Lupo Quiñónez, “El Tanque de Muisne”: de limpiar barcos en Nueva Jersey a volver al fútbol en ligas amateur

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Lupo Quiñónez, “El Tanque de Muisne”: de limpiar barcos en Nueva Jersey a volver al fútbol en ligas amateur

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El exfutbolista ecuatoriano Lupo Quiñónez reconstruye su historia migrante: llegó a Estados Unidos a finales de 1990, se retiró por una lesión en la rodilla y, tras iniciar su vida laboral en el puerto de Bayonne, encontró en el fútbol y en la comunidad ecuatoriana una forma de sobrellevar la distancia de su pasado.

Lupo Quiñónez, exfutbolista ecuatoriano, posa frente al Sports Illustrated Stadium, en Harrison, Nueva Jersey, donde mantiene su cercanía con el fútbol y con la comunidad ecuatoriana en Estados Unidos.

NUEVA YORK. Lupo Quiñónez arribó a Estados Unidos a finales de 1990 con su familia. Tenía 33 años, una lesión en la rodilla que lo había obligado a retirarse del fútbol y la sensación de que había terminado una etapa demasiado pronto. Años después, asegura que nunca deseó migrar.

La mudanza se definió por la situación económica y por la insistencia de su esposa, a quien aún reconoce como la persona que lo empujó a seguir adelante. La familia contaba con visa y decidió probar suerte en el país, en un momento en el que miles de ecuatorianos comenzaban a asentarse en zonas de Queens y Nueva Jersey.

El contraste con su vida futbolística fue inmediato. Su primer empleo fue en el puerto de Bayonne, en Nueva Jersey: ingresaba a las siete de la mañana y salía a las siete de la noche. Allí limpiaba barcos, grúas y tanques industriales. Para él, lo más exigente consistía en entrar solo a los compartimentos internos de las embarcaciones, espacios oscuros y cerrados donde pasaba horas raspando y limpiando superficies.

“A veces me sentaba primero a rezar y a llorar”, recuerda. Explica que el trabajo implicaba pasar horas dentro de los tanques de los barcos para raspar, limpiar y retirar residuos en ambientes cerrados y sofocantes. También señala que había personas que no resistían ni completar el primer turno y terminaban abandonando el trabajo el mismo día. “Cuando jugaba fútbol tenía treinta mil personas gritando en un estadio. Después estaba solo, metido dentro de un tanque”.

Durante años, Quiñónez evitó en el trabajo hablar de su trayectoria como futbolista profesional en Ecuador. Dice que el cambio de vida le impactó con fuerza y que prefería mantenerse en silencio. Esa dinámica cambió cuando algunos compañeros descubrieron quién era realmente.

“¿Usted no es Lupo Quiñónez?”, recuerda que le preguntaban cuando empezaban a reconocerlo, mencionando que había jugado en Barcelona. A partir de allí, las conversaciones derivaban en partidos, goles y clásicos. No solo los ecuatorianos se sorprendían: también otros trabajadores del puerto, que no podían creer que alguien a quien consideraban una figura del fútbol estuviera laborando junto a ellos. Quiñónez afirma que esa reacción le generaba una mezcla de vergüenza y satisfacción.

Trabajó 33 años en el puerto. Inició con un salario de siete dólares por hora y con el tiempo logró convertirse en jefe de personal, además de regularizar su situación migratoria mediante la empresa. Mientras tanto, la comunidad ecuatoriana seguía apareciendo en su entorno de distintas maneras.

El fútbol en Nueva York se volvió un apoyo para la migración. En los años 90 y 2000, las Ligas Amateur de Queens y Flushing funcionaban como puntos de encuentro para miles de migrantes ecuatorianos. En esos espacios coincidían exjugadores profesionales, obreros, cocineros, taxistas y recién llegados. Los campeonatos llenaban canchas sintéticas cada fin de semana y activaban comida y reuniones familiares.

Quiñónez volvió a jugar allí. Los organizadores sabían quién era y buscaban sumarlo a sus equipos. Participaba en partidos los sábados, domingos y también entre semana. Por cada encuentro, menciona que podía recibir entre USD 300 y USD 400. “A veces terminaba ganando más en las ligas amateur de Nueva York, que durante mis mejores años en el fútbol ecuatoriano”.

Pero, más allá del dinero, lo que destaca es el papel del fútbol para afrontar la migración. Relata que había personas que apostaban en los clásicos de veteranos y luego se acercaban a regalarle parte del dinero que ganaban. “El fútbol y esta comunidad me ayudó a manejar la pena y a olvidarme un poco de lo que había dejado atrás”.

Con el paso del tiempo, Quiñónez terminó viviendo entre dos mundos: Estados Unidos se consolidó como el lugar donde trabajó y sostuvo a su familia, mientras que Ecuador siguió siendo el país al que regresa con frecuencia.

Durante una visita a Ecuador en 2025, varios aficionados se acercaron a saludar y fotografiarse con Lupo Quiñónez en Guayaquil. Al hablar de Guayaquil, de Muisne y de los años ochenta, remarca la tranquilidad con la que la gente podía caminar por las calles después de un partido. Dice que eso es lo que más extraña, y también a la gente: “El público es lo más grande y más bello que tiene el fútbol ecuatoriano”, comenta, y luego agrega con una pausa y una sonrisa: “aunque cuando perdamos nos insulten”.

Lupo Quiñónez y su vida actual en Estados Unidos. Hoy, con 69 años, vive jubilado. Alterna viajes ocasionales a Ecuador con la vida tranquila que construyó en Nueva Jersey tras décadas de trabajo físico en el puerto. Mantiene el seguimiento del fútbol ecuatoriano, habla de Enner Valencia con admiración y espera poder asistir a un partido de la selección durante el Mundial de 2026.

A veces, cuando algún ecuatoriano lo reconoce en la calle o en una cancha, vuelve a escuchar el apodo que lo acompañó durante toda su carrera. Ahora, lejos de las canchas y del puerto donde trabajó durante décadas, Lupo Quiñónez continúa cargando el sobrenombre que marcó su trayectoria: “No necesito otra forma de ser recordado”. Después de todo lo que vino tras el fútbol —la migración, el trabajo físico y la vida en Estados Unidos— asegura que le basta con seguir siendo “El Tanque de Muisne”.

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