
Imagen gracias a: El Universo
Los Mazzola: una vida marcada por el fútbol y la tragedia de Superga
Alessandro Mazzola, a un mes de su fallecimiento el 19 de septiembre, recordó su lucha incluso en derrotas como el 9-1 ante la Juventus. Su historia se entrelaza con la tragedia aérea de la Basílica de Superga, el impacto en la familia Mazzola y la gloria posterior del Inter bajo la figura de Helenio Herrera.
Alessandro Mazzola concedió su última entrevista a Filippo Conticello, giornalista de la Gazzetta dello Sport, apenas un mes antes de morir, el 19 de septiembre. Iba a cumplir 84 años, pero no alcanzó la prórroga: un mal que lo venía persiguiendo desde hace tiempo terminó por alcanzarlo.
En esa conversación, aún con gracia, Sandro expresó su idea de seguir luchando aun cuando el resultado parecía imposible. Habló, entre otros recuerdos, de una derrota 9-1 ante la Juventus y de su intención de llevar el partido “a la prórroga”, incluso, si fuera necesario, a los penales.
La Gazzetta lo destacó con la portada titulada “Il Baffo di tutti” (El Bigote de todos), como lo llamaba el mundo del fútbol. En Italia, si se tuviera que elegir un apellido que sintetizara la historia futbolística del país, Mazzola aparece como una referencia inevitable. Su padre, Valentino, fue el Il Grande Capitano del Torino de los años 40 y también una figura de la selección azzurra.
Valentino representaba una fuerza colosal dentro del calcio de antaño, pero su vida se apagó pronto. Sandro, en sus recuerdos, explicó que tenía 6 años, 5 meses y 23 días cuando ocurrió lo de Superga: “todos me abrazaban, no entendía por qué y buscaba rostros amigables”. Valentino estaba considerado uno de los tres grandes fenómenos del fútbol italiano junto con Silvio Piola y Giuseppe Meazza. El Torino, por entonces, era una sensación de Europa.
En mayo de 1949, la Grande Torino, que venía de ganar cuatro Scudettos consecutivos y estaba a punto de encadenar el quinto, regresaba a casa tras un amistoso en Lisboa. Al acercarse a la pista, el piloto calculó mal debido al mal clima: bajó demasiado, embistió primero el campanario de la Basílica de Superga y después el avión terminó estrellándose contra una colina del monte homónimo. Murieron todos.
Ese Torino es recordado como el mejor equipo italiano del siglo XX. La Nazionale Azzurra era prácticamente todo ese bloque: diez jugadores integraban la selección que jugaría el Mundial del año siguiente en Brasil. Mientras un estadio colmado, en lugar de celebrar, lloraba, los juveniles torineses completaron los cuatro partidos restantes y conquistaron el quinto campeonato.
La estrella de aquel Torino era Valentino Mazzola, quien dejó huérfanos a dos niños pequeños, Sandro y Ferruccio, ambos destinados también a ser futbolistas. La vida de su padre había sido intensa y complicada: tras una relación tormentosa, Valentino había dejado en Lombardía a su esposa, Emilia Ranaldi, y vivía en Turín con su novia Giuseppina Cutrone. Con él se llevó a Sandro, el mayorcito, y ese episodio se convirtió en una novela seguida por toda Italia.
La historia derivó en una batalla judicial. Pagando una alta suma, Valentino pidió la anulación del matrimonio en Rumania y la consiguió. Emilia, por su parte, logró hacer anular esa sentencia. Finalmente, Valentino se casó en Viena con Giuseppina, debido a que no podían hacerlo en Italia, apenas dos semanas antes de la tragedia aérea.
Tras la muerte del padre, surgió otro capítulo: el entorno de Giuseppina escondió a Sandrino en un granero y pidió dinero para entregarlo. Entre abogados y carabineros lograron rescatarlo y volvió a su pueblo, Cassano d’Adda, cerca de Milán, donde su madre vivía en la pobreza junto con su hermanito Ferruccio.
“Vivía en un internado y veía a mi padre solo los fines de semana. Yo era muy pequeño; lo único que recuerdo es entrar de la mano con él al estadio Filadelfia, de Turín”. En ese escenario apareció Benito Lorenzi, goleador del Inter, compañero de Mazzola en la selección y padre en el equipo nacional. Lorenzi se acercó a la familia, arropó a los niños, los hizo entrar en el Inter como mascotas y consiguió que el presidente Angelo Moratti les diera un dinerillo cada vez que ganaba el equipo, para ayudar a su madre.
En el estadio San Siro, en el vestuario interista, Sandro terminó de formarse. A los 18 años debutó en Primera en un partido polémico ante Juventus, en el que el Inter perdió 9-1. El único gol nerazzurro fue de Sandrino. Inter había ganado los puntos por no presentación de la Juve, pero luego ordenaron jugarlo y Moratti, en protesta, decidió que actuara un equipo juvenil.
Se convirtió en un caso singular: dos niños que casi vivieron en el club. Sandro no se fue del Inter; no vestiría otra camiseta salvo la de Italia. Tras 17 temporadas como jugador, también trabajó como dirigente interista.
Con 21 años llegó su primer gran golpe internacional: Inter y Real Madrid jugaron la final de la Copa de Europa de 1964. En 2010, Sandro rememoró el momento con Alfredo Di Stéfano, a quien describió como “Dios”, y contó que al cruzarlo en el Prater de Viena, antes de aquella final, se quedó “embobado” mirándolo. Recordó también que Luisito Suárez le dijo que se quedara mirando a Di Stéfano mientras ellos jugaban la final; Suárez era el comandante.
Sandro “espabiló” y anotó los dos goles del 2-1 para que el Inter fuera campeón continental por primera vez. Después, relató que fue como loco a pedirle la camiseta a Di Stéfano, pero se encontró con Puskas, quien se la quitó y se la dio, acompañando el gesto con palabras sobre la dignidad de ser el hijo de Valentino. Sandro aseguró que aún la conserva.
En ese camino nació la gloria del Inter de Helenio Herrera, el técnico argentino. Sandro lo recordaba con una sonrisa: “Helenio era diabólico; Moratti lo llamaba el Cerebro”. Contó que, cuando HH llegó a Italia, el fútbol casi no era profesional y que él lo impulsó con reglas duras. Recordó que, incluso con 11 años, cuando era mascota del Inter, veía gente fumar en los vestuarios y que con dos estiramientos jugaban sin calentar. Para Sandro, Herrera lo revolucionó todo y fue “el inventor del fútbol moderno”, siempre con una gabardina negra y una mirada que imponía.
Sandro se volvió un talismán. No fue un supergoleador, pero marcaba goles decisivos. Integró la que se llamó la Grande Inter, distinción que solo recibieron dos escuadras: el Torino de su padre y su Inter. Con el equipo ganó cuatro Scudettos, dos Copas de Europa y dos Intercontinentales.
Con Italia levantó la Eurocopa de 1968 y fue subcampeón mundial en 1970. Era un excelente armador de juego: triangulaba con Luisito Suárez, con el brasileño Jair, el otro puntero Corso, y llegaba al área para definir. También acumuló muchas anécdotas sobre Helenio Herrera.
Una de ellas se remonta a Buenos Aires, cuando pasaron 20 días concentrados para enfrentar a Independiente por la Copa Intercontinental en 1965. Ganaron la Copa y, al regresar al hotel, Helenio ofreció un vaso de agua, vino y sopa de verdura. Sandro recordó la reacción: “¿Somos campeones del mundo y no hay champán?”. Herrera señaló que el domingo había Liga contra el Varese y el equipo subió a sus habitaciones. Luego bajaron a los pocos minutos y, ya con champán, dejaron botellas vacías en la puerta de Helenio. A la mañana siguiente, según Sandro, Herrera se fue como un loco a buscar al médico, el que supuestamente debía vigilarlos.
Cuando Eleonora Giovio, del diario El País, de Madrid, le preguntó cómo eran las charlas técnicas con él, Sandro respondió que Helenio mostraba una foto del rival y explicaba todas las características. Relató que antes de un partido contra el Everton en Inglaterra, Herrera le dijo que incluso le habían metido en la cárcel por dar una paliza, y que pegaba como un forjador, por lo que si no se era rápido con el balón, el rival acabaría por “machacar”. Para Sandro, Herrera entrenaba la cabeza antes que las piernas.
Italia lo lloró: ya no están los Mazzola. Se cerró una historia de película.
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