Irán, viajó a Estados Unidos a fines de octubre de 1979 para tratarse un cáncer y, en su ausencia, una semana después se produjo la revolución islamista que llevó al poder al ayatolá Jamenei. Tras la asunción del nuevo régimen, sus seguidores pidieron que Estados Unidos devolviera al sha a Irán para ser juzgado y condenado. La Casa Blanca no respondió, con Jimmy Carter en la presidencia, y la situación escaló.

Como represalia, una turba estudiantil ingresó en la Embajada norteamericana en Teherán y se llevó a 52 diplomáticos y funcionarios, en un hecho grave. Los rehenes permanecieron secuestrados 444 días. Estados Unidos exigió la liberación, le fue denegada y el conflicto estuvo a un paso de derivar en guerra. El Gobierno norteamericano preparó dos operativos militares para rescatar a los rehenes, aunque no se concretaron. Finalmente, casi dos décadas después, los rehenes fueron recuperados el 20 de enero de 1981 tras largas negociaciones. A partir de entonces, las relaciones nunca se compusieron de manera real y el sorteo dispuso que ambos países se enfrentaran.

En la FIFA y en los organizadores franceses del Mundial se instaló un clima de inquietud. El mundo siguió el cruce como un choque de tensión irrespirable: Irán versus Estados Unidos. Muchos pronosticaban que habría violencia y se lo vinculaba a una narrativa de confrontación religiosa en el entorno musulmán. La presión sobre jugadores y entrenadores fue enorme, y la FIFA reforzó la seguridad alrededor del estadio. En las reglas de la FIFA, el equipo “B” (Irán en este caso) debía acercarse al rival para el saludo inicial, pero el Gobierno persa no quería que sus jugadores caminaran hacia los estadounidenses.

Sin embargo, al llegar el momento del partido, todo cambió. Los jugadores iraníes ingresaron con ramos de flores blancas y se las entregaron a sus colegas norteamericanos. Luego llegó el episodio decisivo: al entrar al campo, Irán en segundo término, el entrenador iraní Jalal Talebi recorrió cuarenta metros hasta el banco de Estados Unidos y estrechó la mano de su par estadounidense, Steve Sampson, acompañándolo con una sonrisa. El público, sorprendido, aplaudió; los jugadores sonrieron y el clima se distendió. A partir de allí, el encuentro fue casi dramático y terminó con victoria de Irán 2-1.

Antes de esa parte final, el gesto de Talebi también se reflejó en la postal: ambos equipos posaron juntos para los fotógrafos, con alternancia de jugadores estadounidenses e iraníes. Talebi, excentrocampista internacional, vivía y vive en California desde 1983, y su actitud se convirtió en símbolo de unidad.

El público local celebró con fuerza los goles iraníes. En el centro de prensa se desató una euforia constante entre cientos de periodistas. Fue el primer triunfo de Irán en los mundiales, ya que la selección había participado antes en 1978 y había perdido en sus tres presentaciones. En el país del golfo Pérsico, el pueblo iraní salió a las calles eufórico, como posiblemente nunca en su historia. La felicidad no la aportaron la política ni la religión: una vez más, fue el fútbol. Un arquitecto iraní radicado en París resumió el impacto del triunfo al señalar que el fútbol obró el milagro y volvió a poner al país en el mapa del mundo.

La revancha entre ambos se dio en Catar: compartieron zona en la primera fase y Estados Unidos tomó desquite al imponerse 1-0 con gol de Christian Pulisic, jugador del Milan italiano.

Tras el triunfo en Lyon, los festejos en Francia también marcaron la jornada. Una muchedumbre de iraníes se congregó en la avenida Champs Elysées, cerca del Arco de Triunfo. Como el resultado había sido tan inesperado, carecían de estandartes o camisetas. En medio de la calle, un vendedor fabricó banderitas de Irán con una maquinita y las vendió a un franco; se las arrebataban en la locura, incluso sin palito, mientras la pintura aún estaba fresca. Varias veces el vendedor tuvo que detener la producción por atascos en la máquina, pero ya había alcanzado a fabricar unas tres mil banderitas.

Los iraníes quedaron manchados hasta el rostro y con las manos pegajosas por la pintura. Entre el tumulto y la celebración, terminaron exhaustos y desordenados, pero no debieron haber sido nunca tan felices. “Qué cuadro tan bello”, era la alegría en su estado de máxima pureza, la del hincha.

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