
Imagen gracias a: El País (América)
Connor Herson: de la viralidad en The Nose a la conquista de Drifter’s Escape en libre
El estadounidense, ahora estudiante en Stanford de ingeniería eléctrica, revalida su talento siete años después de su irrupción mediática con The Nose al escalar en libre Drifter’s Escape, una de las rutas de autoprotección más exigentes del planeta (dificultad 9 a+).
En 2018, Connor Herson se convirtió en figura viral con apenas 15 años. Su anuncio en redes sociales sobre el ascenso en libre de The Nose, la célebre vía de El Capitán (Yosemite) que solo un número muy reducido de adultos había logrado completar, lo catapultó al foco mediático.
Siete años después, Herson volvió a acaparar la atención del mundo de la escalada al completar en libre Drifter’s Escape, la ruta de autoprotección más exigente del planeta, con una dificultad de 9 a+. En el camino, su historia también quedó marcada por la forma en que aprendió a convivir con la fama y con la presión asociada a ser considerado un caso excepcional.
Tras aquel impacto inicial, surgieron lecturas opuestas: algunos señalaron que, con 15 años, sería inevitable que terminara siendo el mejor escalador de la historia. Otros, en cambio, vieron en su proeza un techo prematuro, argumentando que la transición a la madurez, el aumento de peso y altura, las distracciones propias de la juventud y la distancia de la influencia familiar podrían convertir la escalada de alto nivel en una carga. La realidad, sin embargo, muestra numerosos ejemplos de escaladores precoces que abandonan el mundo vertical antes de cumplir los 20 años.
En el caso de Connor, su entorno familiar ya estaba ligado a la escalada. Su padre, Jim, firmó en 2003 la segunda ascensión del trazado original de Salathé, en El Capitán. Su madre, Anne Smith, destacó como escaladora de competición en los años 90. Tanto Connor como su hermana Kara crecieron entre cuerdas, roca y pies de gato, aunque no se supo con claridad si seguían la estela familiar o si, por el contrario, disfrutaban de aquella dinámica por cuenta propia. Con la adolescencia, la decisión se hizo más clara: Connor continuaría escalando. Aun así, antes tuvo que aprender a gestionar la fama, la frustración y la idea de llenar su vida con horas de verticalidad.
Herson ha señalado que sus progenitores no lo presionaron para actuar como un cómplice de su propio legado, y que, más bien, abrieron las puertas de la escalada sin imponerle el camino, reconociendo que la vida podía ofrecerle muchas otras cosas que él mismo tendría que descubrir.
Con 15 años, el impacto mediático le llegó como un tsunami. Pasó de ser un joven anónimo a convertirse en una leyenda sobre la que se concentraban miradas y expectativas: le saludaban en la base de las vías y los escaladores se reunían para observar su progresión. En ese contexto, caer o fallar dejó de ser un asunto íntimo y se transformó en un problema público. La presión de demostrar una y otra vez su condición de niño prodigio estuvo cerca de apartarlo de su pasión.
Aunque no se sintió empujado por sus padres a imitarles, la comunidad escaladora y su mirada escrutadora estuvieron muy cerca de aplastar su motivación. En un punto, el peso del resultado final terminó absorbiendo lo que antes alimentaba su interés: solo la victoria en la competición o el encadenamiento de rutas exigentes lograba satisfacer las expectativas que se habían instalado alrededor de él. Se trataba de ser mejor cada día, mejor que el niño de 15 años. Con el tiempo, aprendió a relativizar y entendió que su progresión no sería necesariamente lineal. Aun así, la atención y los elogios continuaron.
Su conflicto interior fue intenso hasta llegar a una conclusión: escalar no bastaba si el simple hecho de hacerlo no le permitía estar en paz consigo mismo. Esa idea de escalar para sí mismo y no para la galería ayuda a explicar por qué tardó siete meses en anunciar el encadenamiento de Drifter’s Escape, un hito que llegó en una era marcada por la impaciencia.
Conseguir Drifter’s Escape exige algo más que fuerza: requiere una capacidad excepcional para enfrentarse al miedo. A diferencia de la escalada deportiva, la escalada tradicional o de autoprotección prescinde de seguros fijos diseñados para ofrecer garantías. En lugar de ello, se emplean seguros flotantes, colocados cuando la roca lo permite, usando fisuras y oquedades para insertar empotradores cuyo tamaño depende de su resistencia. Este estilo exprime la mente: las caídas pueden ser graves porque el aseguramiento podría no soportar y, además, el siguiente seguro puede quedar muy lejos. Por eso, el desenlace puede ser muy peligroso.
En este tipo de ascensiones, los habituales reconocen que el músculo más importante es el cerebro y que hace falta una motivación extraordinaria para salir al encuentro de lo impredecible y asumir el compromiso. Connor trabajó Drifter’s Escape durante semanas: aceptó largas caídas, se enfrentó a sus miedos y se preguntó si alcanzaría una versión satisfactoria de sí mismo, distinta de aquel prodigio de 15 años que quería dejar atrás para siempre.
Ahora, con el regreso a la fama, resulta fácil imaginar el riesgo de quemarse intentando sobrevivir al ruido mediático y, al mismo tiempo, la dificultad de mantenerse coherente y fiel a uno mismo.
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