
Imagen gracias a: El País (América)
Racing: el regreso a Primera como un retorno a Santander
Tras 14 años y 600 partidos en busca del ascenso a Primera División, el Racing convierte el logro deportivo en una forma de reconocimiento para quienes aprendieron que el club es identidad y vínculo con casa, incluso desde la distancia.
Hay ciudades que miran al mar y otras que viven orientadas hacia la memoria. Santander pertenece a las dos. Por eso, el Racing no ha sido únicamente un club de fútbol: representa una manera de reconocerse. El ascenso a Primera División después de 14 años y 600 partidos tras atravesar penurias incluso en el inframundo del fútbol español no es solo una noticia deportiva. Para muchos, sobre todo para quienes crecieron viendo al equipo como parte de su identidad, es también una forma de volver a un lugar al que se pertenece, aunque se haya marchado hace tiempo.
Cuando uno vive desde hace tantos años a miles de kilómetros de Santander —primero en Colombia y después en México— los partidos se transforman en pequeños rituales desordenados: consultar el resultado en el teléfono, esperar mensajes de los amigos para conocer cómo se vivió el ambiente, llegar tarde a ciertos comentarios. La distancia se acorta en una conversación compartida. En ese contexto, el Racing funciona como una manera de estar cerca de casa.
Durante estos 14 años, club y afición han atravesado una travesía sentimental. Hubo etapas en las que el Racing parecía condenado a quedar reducido a un recuerdo: descensos, administraciones concursales y propietarios que, desde la distancia, no llegaron a comprender lo que tenían entre las manos y quisieron destruirlo. El fútbol moderno tiende a olvidar rápido, pero en Santander la memoria se mantiene firme. Tal vez por eso el ascenso se siente distinto: no borra los años oscuros, los incorpora. La victoria tiene un valor especial porque trae consigo todo lo que no se perdió.
Quienes siguieron al Racing durante este tiempo no lo hicieron por inercia ni por moda. Lo hicieron por lealtad. En un momento cercano, el club estuvo a punto de desaparecer. El equipo, en Segunda B y sin cobrar, llegó a plantarse en unos cuartos de final de Copa contra la Real Sociedad. Aquella unión de los jugadores en el centro del campo se pareció al abrazo de toda una afición. La camiseta y el escudo quedaron grabados como un gesto propio del fútbol: una mezcla poco común de romanticismo y terquedad. Ese día, el Racing dejó claro que no era solo un equipo y, quizá, apareció algo aún más singular en el fútbol actual: la sensación de que un club seguía perteneciendo a la gente que lo sostiene.
Desde entonces, el camino se ha construido con una reconstrucción lenta. Subir desde el barro exige algo más que contar con buenos jugadores: requiere paciencia y, sobre todo, memoria. Los equipos que han caído muy abajo saben que cada escalón cuesta más que el anterior. En las gradas se veía una combinación particular de nostalgia y esperanza. No era un público resignado, sino una afición que recordaba y que entendía que, a veces, el fútbol no se reduce a ganar, sino a seguir presente.
Todos estos años, el Racing se sostuvo menos por la lógica del fútbol que por una obstinación colectiva. Aunque no haya sido un gigante, sí logró algo difícil: personalidad. Y ahora ese rasgo regresa con el ascenso, volviendo a un lugar concreto y a una memoria compartida.
Regresar a Primera División significa volver a un mapa del que nunca se sintió uno totalmente expulsado. El ascenso no se limita a ser un objetivo deportivo: también supone una reconciliación con el pasado, con los años difíciles y con la idea de que algunos clubes están hechos para resistir más que para dominar. Para quienes crecieron siguiendo al Racing, hay una señal clara en todo esto: la identidad no se levanta solo con victorias, también con la manera de atravesar derrotas, con el modo en que una ciudad aprende a convivir con la frustración sin dejar de acudir al domingo siguiente.
La próxima temporada, el Racing seguramente volverá a sufrir en Primera. En Santander se vive siempre en ese equilibrio frágil entre la ilusión y el pesimismo como forma de supervivencia. Todo forma parte de una identidad. El fútbol español también se entiende desde los clubes que han aprendido a resistir. El Racing no es únicamente un equipo que asciende: es una historia que insiste. Lo esencial no ha sido estar arriba; lo esencial, siempre, ha sido volver. Y el Racing ha vuelto.
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