PSG y Arsenal avanzan a semifinales tras una eliminatoria marcada por la táctica y la incertidumbre

Imagen gracias a: El País (América)

PSG y Arsenal avanzan a semifinales tras una eliminatoria marcada por la táctica y la incertidumbre

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Luis Enrique y Kompany consolidaron una ruta de juego clara que permitió a sus equipos salir de lo previsible. En la semana de Champions, el pase del Arsenal y del París Saint-Germain y el 5-4 del PSG ante Bayern Múnich en París dejaron en evidencia cómo la cabeza y el plan colectivo influyen incluso cuando el control se rompe.

Que los entrenadores de fútbol parezcan envejecer a un ritmo acelerado no es una metáfora: en las semifinales de la Champions el nivel de tensión se concentra hasta el límite y se vuelve difícil apartar esa angustia. Aun así, el fútbol obliga a sostenerla, porque ahí se entiende por qué la competición engancha.

La semana de semifinales, con el pase del Arsenal y del París Saint-Germain, volvió a explicar esos motivos. El cruce de ida entre PSG y Bayern Múnich, disputado en París, terminó 5-4 y tuvo un desarrollo que fue más allá del marcador. Las oscilaciones en el juego, donde un golpe puede cambiar el estado anímico de los futbolistas y alterar el equilibrio entre quien domina y quien se desmorona, mostró la importancia de la cabeza en un competidor. En ese sentido, ambos equipos desplegaron un fútbol muy grupal y extremadamente intenso: incluso cuando aparece el descontrol que todos los entrenadores temen, se alcanzaba a percibir una construcción muy trabajada.

Luis Enrique y Kompany lograron transmitir a sus piezas una ruta fija, lo que abre la puerta a que los mejores puedan improvisar con sentido. De cara al partido de vuelta, la suerte favoreció al PSG. Antes de que el Bayern se reorganizara con la necesidad de no conceder espacios y de defender con rapidez, el conjunto francés ya había marcado el primero en Múnich, un estadio donde no es sencillo imponerse. Aunque el Bayern mostró cierto dominio y una madurez notable, no logró encontrar la manera de sacar partido de sus dos extremos, considerados superdotados, dentro de un sistema de ayudas defensivas que los empujaba hacia zonas donde el daño era menor.

Si el primer encuentro había funcionado como un manual para atacar en tromba, el segundo se definió empujando a los delanteros hacia lugares donde no se les deja pensar, ni brillar, ni generar conversación. El resultado fue un partido menos vistoso, con un guion más parecido al de los choques del Atlético y el Arsenal: pocos golpes claros y mucha presión constante.

En ese contexto apareció un personaje clave: Harry Kane, delantero centro que se mueve en el borde del área contraria como si repartiera cada pelota en el medio campo, y que se quedó sin el papel decisivo que suele tener. Su gol tardío tuvo el sabor amargo de la consolación. Jugadores así evidencian la tragedia del deporte: como ocurrió con Griezmann en su despedida del Atlético, se puede ser excelente y aun así no alcanzar tanto como lo que el rendimiento sugiere. Por eso el palmarés pesa menos de lo que deja el recuerdo en la grada; en ese plano, el británico y el francés pueden sentir satisfacción.

Esa satisfacción, sin embargo, no suele gustar a los propios deportistas y se convierte en una fuente de insatisfacción. Simeone se atrevió a desafiar el orden del Arsenal de Arteta y estuvo cerca de tumbarlos. Los aficionados del Atlético soñaron con una final contra el Bayern en la que revertir la maldición, pero no fue posible y el escenario obliga a ser ambiciosos o quedarse fuera.

El PSG sirve como ejemplo: tras la marcha de su estrella, Mbappé, el equipo pudo inventar una propuesta nueva, después de haber lucido con petrodólar sin una idea clara. En ese marco, una palabra española se ha colado como grito internacional: Vamos.

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