Entre odios futboleros: Messi y Arguiñano como blanco de una misma obsesión

Imagen gracias a: El País (América)

Entre odios futboleros: Messi y Arguiñano como blanco de una misma obsesión

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A algunos aficionados les cuesta superar ciertas derrotas y, sobre todo, una forma de interpretar el juego que consideran exageradamente tranquila en el caso de Messi. A partir de ahí, la antipatía se transforma en rechazo total: el talento ajeno se vive como una amenaza y la discusión se vuelve casi personal.

A los aficionados les cuesta dejar atrás algunas derrotas que sienten como impuestas. Sin embargo, lo que más irrita a ciertos detractores del futbolista argentino no es solo el resultado, sino su manera de encarar los partidos: caminar mientras el resto del mundo, en su percepción, debe ir “a toda velocidad”, corriendo sin descanso.

En ese contexto aparece una idea recurrente: hay personas que, aun siendo adultas y llevando una vida aparentemente normal, llegan a odiar visceralmente a Messi. Ese contraste se vuelve más evidente cuando lo ven en pantalla. En el relato, un personaje llamado Juan Ramón Constante, que cada día baja a tomarse un vino con el padre del narrador en el chiringuito del puerto, reacciona con enojo apenas ve a Karlos Arguiñano en televisión. El dueño del local suele responderle con ironía, mientras el otro continúa insultando a medio pueblo vasco.

Las razones de esa ojeriza pueden sostenerse con el tiempo. Una de ellas es el color de la camiseta: la actual albiceleste y la vieja azulgrana, porque hay heridas que no cicatrizan. Desde esa misma lógica, se entiende que la molestia hacia Messi se vincule con su forma de resolver los partidos a un ritmo que otros consideran inadecuado, como si fuera una manera de “caminar” cuando el resto vive el fútbol con urgencia.

El siguiente nivel, el más llamativo, llega cuando un rival deja de ser simplemente un futbolista destacado para convertirse en un fraude universal. Da igual que levante una Copa del Mundo, que marque el enésimo gol imposible o que el portero rival le pida la camiseta al final del encuentro como un gesto simbólico. Siempre aparece alguien dispuesto a recordar que a esa persona “nunca le pareció para tanto”, del mismo modo que otros afirman qué hay que hacer en asuntos cotidianos, como saber en qué punto comerse la carne o echar gaseosa al vino.

En todo el mundo existe una corriente de pensamiento que sostiene que reconocer el talento ajeno equivale a rendirse. Si alguien acepta que Messi es un genio irrepetible, se supone que se pierde la custodia compartida de Cristiano Ronaldo, la de Mbappé, la de Maradona e incluso la de Don Ramón Mendoza. No debería ser así, pero las redes sociales no se detienen y algunas columnas de opinión tampoco. Discutirle el trono a Messi se ha convertido en un ejercicio parecido a los juicios sumarísimos, donde la justicia no se detiene aunque el acusado haya envejecido y esté cerca de su primer nieto.

Por eso, incluso el enojo de Juan Ramón Constante contra Arguiñano despierta una cierta ternura: necesita que el cocinero aparezca en pantalla cada día y a la misma hora para poder enfadarse otra vez. Con Messi ocurre algo similar. Y, aunque se acerca el final de su carrera, hay gente pendiente de cada control, de cada falta, de cada arbitraje y de cada paseo por el campo, con la esperanza de que algún día se les dé la oportunidad de decir: “¿Lo veis? Si es que ya lo decía yo que no era para tanto”. El problema es que llevan más de veinte años esperando, y a estas alturas incluso ellos empiezan a sospechar que el inconveniente no era Messi. Ni Arguiñano.

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