La vieja teoría de la “mujer hechicera” vuelve a señalar a Mina Bonino y Ester Expósito

Imagen gracias a: El País (América)

La vieja teoría de la “mujer hechicera” vuelve a señalar a Mina Bonino y Ester Expósito

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Cada vez que un hombre con éxito atraviesa una crisis, reaparece el mismo argumento: la explicación del bajón estaría en la influencia de su pareja, como si el rendimiento dependiera de un supuesto control externo.

En septiembre de 1980, la revista Playboy publicó una entrevista con John Lennon en la que el periodista David Sheff le preguntó por la acusación de que estaría bajo el hechizo de Yoko Ono. Lennon respondió: “Bueno, eso es una tontería. Nadie me controla. Soy incontrolable. El único que me controla soy yo mismo, y eso es prácticamente imposible.” En la misma conversación, Yoko Ono añadió: “¿Por qué debería molestarme en controlar a alguien?”.

Tres meses después, Mark David Chapman disparó mortalmente a Lennon a la salida del edificio Dakota. Tras el asesinato, Yoko Ono recibió una avalancha de amenazas de muerte por correo, incluyendo una copia acribillada a balazos de Double Fantasy, el álbum que grabaron justo antes de la muerte de John. Incluso después del crimen, siguió extendiéndose la imagen de Ono como una hechicera maliciosa con un poder casi sobrenatural sobre Lennon, dejando de lado tensiones contractuales, la relación con las drogas, los egos, los roces internos o el agotamiento acumulado de Los Beatles. Esa misma caricatura misógina también alcanzó a otras figuras del rock and roll, como Anita Pallenberg o Marianne Faithfull.

El relato reaparece con persistencia cada vez que un hombre exitoso tropieza, flaquea o realiza algo considerado inverosímil. Entonces surge la idea de que, desde la esfera privada, una mujer sería la responsable del fracaso: la habría hechizado, condicionado, distraído, limitado o manipulado. En ese enfoque, rara vez se contempla la posibilidad de que los hombres fallen por sí mismos, estén agotados, se hayan equivocado o simplemente no estén a la altura.

En el contexto de una crisis del Real Madrid, con jugadores a puños en el vestuario, con Mbappé protagonizando un escenario de tensión y con un presidente que anunció en ruedas de prensa masivas su baja de cabeceras digitales, el foco de algunas miradas se ha desplazado hacia ellas: Mina Bonino, mujer de Valverde desde hace años, y Ester Expósito, pareja de Mbappé, quien ha tenido que cerrarse los comentarios en Instagram por lo ocurrido en las últimas semanas.

Aunque no se trata de un fenómeno exclusivo del fútbol, la reacción se repite: siempre habrá quien pretenda analizar con detalle quirúrgico la influencia de la novia o esposa en el rendimiento del jugador cuando atraviesa una crisis. Y, de forma paradójica, ese mismo análisis no suele aplicarse cuando el futbolista enlaza noches de fiesta con amigos, se marcha de vacaciones delirantes a Dubái o se rodea de representantes más interesados en las comisiones que en su carrera deportiva.

Cuando el hombre fracasa o rinde por debajo de lo esperado, no se descarta otra explicación, pero a menudo se suma la idea de un condicionamiento femenino externo. Admitir que una estrella puede ser frágil, equivocarse o fallar por cuenta propia resulta, para algunos, culturalmente insoportable. Para otros, es más cómodo sostener que un hombre con éxito habría destruido su reputación por culpa de una mujer extraordinariamente persuasiva.

En el fondo, esta narrativa de la mujer hechicera necesita como condición que exista un hombre incapaz de decidir por sí mismo, lo que tampoco coloca a esos hombres en un lugar particularmente favorable. Lo que comparten estos relatos no es demostrar que la influencia de estas mujeres sea inexistente —esa posibilidad se admite en algún punto—, sino el temor que despierta la idea de que ellos también puedan ser torpes, inestables, maliciosos o incluso mediocres. La alternativa, que simplemente sean seres humanos, resulta demasiado poco atractiva para la historia que se quiere contar.

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