El Mundial como escenario de crisis: Lee Jae-myung, las tormentas del vestuario y el trágico legado de Escobar

Imagen gracias a: El País (América)

El Mundial como escenario de crisis: Lee Jae-myung, las tormentas del vestuario y el trágico legado de Escobar

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La eliminación en una Copa del Mundo reaviva conflictos políticos y personales. En Corea del Sur, el presidente Lee Jae-myung ordenó una investigación por el mal uso de fondos públicos tras la caída en la fase de grupos; en Colombia, el caso de Andrés Escobar terminó en asesinato; y en otros países se repiten castigos, humillaciones y amenazas.

El Mundial suele convertir el deporte en un campo de consecuencias que van más allá del marcador. A lo largo de esta Copa del Mundo ya se han despedido 20 selecciones, y el torneo vuelve a amplificar leyendas con desenlaces gloriosos y también desgraciados.

Corea del Sur, que había alcanzado los octavos en Qatar, quedó eliminada en la fase de grupos en un torneo en el que avanzaban 32 equipos, más que nunca. El batacazo desató una crisis política inmediata. El presidente, Lee Jae-myung, quiso que su enfado fuera público: “Este fracaso en la Copa del Mundo, que ha dejado un profundo sentimiento de vacío en la ciudadanía, parece ser, en esencia, un fracaso de la organización y de la gestión del personal”, escribió en su cuenta de X. Además, encargó una investigación a su ministro de Deportes “dado que la participación en el Mundial implica una considerable inversión de fondos públicos”.

En paralelo, el mandatario adelantó sus sospechas, centradas en el seleccionador, Hong Myung-bo. “Cuando el favoritismo y el amiguismo prevalecen sobre la competencia al elegir a quien debe liderar un equipo, el resultado es tan predecible como que el papel arde al contacto con el fuego”. El técnico dimitió enseguida.

La tensión también se extendió en otros equipos. La caída de Uruguay, el primer campeón del mundo eliminado, continuó alimentando el ruido que venía creciendo desde antes del partido contra España, cuando se filtraron discrepancias entre los futbolistas y el seleccionador, Marcelo Bielsa. El conflicto se agravó durante el encuentro cuando, en el minuto 56, Bielsa retiró del campo al capitán, Fede Valverde, que se marchó murmurando y sin mirarlo. Tras el partido, el grupo regresó de Guadalajara a la base de playa del Carmen, sin que el ambiente se calmara: la federación decidió cancelar el vuelo chárter con el que volverían todos juntos a Montevideo. Cada uno se fue por su lado. Mientras tanto, Bielsa preparó el último episodio de la crisis con una rueda de prensa en el estadio Centenario.

También hubo decisiones drásticas sin esperar más. Túnez destituyó a su seleccionador, Sabri Lamouchi, después del primer partido de este Mundial, una derrota contundente contra Suecia (5-1). Luego contrató a Hervé Renard, pero el cambio no evitó el desastre: Túnez también perdió contra Japón (0-4) y Países Bajos (1-3).

Las crisis tras empezar perdiendo no son nuevas. Argentina cayó contra Camerún en el estreno del campeonato de 1990 en Italia (0-1) y Bilardo se quebró al revisar el partido con sus futbolistas. Ruggeri contó en varias ocasiones la angustia del técnico: “Si vamos a perder de esta manera, ojalá cuando volvamos que se caiga el avión”. Maradona respondió: “Avíseme, que yo me voy en otro avión”. Aun así, el equipo llegó a la final, pero perdió contra Alemania.

Aunque los entrenadores suelen cargar con la peor parte, los futbolistas también han pagado un precio extremo. El caso más conocido es el de Andrés Escobar. Colombia llegó al Mundial de 1994 en EE UU tras imponerse a Argentina en Buenos Aires (0-5) en la clasificación. Sin embargo, perdió contra Rumania en el estreno (1-3), y la tensión se disparó en el país y alrededor del equipo de Pacho Maturana.

En el hotel de concentración comenzaron a llegar amenazas de muerte vinculadas a carteles y mafias de las apuestas. Colombia disputó el siguiente partido, contra EE UU, bajo presión. En el minuto 35, Harkes cruzó un pase al área; Escobar se lanzó a despejar y marcó en propia puerta. El equipo perdió 1-2 y la victoria en el último partido no cambió el desenlace. Cinco días después de regresar a Colombia, Escobar salió una noche a un restaurante-discoteca de Medellín, donde lo encontraron los hermanos Gallón Henao, narcotraficantes vinculados a las apuestas. Hubo una discusión en el aparcamiento y el guardaespaldas le acabó pegando seis tiros en la cabeza. Con cada disparo gritaban: “¡Gol!”.

La historia de culpas y castigos también se arrastró en otras épocas. Moacir Barbosa, portero de Brasil en el Maracanazo, cargó durante años con la derrota en la final del Mundial de 1950 contra Uruguay. Hasta su fallecimiento en 2000, solo y en la miseria, arrastró medio siglo de culpa en una cadena de episodios entre el racismo y el desprecio. El relato incluye un mercado de Río de Janeiro más de veinte años después del partido: una mujer señalaba a Barbosa mientras le decía a su hijo: “Míralo bien. Ese es el hombre que hizo llorar a todo Brasil”.

En un intento por exorcizar esa sombra, Barbosa había organizado un asado en su casa cuando instalaron porterías de metal en Maracaná; le regalaron los viejos postes de madera y los quemó. No funcionó: no escapó de lo que el escritor Nelson Rodrigues llamó “nuestro Hiroshima”.

En Corea del Norte, los fracasos se digieren con castigos menos burocráticos. Tras perder 7-0 contra Portugal en 2010 en Sudáfrica, el régimen los sometió a una sesión de crítica de seis horas. Los futbolistas permanecieron de pie ante unas 400 personas mientras un representante del Ministerio de Deportes detallaba sus errores. Luego los jugadores tuvieron que señalar fallos del técnico. Esa humillación fue más leve que el castigo tras quedar eliminados en cuartos de final en 1966, cuando varios futbolistas pasaron años en campos de trabajos forzados.

Amenazas de ese calibre también aparecieron en otros regímenes. Zaire perdió sus dos primeros partidos en el mundial de 1974, el segundo, 9-0 contra Yugoslavia. Mobutu envió emisarios al hotel para advertir que si perdían por más de tres goles contra la Brasil campeona de 1970 no volverían a ver a sus familias. La escena resultó tan exótica como angustiosa: cuando el equipo ya perdía 3-0 y Brasil estaba a punto de tirar una falta, Mwepu Ilunga abandonó la barrera y pateó la pelota. Los comentaristas atribuyeron el gesto a la ignorancia, pero Ilunga solo trataba de ganar tiempo.

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