
Imagen gracias a: El País (América)
Caparrós y Villoro retoman “Un mundial de ida y vuelta” en el Mundial de EEUU, México y Canadá
En una carta que mezcla fútbol y literatura, el autor reflexiona sobre el estilo de Marcelo Bielsa, el papel de Messi en el equipo argentino y el camino que se abre para Argentina en el Mundial que organizan EEUU, México y Canadá.
Esto es una correspondencia entre dos de las grandes plumas de las letras hispánicas. Martín Caparrós y Juan Villoro, amigos y fanáticos futboleros, iniciaron una conversación íntima y pública con la excusa de la celebración del Mundial de Qatar, en 2022. Cuatro años después, retoman la misma serie, titulada ‘Un mundial de ida y vuelta’, para seguir con idéntica pasión el día a día de este otro Mundial que acogen EEUU, México y Canadá.
El autor se concentra en la idea de los haikus y en cómo, en este Mundial, los goles aparecen por tiros lejanos o por rebotes cercanísimos. A partir de esa observación, plantea un contraste: “Japón me dices, yo te digo Argentina: el gol poema”. Desde esa mirada, recuerda el partido España-Uruguay y la sensación de que fue un encuentro pobre. También destaca la resistencia de los aficionados españoles, que permanecieron hasta las cuatro de la mañana para verlo, y lo interpreta como una reafirmación de la existencia del “dios fútbol”.
En el mismo desarrollo, sostiene que España y Uruguay parecían poder jugar semanas sin llegar a nada, y que si hubo algo, estuvo marcado por el drama de Muslera: un error que terminó de hundirlo. El autor califica el desenlace como un gol que, si hubiera ocurrido al principio, habría cambiado el final de la carrera. En esa lectura, lo presenta como una victoria del tiempo y como un mentís a la idea de que envejecer es una ficción.
Luego, profundiza en el papel de Bielsa: afirma que, en el entretiempo, su jefe lo sacó, y concluye que si alguien tiene la culpa de Muslera no es Muslera sino Bielsa, porque Muslera trabaja en ofrecerse y él en decidir. A partir de allí, dedica un homenaje final a don Marcelo Bielsa y lo define como un ser excepcional, con una pregunta que atraviesa el texto: cómo consiguió lo que consiguió sin conseguir prácticamente nada.
Para responder, enumera sus logros: ganó un campeonato argentino con Newell’s en 1992, otro con Vélez en 1998 y la medalla olímpica con Argentina en 2004. Agrega que hace 22 años que no gana. También repasa su participación en mundiales: en 2002, con Argentina, alcanzó lo que nadie, al quedar afuera en la fase de grupos; en 2010, con Chile, jugó un partido más para que Brasil lo eliminara tres a cero; y en 2026, con Uruguay, quedó cuarto en su grupo detrás de Cabo Verde y Arabia Saudita. Con esos datos, plantea que su subsistencia profesional es un milagro o un recordatorio de los peligros de escuchar a un argentino.
El autor confiesa que “lo odia un poquito”, y explica el origen de ese sentimiento: comenzó al observar a los jugadores de la selección, alrededor del año 2000, que se pasaban el partido mirando al banco, como si esperaran que “papá” les indicara cómo comportarse. Continúa la idea al mencionar el Mundial 2002, Corea y Japón, cuando trabajaba para un programa de televisión y Bielsa había prohibido cualquier contacto de sus jugadores con la prensa. Según el texto, no se les permitía acercarse a los entrenamientos, los jugadores no podían hablar con ellos y el equipo funcionaba como un búnker. El autor agrega que el resto de los equipos no ponía problemas, mientras que el suyo se dedicaba a provocarlos.
También recuerda el estilo de Bielsa en las conferencias de prensa: recibir una pregunta simple, bajar la cabeza, mirar a lo profundo de sus pies y comenzar a hablar largamente, enredar y enredar, hasta aburrir o irritar a los presentes. A partir de esa experiencia, sostiene que Bielsa era el mejor ejemplar de personajes a los que se les atribuye inteligencia, y para quienes la palabra intelectual termina siendo desprecio o insulto, porque complican lo simple para darse aires.
Tras esa crítica, el texto vuelve a la actualidad y afirma que Argentina sigue su camino con un técnico que, según el autor, parece diseñado para ser exactamente lo contrario de Bielsa. En ese marco, indica que Argentina acaba de ganar. Señala que Jordania no tenía claro esto del fútbol, y subraya que un país con fronteras con Siria, Irak, Arabia, Israel y Palestina no supo armar una barrera. A partir de ahí, menciona que Lo Celzo, en su primer partido en un mundial, metió su primer gol en un mundial, y que desde entonces continuó el entretenimiento esperado. El autor agrega que al final incluso entró Messi, y lo vincula con el aprovechamiento de esas barreras que “no barreran nada”.
El texto pide que se diga con claridad que Messi no está jugando bien, y expresa el deseo de que existiera un contador audaz que mostrara la proporción de pelotas que pierde en gambetas fallidas y pases sin destino: al menos dos tercios de las que toca. Aun así, sostiene que Messi está perfectamente incrustado en un equipo que le da la oportunidad de hacer lo que todavía sabe hacer mejor que nadie: meter goles. Concluye que, en el final de su carrera, Messi se ha convertido en un nueve extraordinario y que lo disfruta, y lo disfruta el público.
Después, el autor plantea el inicio del “Mundial de verdad”, el de 32. Señala que con ganarles a Cabo Verde y Australia o Egipto ya se estaría en los cuartos, y que allí habría que ganarle a Suiza o Argelia o Colombia o Ghana para llegar a semifinales. La metáfora que propone es una autopista o una buena carretera nacional con asfalto y señales, con paradas con medialunas ricas, y termina remarcando que, por los sorteos, todo parece tan fácil, lo cual también considera un peligro. También afirma que “los que dicen que Dios es argentino” tienen otro milagro caprichoso, porque —según el texto— se ocupa de lo que no importa y muy poco de lo demás.
Finalmente, el autor cierra con una aclaración sobre el título de la carta. Indica que remite a un famoso tango, “¿Dónde hay un mango, viejo Gómez?”, que cantaba doña Tita Merello allá por los años 30 del siglo pasado. Explica que “mango”, quizá sepa el lector, era el modo lunfardo de decir un peso. En ese contexto, menciona una época de crisis, o “bruta mishiadura” en el original. También señala que las ultrahordas quieren convencer de que todo tiempo pasado fue mejor y, por lo tanto, hay que volver a ellos. Suma una referencia a los uruguayos, cercanos en el parentesco, y recuerda que cuando se compuso ese tango, tras robarnos la primera final, los uruguayos eran campeones del mundo. Cierra con honor a quien lo tuvo y con cariño a esos primos cercanos, y termina con “¡Dale Uruguay, bó, y hasta la próxima!”. El texto firma como “m.”
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