
Imagen gracias a: El País (América)
Lanzarote acoge la Freediving Ocean Cup, una cita clave del apnea de profundidad con garantías de seguridad y límites al milímetro
Este fin de semana, Lanzarote celebra uno de los principales campeonatos de apnea en España, donde siete atletas intentarán descender a decenas de metros y competir por profundidades máximas con una sola bocanada de aire.
Lanzarote celebró este fin de semana uno de los principales campeonatos de apnea en España. En la Freediving Ocean Cup, apneístas de diversas partes del mundo buscaron alcanzar profundidades máximas con una sola bocanada de aire, en una competición en la que el protocolo de seguridad y la precisión operativa son parte esencial del proceso.
El procedimiento previo al descenso incluyó la validación de cada inmersión por parte de los jueces. Tras salir a la superficie, el apneísta se quitó la máscara y la pinza de la nariz, realizó un gesto con la mano indicando que estaba bien y, una vez comprobado que se encontraba consciente y en plenas facultades, su inmersión fue aceptada.
La prueba se desarrolla con un control exhaustivo de variables. Las Islas Canarias ofrecen el entorno buscado para los entrenamientos y las competiciones de profundidad: a solo 200 metros de la costa los fondos marinos pueden superar los 150 metros, la visibilidad puede rondar los 50 y existe infraestructura preparada para actuar ante cualquier emergencia.
En el reglamento competitivo, los atletas no eligen un salto indefinido hacia el límite. “Se sabe cuáles son sus máximos y solo se les deja intentar uno o dos metros más”, explicó Sergio Soria, gerente de la Ocean Freediving Lanzarote School, instructor de apnea y organizador de la competición. En este deporte, un margen de un metro puede marcar un récord mundial. El croata Petar Klovar estableció el año anterior la mayor profundidad registrada por un humano en inmersión libre, alcanzando 103 metros, superando los 102 metros logrados por el neozelandés William Trubridge en el Dean’s Blue Hole de las Bahamas en 2016.
Los siete atletas participantes se sumergieron conectados a una línea de descenso por un mosquetón y realizaron el intento en la modalidad elegida: monoaleta, bialeta, en peso constante o libre. En la base, un equipo médico vigiló la situación, un sónar señaló su posición en cada momento y un sistema de contrapeso garantizó que, si se producía un accidente en el tramo más profundo, el apneísta pudiera regresar a la superficie.
La dinámica del intento contempla tres fases claras: el descenso, la vuelta y el ascenso. Tras atravesar los primeros metros, el descenso deja de depender del esfuerzo físico y se transforma en freefall, es decir, una caída libre. A partir de ahí, el cuerpo inicia cambios para sobrevivir bajo el agua sin respirar. “Es el reflejo de inmersión de los mamíferos”, explicó Soria. Este mecanismo, presente en animales como los cachalotes o las ballenas, también lo poseen los humanos para conservar oxígeno: el ritmo cardíaco disminuye hasta la mitad (por debajo de las 60 pulsaciones por minuto) y la sangre se dirige principalmente al cerebro, el corazón y el resto de órganos vitales para protegerlos frente a la presión. A los 100 metros, los pulmones se comprimen hasta una décima parte de su volumen original, alcanzando aproximadamente el tamaño de pelotas de tenis.
Cuando el atleta calcula correctamente sus límites, en menos de cinco minutos puede efectuar en superficie las respiraciones de recuperación y cumplir el objetivo del intento. Sin embargo, la competición también contempla el riesgo de síncope o blackout. La mayoría de los síncopes ocurren cuando el apneísta está muy cerca de la superficie. “Los metros más peligrosos son los últimos”, remarcó el instructor. Al recuperar el tamaño pulmonar original, la sensación de falta de oxígeno se intensifica y el cerebro prioriza la supervivencia apagando funciones no esenciales.
Para minimizar riesgos, cuatro apneístas cualificados, los safety divers, acompañaron la prueba vigilando cada gesto del atleta bajo el agua para detectar cualquier anomalía. El primero descendió una vez que el apneísta se dio la vuelta, a unos 40 metros, donde utilizó un scooter submarino para acompañar ese tramo de retorno a superficie. El segundo se incorporó a los 30 metros; otro más a los 20, y un cuarto a los 10 metros, el sector considerado más complicado. Nicolas Decroix, jefe del operativo de seguridad en el agua, explicó que en ocasiones son los propios apneístas quienes advierten con una señal cuando perciben que no pueden llegar sin ayuda. En otras, los gestos delatan la situación: “Empieza a tener movimientos descoordinados, a soltar aire...”, añadió.
El reflejo de inmersión contribuye a evitar el ahogamiento en caso de blackout: “Las vías respiratorias de los mamíferos se cierran cuando introducen la cara en el agua”, indicó Decroix. Con la glotis cerrada, el apneísta no puede ahogarse, aunque el mecanismo se desactiva pocos minutos después de entrar en síncope. En “tres o cuatro minutos”, precisó el experto, el riesgo es que nadie lo suba.
Los accidentes mortales son excepcionales en los campeonatos de apnea, en gran parte por las medidas de seguridad orientadas a conseguir un rescate efectivo ante un blackout. En los entrenamientos, los instructores marcan los límites para evitar que un alumno entre en síncope. “Nosotros intentamos que un alumno nunca tenga un síncope”, explicó Decroix, quien también diferenció la apnea de recreo de la de élite: “La competición se puede ver como algo extremo. La Fórmula 1 es algo extremo, pero cuando conduces tu coche todos los días no aceptas los riesgos que aceptas compitiendo en Fórmula 1”. En última instancia, el límite en este deporte lo determina cada atleta.
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